Así como para la filosofía racionalista el ente es principalmente el ente posible, la ética de la modernidad, que depende del racionalismo, ve los valores (sean estos formales o materiales) como ideales que son condición de posibilidad de la moralidad, pero que se realizan deficientemente en los individuos. Esto es muy claro en la ética kantiana. La ética realista de Aristóteles, en cambio, parte del bien humano, que es real, es acto, y existe sobre todo en su realización concreta. Por eso Aristóteles (razonando filosóficamente) niega la importancia moral de la idea de bien platónica, y no porque no considere a Dios como el Bien por amor del cual se mueve todo el universo; cf. ARISTÓTELES, Ética Nicomáquea, l. I, c. 6, 1096 b 31-34: «Pues aún admitiendo que sea una unidad el bien que se predica en común de los bienes, o algo separado y existente en sí mismo, manifiesta cosa es que en tal caso no podría ser practicado ni poseído por el hombre, que es precisamente lo que buscamos.» Santo Tomás prolonga esta visión en el plano teológico. La santidad y la beatitud, que consisten en la fruición del Bien divino son algo real. Así como el virtuoso (real) es la medida de todos los hombres, así Cristo, el hombre perfecto es, no sólo el ideal, sino la realidad en la que se inserta nuestra capacidad de perfección. Se trata siempre de la primacía del acto sobre la potencia. Aquí se encuentra, a nuestro juicio, la diferencia entre una moral del bien y de la virtud, y una moral de los valores o de los ideales.