"Pero algún tiempo después, cuando ya estaba en la habitación, Dwayne apareció en esta... No había llegado a la hora que había quedado con él, y al saber del atentado, había preguntado por mí en los hospitales a los que estaban siendo llevadas las víctimas. Cuando le vi, sentí algo indescriptible. La sensación terrible de haberle perdido para siempre, de acordarme del último beso que le había dado, sintiendo que podría haber sido el último, el definitivo. Cuando le abracé, cuando le tuve entre mis brazos, lo primero que dije, fue:
—Ha sido uno de nosotros.
Él no era uno de nosotros. El Alá en el que él creía no era el Alá al que yo rezaba. Su Al·lahu-àkbar, no era el mismo que yo había oído toda mi vida en mi casa. Pero era uno de nosotros. Alguien que rezaba al mismo Dios que yo, había acabado con la vida de muchas personas, había sembrado el horror, había estado a punto de acabar con la mía. Y ahora había visto en mi propia carne ese horror por el que tantas veces me habían mirado por encima del hombro en occidente. Ahora, que había visto el horror en la misma tierra en que vivía, y no desde la mía, ahora lo veía todo de una forma diferente. Dwayne me abrazó y me calmó.
—Él no era uno de vosotros. Era uno de ellos.
Me calmó. Y tenía razón... Pero sentía que la misma sangre de mis venas, corría por las suyas."













