El olor a sangre es palpable en el lugar, así como los retazos escarlatas que se esparcen por doquier producto de la danza de espadas, encarnada en la lucha por salvar al rey de la invasión, formando la más agobiante escena, donde los gritos de guerra se suman al inevitable hecho que a través de esta repercute. El ejercito del rey era enorme, temido por el mismo su nombre hacía eco en las paredes del pueblo, pero tal cual su fortaleza, su debilidad también era ya conocida. El campesino humilde, sin ambiciones y rey segundo constituía el único punto débil del rey premiado con los poderes del fuego. Desde el día en que lo había conocido, terminó cometiendo un error brutal, mostrar al mundo el talón de Aquiles de un poderoso. Sería cuestión de tiempo para que alguien arrebatara de el a la luz de su corazón, apagando el fuego de su fugaz alma. El rey se encontraba peleando con los poderes del fuego, así como con la espada de luz que su esposo le había entregado en cuanto se percató del altercado. Las grietas de su cuerpo volvieron imposible la alerta del instinto de supervivencia propio, lo único que sus ojos buscaban era a su amado. Implacable destrozó a todo aquel que se cruzase en su camino, sin importar las repercusiones que aquello aconteciese. —JiHo, la luz de mi alma, ¿Dónde estás?— añadió con desespero, mientras golpeó al último de los guardias enemigos frente a la puerta que finiquitaba el comedor real. Aquel estruendo en la vieja madera del objeto inanimado fue suficiente para abrir la puerta y entre crujidos tejer la escena que el alto estaba por divisar. Encontró al otro, que tanto buscaba, con una sonrisa en el rostro y la mano en uno de sus brazos, conteniendo lo que parecía una herida, pues habían conseguido lastimarle. —Pensé que lo peor había pasado, ahora estoy aquí, nada va a pasarte.— marchó hacia él con ímpetu, cuando de pronto la espada de luz se evaporó, así como la luz de os ojos contrarios. —¡NECESITO AL MÉDICO REAL, PRONTO!— anotó con desespero, antes de sostener al otro en su regazo, tomar delicadamente su mano y llevarla hasta sus labios, en búsqueda de una lamentable esperanza perdida.