Si cierro los ojos lo veo claro. Con todas las consecuencias. Es la simplicidad de los pensamientos a medio gas. Como una nube blanca en un cielo gris plomizo. Hermosa y testaruda. Enorme y visible. Pero solo es un instante. Pasa. Se volatiliza. Y el gris plomizo permanece. Obstinado.
Alcanzo esos pensamientos en cualquier lugar. Pero solo si cierro los ojos. Como si fuese un ejercicio de concentración tántrico. Inicio la suave tarea de bajar los párpados y siento las pestañas enredarse. Como esas medusas que por millones, en el silencio de la oscuridad oceánica, se desplazan iridiscentes tropezando unas con otras.
Es curioso. Siento las pestañas enredarse. Cuando entorno los ojos. Cuando los cierro. Ellas se abrazan y yo lo noto.
La música entra en mi oídos por los cascos que atenúan otros sonidos. Las voces, los instrumentos, las letras. Todo. Como una amalgama que a veces me pregunto cómo es capaz de llegar tan profundamente. No sé. Si cierro los ojos pienso en el momento justo en que alguien imagina una canción.
No creo en la casualidad como efecto o consecuencia. Ni creo que la suerte tenga que ver. Es más bien el azar el componente esencial. Una frase o qué. Un momento. Una mirada. O simplemente es cuestión de sentir. Lo que sea. Y que ese instante, convertido en letra y notas, se haga realidad. En ese momento, no hay duda de que la magia tiene sentido. Sin conocer el truco.
Y con las pestañas enredadas, pienso.
Pienso en las vidas propias y en las ajenas. Enredadas como mis pestañas. Pero sin notarlo. Cruzándose unas con otras. Casi en esa oscuridad oceánica que nos rodea. Y como medusas tropiezan unas con otras. En ese caos ordenado que nos arremolina. Y por un instante, lo ajeno se convierte en común. Lo propio es ambos. Pues así. De repente. Sin pensar.
No comprendo la sencillez de un sentimiento y la dificultad de no notarlo en el cuerpo. Si se siente en el estómago ¿es amor? Es como las ganas de comer. Eso debe ser. Querer convertir otro cuerpo. Sus huesos, su carne. Su sabor y olor. Su risa y sus pestañas. Querer convertir todo eso en uno mismo. Formando parte. Sin dejar de ser uno pero haciéndose más uno. Como alimentarse y saciarse sin hacerlo nunca del todo.
Así, con los ojos cerrados, soy capaz de concentrar más la dinámica de pensar con claridad. Por eso pienso que el amor es una mesa puesta. Es canibalismo de mariposas. Es convertirme en medusa en tu océano sombrío.
Y desenredo mis pestañas. Y ya está.