Arrigorri, la “aldea imaginaria de Vizcaya” donde el libreto sitúa la acción de El Caserío de Guridi, tiene, felizmente, algo de aldea soñada, de lugar idílico congelado en el tiempo, donde sabemos que todos los problemas, incluso aquellos aparentemente más complejos, tendrán un final feliz.
Eustasia y Manu, los dueños de la sidrería, desean casar a su ingenua hija, Inosensia, con un marido que le convenga; Chomin, el criado, tiene sueños de grandeza: don Leoncio, cura y amigo, escucha los problemas de todos y reparte buenos consejos. Ana Mari ama a Jose Miguel, su primo, un pelotari joven e impulsivo. Y Santi, su tío, canta su amor por Sasibil, su caserío, y desea que sus sobrinos, cuyos padres emigraron a América, lo valoren y lo hereden.
Santi es, también, el alcalde del pueblo y expresa sus problemas domésticos con cierto sentido teatral, lo que los convierte en asuntos que conciernen a toda la vecindad que asiste como público a cada nuevo giro argumental.
Arrigorri sólo surge mágicamente entre la niebla por unos pocos días cada mucho tiempo y sus entrañables habitantes, como los personajes del teatro, sólo despiertan, aman, ríen y lloran, durante un breve instante cada muchos años.
Al cumplirse 85 años desde el estreno de El Caserío, el Teatro Arriaga ha hecho posible, que ese breve instante haya vuelto a llegar. Es este.
Pablo Viar










