A la primavera, le puse tu nombre. Fuerza. Porque eres mi Fuerza. La catársis que derrite el frío de los largos Otoños y los fríos Inviernos. La purificación a través de la germinación de toda la vida que surge con Primavera. Tú hacías florecer todo en mí con tan sólo bajar de ese tren. Recuerdo que esperaba todos los domingos de Mayo sentado en la estación, viendo pasar los trenes. Casi todos se llevaban mis ilusiones consigo, entre nubes de vapor que se fundían con el aire primaveral que traía el olor de las flores que empezaban a brotar en el prado. Pero aquél dom ingo el tren se detuvo... Te traía a casa. Yo era tu hogar. Y tú el mío.
Llevabas un vestido amarillo. Eras la primavera. La primavera trayendo por fin la calidez a mi corazón.
Odiaba Margate, aquél pueblo de Canterbury al que te marchabas cada Septiembre, cada final del verano. Odiaba el tren que te llevaría de nuevo al final de la temporada de verano, rompiéndome el alma y mis brazos en mi vano intento de sostenerte. Pero aquél día, sobre todo odié tu mirada... La mirada que me partió el corazón cuando me miraste queriendo decirme algo que no entendí, antes de que tus padres se bajaran contigo. Y entonces lo entendí. Entendí nuestros encuentros a escondidas. Nuestros secretos. Nuestra clandestinidad...
Yo era un secreto. El secreto que tus padres no querían saber. El secreto que nunca debían conocer. El chico humilde, de pueblo, el que vivía en una casa sencilla, el hijo de los lecheros, que cada día tenía que ir a recoger la leche a la granja junto a su padre... Tal vez era demasiado poco para ti. Tal vez ellos sólo veían mis bolsillos vacíos de dinero, pero llenos de billetes de sueños con los que viajar por el resto del mundo contigo.
Me quedé sentado en el andén viendo a los viajeros que venían a Godric's Hollow aquella primavera de 1962. Me quedé viendo como el tren se alejaba... Como mis sueños recién llegados se iban otra vez.
Me pediste perdón cuando nos vimos en aquél claro en el que te esperé cada día desde tu llegada al Valle. Y era yo quién te tenia que pedir perdón a ti por ser tan poco para todo lo que tú eras. Y lo hice. Siento ser sólo el hijo del lechero. Siento ser sólo yo. Siento ser solamente el chico de los bolsillos vacíos de monedas, pero llenos de sueños que darte... Simplemente lloraste.
«No es eso... Y nunca podrás saberlo...»
En ése momento quise saber cuál era tu secreto. Pero te vi llorar y sentí como el corazón se me rompió en el pecho. Y fui a abrazarte y a besarte... Me conformaba con ser tu secreto, y me olvidé de todos los otros.