UN SIGNO ES TODO LO QUE SIRVE PARA MENTIR | por Patricia Verón
EL LINYERA, de Omar Cao, Ediciones Cruz de Mayo, colección La Lira, 2011.
Se sabe que la figura del linyera, al igual que la del gaucho, ha cambiado con el paso del tiempo. Originalmente, el linyera, asociado al viejo jornalero juntador golondrina que abundaba en los trenes de carga de principios del siglo XX, andaba con su “linghe” por “la vía” siempre a la orilla de la ciudad o en los galpones cerealeros, cerca de los lugares donde hacerse de lo necesario para subsistir. En su “bagayera” no llevaba solamente utensilios: una ollita, un plato de lata, la pava y sus acompañantes y el frasco con sal y pimienta. También portaba libros, textos europeos de pensamiento libertario avanzado como es el de Malatesta, Bakunin, junto a las ficciones de Gorky o Dostoyevski, entre otros. Vinculado al pensamiento materialista pero con fuertes dosis de romanticismo en su forma de entender la ética cristiana, el linyera vivía su vida sin narcisismo, sin competencia, fuera del apremio del poder por imponer su sesgo a toda costa y siendo testigo crítico y víctima más de las veces del desprecio por la vida en sus variadas formas.
Este posicionamiento, extremo si se quiere, es vuelto a traer por Cao como una forma de identificación y de reserva que le permite hablar por la boca de un personaje que se reconoce juntando las baratijas y objetos que encuentra en la bolsa de la artesana cuyo asesinato pasará desapercibido. A esta altura cabe afirmar que la artesana es algo más –estamos en el símbolo- que una mujer maltratada, perseguida por despecho o sorprendida por algún “puesto” y el linyera mucho menos de lo que nos cuenta el mito.
En el libro, la composición del mundo del marginal está presente en varios poemas y atiende sobre todo a la primera y a la última parte, cuyos “Doce Poemas”, nombre del apartado, me parecen los más diáfanos de la propuesta. La segunda, dedicada a su hija, atañe a los fundamentos del poeta. Allí se detiene y aprende el recorrido hacia atrás. Los referentes históricos son quienes cuentan: desde Holderlin hasta los versos de Pantaleón Rivarola pasando por la bravura de Cumbay hasta la despedida al poeta Squeo Acuña.
Inicia la primera parte con un epígrafe del canto popular, “Gorriones” de Celedonio Flores y la mención al tango es recurrente. Casi todos los poemas en esta instancia tienen marcas dialógicas: son los motivos de lo vivido, del plano de una trama social en extinción, lo que actualiza en el canto. Y desde ese lugar, habla del hoy de una manera descarnada y lo hace dirigiéndose siempre a otro, mujer, madre, hombre, “hermano”, “chabón” con quien parece debatir sobre el país o sobre la poesía.
Resguardando una imagen en medio del tráfico de la materia sucia de la que, paradójicamente, se origina, introyectada para siempre ahora como un elán, el linyera habla. Alrededor el mundo acciona, compite, miente, envenena, se pudre, no para de nacer o sea de morir, ni de sangrar en los seres animales, el instinto en su sitio preciso.
La materia nunca está ausente. Incluso lo que se ha ido deviene en una nueva forma de asistirla: “Dios ha muerto en el campo/ es un hombre tendido/con los pies entrampados”
Imagino entonces el dolor pero guardo el gesto de bondad siguiente al mismo en unas manos que siguen creyendo aún en aquella imagen, ¿la del amor?