Sí, hay que contagiarla.
Porque esto no puede seguir así, decimos.
Porque ya es demasiado, decimos.
Porque al que fue nuestro líder moral, hoy le lanzamos botellas.
Porque los 43 nos duelen más que otros cientos de miles,
porque eran los 43 que eran y eran de donde eran.
Esos 43 que con su muerte dinamitaron las ruinas de un partido político.
Del partido político que hace no mucho, nos sacó a las calles a hondear banderas amarillas,
como niñas de catorce años que creen haber encontrado al príncipe azul en el primer novio de la secundaria que sólo se las quiere coger.
Por eso sentimos que hay que contagiar la rabia.
Sí, hay que contagiarla.
Como había que contagiarla después de Acteal.
Después de Aguas blancas.
Después de Atenco.
Después de San Fernando.
Después de ABC.
Después, después, después.
Después de todo esto había que contagiar la rabia.
Y cada una de esas veces, intentamos contagiarla, pero no pudimos.
Y hoy no sabemos si podremos contagiarla.
Tal vez la rabia volverá a dormirse en nuestros cuerpos.
Porque hemos descubierto algo:
Nosotros somos portadores de la rabia, pero no podemos morir de rabia.
Nosotros, los que escribimos nuestra indignación en Facebook,
los que vamos a marchar y nos tomamos selfies con nuestros iPhones;
los de las camisetas, las pancartas y la resistencia civil pacifica,
los que componemos canciones, escribimos libros, hacemos obras de teatro y películas que leemos, vemos y escuchamos nosotros mismos;
los que damos desgarradores gritos de dolor por Whats app,
somos inmunes a la rabia.
Somos portadores, pero somos inmunes.
Aspiramos a ser agentes contaminantes.
Podemos sentir la rabia (somos muy sensibles)
Pero no podemos morir de ella.
La rabia es ciega.
La rabia es asesina.
Hay que contagiar la rabia.
Sí, hay que contagiarla.
Y si logramos contagiarla, no habrá marcha atrás.
Los hombres rabiosos, los que son propensos a morir de rabia,
morderán todo lo que se cruce en su camino.
Devorarán los rostros de los perredistas que velan por el pueblo, cenando en Au Pied de Cochon;
la sangre de los licenciaditos muertos, se mezclará con la salsa bearnesa de sus filetes todavía tibios.
Colgarán de los puentes peatonales los cadáveres de los culpables y de los inocentes.
Rodarán en los centros comerciales las cabezas de los funcionarios corruptos.
El torso de Murillo Karam se desangrará en las escaleras mecánicas del metro nativitas.
Felipe Calderón será despellejado y crucificado en la macro plaza de Monterrey (como cabrito).
Ciro Gómez Leyva será empalado en su jardín de Valle de Bravo.
Violarán a las niñas recién egresadas de la carrera de actuación del CEA y del CEFAC.
Y nosotros, los que hoy queremos (y debemos) contagiar la rabia,
¿Qué vamos a hacer?
Pretendemos encender la mecha y después tapar nuestros oídos y refugiarnos en nuestros departamentos de la Narvarte.
Por eso componemos canciones, escribimos libros, hacemos obras de teatro y películas.
Porque soñamos con una rabia distinta,
una rabia lenta, pero eficazmente transformadora.
Pero no somos los protagonistas de nuestra rabia.
No la inventamos.
No la iniciamos.
No acabará con nosotros.
De cuando en cuando, los criollitos blanquitos se enojan,
se enojan tanto, que logran contagiar la rabia.
Y la rabia enferma a un monstruo con millones de cabezas.
Y después del huracán de sangre, llega un poquito de calma.
Y se construyen escuelas y hospitales,
se expropia el petróleo,
se pintan murales, se escriben obras de teatro y se filman películas.
Después los hijos y los nietos de los patrones vuelven a ser patrones,
Y los hijos y los nietos de los peones, siguen jurando lealtad hacia los criollos que les dan latas de pintura a cambio de votos.
Me gustaría saber cómo terminar estas líneas.
Este cuentito pendejo que hemos escuchado mil veces.
Pero no sé cómo. No sé nada.
Aquí estamos y no se puede no estar.
Hay que contagiar la rabia…
por dignidad, porque hoy no podemos hacer otra cosa.
Porque todavía tenemos dientes y saliva para contagiarla,
y porque todavía no somos cenizas en bolsas negras de basura.