Yermo de Everardo González
Yermo (2020) de Everardo González se suma a la filmografía de uno de los autores más importantes del documental mexicano contemporáneo. Con El paso (2016) y La libertad del diablo (2017), la construcción de la memoria y el posicionamiento ante la violencia en sus múltiples formas se posiciona como eje central de un cine indispensable ante el embate constante del olvido.
Después del tour de force que supone crear dos documentales como los antes mencionados, A 3 Minute Hug (2019) -disponible en Netflix junto con La libertad del diablo y Los ladrones viejos- se percibe como un espacio de salvación y un momento para recomponer la mirada en el horizonte. Más allá de suponer una interpretación infalible de las decisiones autorales de Everardo, es una percepción que se refuerza tras acudir al encuentro del Otro en Yermo.
El documental se describe como una exploración estética de la vida en varios desiertos del mundo: México, Mongolia, India, Estados Unidos, Perú, Islandia, Namibia, Marruecos y Chile. Everardo González se encontraba participando en la creación de una obra artística. El llamado para filmar a un artista plástico en algunos de los lugares más áridos del mundo venía acompañado de la observación constante y como buen documentalista la apreciación se tornó en un espacio en blanco para contar.
Yermo es un ejercicio que asume su postura sin miedo a la visibilidad de las costuras que lo componen -se desmarca en diversos momentos de la posición autoritaria del que observa, creyendo que todo lo conoce-. El director reconoce su posición, muestra las piezas de un rodaje que no se completará hasta que el material llegue al terreno de la edición. No es esta una aseveración obvia sobre el proceso del documental, es por sí misma la construcción de un segundo escenario en el que el espectador imagina y construye una segunda historia; la del primer acercamiento al silencio, a la interpretación de las miradas, de las sonrisas y la extrañeza.
Al escuchar en un primer momento las conversaciones en mongol, navajo, indi o árabe, se acude a una búsqueda de comprensión entre seres humanos y se pone en juego la capacidad de compartir su interioridad. En Yermo la supuesta barrera establecida entre cámara y sujeto se acompaña con la riqueza del lenguaje. La aproximación se completa con la experiencia del otro y siempre habrá algo inaccesible en él, como bien apuntaba Gadamer.
La traducción de lo que se expresa es sumamente universal, sin embargo el primer momento es la vivencia que se necesita construir por medio del documental para que el espectador acuda por sí mismo a un mundo en común. Everardo lo construye por medio de una fotografía privilegiada que observa con calma, con la música que juega con el canto constante de los pobladores de diversos territorios y con los sueños de los retratados.
Los niños que muestran su entorno reciben una mirada atenta ante la curiosidad del documentalista. Lo que para ellos es una cotidianidad asimilada, para el documentalista se convierte en una oportunidad para posicionarse a su altura. Así como ellos aprendieron por vez primera cómo cuidar de lo camellos o conseguir agua en el desierto, el espectador experimenta un aprendizaje que habrá de completar con el final del documental.
Yermo se presenta como una ventana al escenario donde acontece el encuentro con el otro. “Lo exótico éramos nosotros. Yo estaba haciendo un proceso como el que podría hacer para cualquier otro documental, donde uno es un observador que establece cierta distancia frente a lo que filma; no solo existía la distancia cultural, sino también la que da la cámara”, menciona el director en una entrevista.
La honestidad del retrato múltiple y el reconocimiento de la extrañeza mutua, se percibe en una película que rastrea en diversos escenarios una narrativa común. Los desiertos y pobladores capturados por la cámara son presentados por un guía y la imagen muestra un primer acercamiento -la secuencia del carro y su inmersión en el territorio se repite en más de una ocasión-, pero es el documental y su registro el verdadero puente entre el espectador y la riqueza de la experiencia primera.















