El pequeño señorito de mueca vacía se equilibra entre las torceduras de los adoquines de la calle Alvear. En los pequeños charquitos practica minúsculos saltos que acaban con la monotonía de la caminata - sin dudas un tanto original - , pero que mantiene una cierta cotidianeidad ya que se la practica en linea recta, aburrida y constante. Su caminata, ya sea juzgada de original o monótona, me hipnotizaba. Allí entre las sombras gustaba yo de apreciar su contorno bajo el sol que resplandecía tras una mañana de lluvia. Siempre había sido una persona especial para mi, sin embargo no podía siquiera pretender que entendiera lo que me generaba admirarlo, siempre con mi tan torpe forma de expresar. ¿Cómo detallar la admiración que tal ser me generaba? No quería despegar mis ojos de el y de sus pequeños saltos. Cada uno de sus pasos coordinados con el palpiteo inquieto de mi corazón, galopando salvajemente en mi pecho. Tutum tutum tutum. Abruptamente gira la cabeza, nuestras miradas se cruzan un instante, provocando la dilatación inmediata de mis pupilas, una sequedad insoportable en mi boca. Flaqueo, observo las baldosas mojadas y las floresillas muertas por el frío abrasante del otoño. Interrumpe con frescura su caminata suelta y aprovecha ese momento mío de debilidad para acercárseme. Lo siento, lo escucho; no lo veo, mi mirada intenta sin éxito perderse en el agua de lluvia que se evapora al calor del sol. Me pregunto qué querrá de mí un ser tan puro, tan inocente. Me asusta; me alejo, no quiero contagiarlo. ¿Cómo permitirme echarlo a perder con mi alma oscurecida por los años?
En ese preciso instante su torpe inocencia se adueña de mi billetera y sale disparada en una bicicleta de los años 50 con un estilo bastante particular. Entonces, mis pies, por arte de magia, se encuentran corriendo a gran velocidad detrás del pequeño señorito, que ha dejado de lado su inocencia y ha comenzado a reírse de una forma macabra y espeluznante. La fugaz jugarreta me dejó anonadada. Mis pies se borroneaban bajo el velo del vestido floreado que lucía. Mi corazón latía aún velozmente, puede que por la corrida o por aquella mirada anterior, nunca he de saberlo. El sol comenzó a esconderse tras las nubes. Perdí de vista a aquel que minutos antes había osado conseguir que deje de admirarlo y mis ojos se sintieron perdidos. Todo se volvió... confuso. Sentía como si la vida fuese un carrusel. Y yo no encontraba como bajar de aquella atracción. O tal vez un gran océano. Atrapada en mi propia angustia, una ola que arremataba contra mi. Incapaz de nadar, de mover mis extremidades. Como si tuviera piedras en mis bolsillos, la superficie se volvía cada vez mas lejana...
Ya no sabía qué hacer, incapaz de todo. Me dejo golpear desde adentro, mi propia alma me traiciona. Tiemblan mis piernas y dejan de sostenerme. Me derrumbo sobre la acera cuando el último rayo de sol termina de ocultarse y las pesadas gotas de la nueva lluvia de verano chocan contra mi rostro, se mezclan con mis lágrimas saladas y forman juntas ríos entre los adoquines de la calle. Y todavía me parece ver una bicicleta que se aleja de mí. Se aleja porque sé que no se acerca, y en cambio se acerca la noción de que nunca más volveré a verlo.