La hora
Recordaba las últimas palabras de Cervus a las que le puso atención ese primer día en el que encerró a Lukushi en aquel enorme cristal rojo.
"¿Planeas esperar aquí afuera aunque ella está bien?"
No respondió en ese entonces más que con la obviedad; se sentó frente al cristal y la observó en silencio e inexpresivo durante el resto del primer día.
Los días siguientes igual no se movía ni entraba a la casa absolutamente para nada. Cervus probablemente lo miraba extrañado por su necedad, pero igual y se apiadaba de él y de vez en vez le dejaba comida afuera.
Erebo no estaba pendiente de su alrededor, en lo absoluto, ni de él mismo. Desde el primer momento en que Cervus le ayudó a calmar el sufrimiento de Lukushi, no pudo ocuparse de odiarlo o desconfiar de él, mucho menos correrlo de la casa. Si alguna vez echaba un vistazo a sus alrededores era porque notaba que Cervus a veces también se paraba a mirar el cristal desde la distancia; igual, Erebo no tenía cabeza para decir nada. Había días en que parecía estar loco, hablándole a su amada que 'dormía'. Diciéndole que esperaba paciente el día en que fuera libre y naciera su hijo o hija.
Un día notó que lo que parecían ser unas marcas en forma de raíces negras se formaban en las ropas de Lukushi alrededor de su vientre y se comenzaba a empañar el cristal.
—¡¡Cervus!! ¡¡Cervus, ven, rápido!!








