Es un viernes de madrugada, pero hace ya más de una quincena que da igual si es cualquier otro día. Llevamos un tiempo con el país parado por la cuarentena obligatoria que fue impuesta desde el gobierno, y cada jornada que pasa tiene un ritmo tan atípico como el anterior. Adaptarse a una nueva “rutina” de encierro suponía al principio un desafío, pero después de un período parece como si siempre hubiera estado acostumbrada a vivir recluida en mi casa, sin contacto con el exterior.
Aproveché la cuarentena para realizar algunas actividades que tenía un poco abandonadas; incluso renové la pintura de mi habitación y reorganicé el mobiliario para hacerlo un poco más amigable con mis preferencias. Encontré cosas para hacer, para ordenar y aunque no esté cursando, por lo menos me entretiene trabajar desde casa. Honestamente, no me quejo de este tiempo.
Hace poco más de diez días empezó el otoño en Argentina y con ello mi temporada de tés, más abrigo con mantitas (al punto de la exageración) y mucha lectura de lo que sea. Siempre estoy buscando esas novelas de lectura fácil que me mantienen entrenada la capacidad lectora y la agilidad. Esta vez encontré la saga Again, que me entusiasmó tanto que ya terminé el segundo libro. Son casi las tres de la mañana, tengo cansancio pero aun así llevo más de cuatro horas metida en la cama, leyendo. De fondo suena Bread con Baby I’m a-Want You, y si bien me siento bastante a gusto, la sensación no se extiende a la calidez que debería sentir adentro, en el corazón.
Todo empezó hace como tres semanas. Ya con el sueño cambiado desde las vacaciones y la cuarentena, vengo durmiendo horriblemente mal: me despierto a cada rato, me acuesto tarde, no logro dormir de corrido más de dos horas. Entre lo mal que la pasaba, eso parecía ser todo hasta hace un par de noches en la comencé a tener sueños raros con situaciones complejas. Más de una vez me desperté apretándome el corazón y el efecto en el sueño fue desgarrador.
Pero lo peor de todo fue que en mis sueños siempre aparecía Franco. Y no ese Franco con el que yo me muestro reticente, sino el Franco de dieciocho años que viene a despertarme con el té en la mano.
Franco riéndose a carcajadas.
Franco esperándome en la puerta de mi casa.
Franco llevándome de la mano.
Franco vestido de traje, sacándome a bailar.
Franco recostado en el pasto.
Franco corriendo mientras juega al futbol.
Franco muerto de frío mientras caminamos por la calle.
Franco frunciendo el ceño.
Franco alegre por alguna copa de más.
Franco y sus miradas completamente serias.
Franco en su cama, tocando la guitarra.
Franco haciéndome el amor.
Una a una, las imágenes aparecían o se repetían cada vez que cerraba los ojos tratando de conciliar el sueño. Como una película reproducida hasta el final y rebobinada, así son mis noches desde hace más días de los que puedo recordar, repletas de momentos que llevo guardados – o más bien, enterrados – dentro de mi corazón. Cuando solamente eran sueños, podía llevarlo bastante bien. No dormía, pero por lo menos con la claridad me dejaban en paz.
El problema realmente surgió cuando las imágenes empezaron a hacerse presentes en cualquier momento despierta, y ahí fue cuando me quebré. Sentí renacer el afecto que otrora experimenté y lo recordé con el alma caliente. Como una amenaza, me aterró la idea de volver a tenerlo en la punta de mi boca, el miedo me paralizó y me sentí retroceder veinte pasos. Volver a ver esas historias tan nítidas en las horas del día fue el motor para resucitar ciertas emociones en las que creía tener el suficiente control como para sepultarlas. ¿Cómo podría atreverse a reaparecer de entre los muertos aquella calidez con la que me niego a ver al hombre que más me destrozó el corazón?
Porque eso fue lo que hizo, honestamente. Hasta el último minuto me retuvo con el corazón en la manga, para dejarme caer al vacío, el dolor y la humillación un segundo después. Y, por sobre todo, olvidó lo que nos unió alguna vez en seis meses, cuando rehízo su vida de la manera más cruel: con una persona que en ese momento consideré mi amiga. Ella no tuvo ningún reparo tampoco, y simplemente quedé abandonada a mi suerte con el alma rota y el orgullo completamente herido.
Con el correr de los años entendí que podía perdonarlo, y perdonarle todo. De hecho, sé que lo hice hace tiempo y no me arrepiento de esa decisión. Lo que definitivamente no puedo ni me permito es recordarlo de esa manera, mucho menos atreverme a mirarlo con compasión, puesto que yo no fui tratada por él con estas mismas condiciones, casi tres años atrás. No se lo merece y no tengo intenciones de darle ese lujo.
Un poco confundida, vuelvo a prestar atención a la lista de reproducción que estoy escuchando, y suena Falling de Harry Styles de fondo;
“Dijiste que te importaba,
y que también me echabas de menos.
Y soy perfectamente consciente
de que escribo demasiadas canciones sobre ti.
que nos hemos quedado sin cosas que decir.”
Y así fue. Nos dijimos que nos amábamos, que nos extrañábamos, que podíamos empezar otra vez pero, al cabo de algunos meses, Franco había olvidado completamente todo lo que habíamos profesado en ese café. Como si hubiera sido algo al pasar, carente de importancia.
Pero a mí sí me importaba. Y me importa, lo que no entiendo todavía es el porqué. Y eso me aterra, porque significa que aún hay cortes profundos que no acaban de sanar. Me molesta y mi corazón se llena de hielo que al poco momento se vuelve a derretir pensando en él.
Cuando la pregunta llega a los labios, tomo consciencia de los sentimientos con los que la formulo y me siento prisionera de ellos, como si no pudieran apartar a Franco de mi camino para que continuara con mi vida. No quiero vivir atada a él. La letra de la canción me cala en los huesos y así me duermo, con esa sensación de no entender cómo todavía vive en mi memoria aquél hombre que parece haberme enterrado en la suya.