Te diré qué es lo que ha hecho que siempre me sintiera como un fenómeno de feria, y no me refiero a tener un orgasmo a los 8 años o escuchar a hurtadillas a otras niñas cuando describían las azotainas que les proporcionaban sus padres, o largarme a San Francisco para que me azotaran en una habitación iluminada con velas. Se trata del hecho de que nadie haya logrado jamás convencerme de que existe algo sucio o pervertido en el sexo practicado voluntariamente entre dos adultos. Nada me repugna. Todo me parece absolutamente inocente, relacionado con las sensaciones más profundas, y cuando la gente me dice que les ofende ciertas cosas, no sé a qué demonios se refieren.