Durante los años en los que estuve estudiando en la universidad, el váter como lugar de asilo perdió importancia. En vez de él vinieron cada vez más edificios, espacios y lugares. Y en éstos ya no tenía que entrar físicamente. Por regla general bastaba simplemente con que viera 《el objeto que necesitaba》. Éste podía ser un cobertizo, en alguna parte, para guardar herramientas, la cochera de los tranvías, un autobús que había quedado vacío durante la noche, un búnker subterráneo, aunque estuviera medio destruido por un ataque de sabe Dios qué guerra. La misma función podían cumplir espacios que en realidad, por sí mismos, no eran propiamente tales: la simple vista del espacio vacío que había debajo de una rampa, la rampa de carga de una lechería, de una empresa de transportes o simplemente cualquier otra rampa, podía anunciar un posible refugio o una zona donde retirarse, y a veces paneles de carteles de propaganda comercial o electoral convertidos en pirámides, si no en verdaderos cobijos, eran posibles lugares de permanencia donde uno imaginaba que podría estar a cubierto, sin mojarse y caliente, cuanto menos más caliente y más en casa que fuera, al aire libre.
A veces estos momentos de ocultamiento y protección se encontraban sólo mirando al suelo, al adentrarse uno con la mirada en las vías del tranvía, a la vista de la arena y de las hojas que había allí. Entonces esto se convertía en un lugar silencioso, aunque al mismo tiempo se oyera el sonido estridente de la campana del tranvía y aunque en la curva, que estaba cerca, las ruedas arañaban las vías produciendo un chirrido como nunca lo hubiera hecho una tiza gruesa sobre una pizarra. Metiéndose en estas vías y olvidándose de uno mismo, unas vías en las que no había nada a excepción de arena y hojas, uno se sentía dentro y sin que nadie pensara en uno (por una vez un 《uno》así está en su sitio), sin querer propiamente refugiarse dentro de una hoja marchita, enrollada, que es lo que quisiera un yo de un poema de Hermann Lentz.
- Peter Handke, "Ensayo sobre el Lugar Silencioso".
Traducción: Eustaquio Barjau. Alianza editorial.
- Edward Keating, "EL Sueño Perdido de la Ruta 66"













