En medio de la revolución y el feminismo puedo notar a un pequeño niño aprender la misoginia que le está enseñando su padre. Así un niño de 5 años repitiendo palabras ofensivas y humillando a sus pares.
Queremos reconstruir el mundo por medio de marchas y muestras de enojo que no generan más de lo que siempre se ha generado, gritos llenos de furia que al final se lo lleva el viento. Gritos, debates, palabras malgastadas y una educación que sigue cantando la misma canción.
No nos damos cuenta que inclusive la educación es violenta, que el azul es tan color como el rosa y que no importa quien se lo ponga no tiene un etiqueta determinada. Que no es denigrante utilizar llorar si hace falta y que nadie pierde su hombría por amar a alguien más.
Debemos sembrar en los niños el poder de decidir quienes quieren ser lejos de los típicos juicios que conllevan el ser “niña”o “niño”. Alcemos la voz pero no para gritar, unamos nuestras manos para enseñar, para compartir y sobretodo para generar.
Tenemos que entender que luchamos contra un monstruo cultural que nos está llevando entre las patas, que calla nuestra voz cuando queremos alzarla y que sobre todo no deja de reproducirse, que para detener este monstruo tenemos que empezar por ellos, los niños.
Generemos feminismo por medio de la palabra, otorguemos a los niños el arma que conlleva reflexionar y amar a los demás. Ellos aprenden lo que ven. lo que escuchan. Repiten lo que admiran y de se convierten en eso.