La Magia, en una palabra, tomada en su esencia más profunda, sacaba la inspiración de sus misterios del arte sagrado, practicado a grande escala en los templos del antiguo Egipto. El poder mortal que le atribuía la credulidad popular aumentó así el dominio de sus arcanos, y su propagación tomó tales proporciones que fue imposible que sus adeptos sondeasen sus profundidades, al mismo tiempo que les resultaba imposible explicar su contenido.
Émile Gilbert, Las Cuatro Grandes Plantas Mágicas, Ediciones Abraxas, p. 20










