Son las tres y cuarto y vuelves a casa caminando de puntillas por miedo a despertar a tus monstruos. Luces el rímel corrido y respiras -más bien suspiras- porque esa es la única forma que encuentras de pasar desapercibida. Porque estás llena pese a que todo se antoja vacío. Destrozas las medias en el ascensor y sonríes al espejo porque no te reconoces y estás preciosa. Te tumbas en la alfombra y metes tus manos bajo las bragas para acariciar mi ausencia. Cierras los ojos y esperas el naufragio. Y entonces silencio. Un silencio tan desgarrador que no te deja dormir.
Lucía Morcillo.











