El cielo raso la inquietaban esa mañana: las manchas diáfanas que se extendían por la superficie de yeso la hacían ver espectros saltarines. Suspiró colocándose el puño contra la boca del estómago, sintiendo la presión creciente desde allí a su corazón aumentar.
"Si no te conociera lo suficiente" le susurraría una voz hermana y carrasposa "diría que tienes miedo"
Ahora sus manos aferraban sus orejas con violencia, y apretando sus parpados, negaba compulsivamente con su cabeza: pero ella seguía allí, agachada ante ella con una risa estridente. Abrió sus parpados al tanto en que sus manos horizontalmente continuaban acunando su propia cabeza: la Hécate monstruosa de su interior estaba materializada ante ella, con la misma pijama y los cabellos sueltos, pero empapada en sangre.
Ante ella de cuclillas, apoyada de los muslos de la Hécate espantada. Sus uñas ensangrentadas presionaban contra la piel blanca de quien temblaba como una hoja a merced de una brisa tormentosa.
"¿Entonces, tengo razón?"
Se levantó abruptamente del diván en el que se encontraba, y se precipitó hacia el otro lado de la habitación, sin soltar su cabeza. Volvió a negarse y las risas continuaron. Los temblores de su cuerpo le impidieron llegar a la puerta de la habitación.
"¡Miedo! ¿Verdad? ¡Miedo, miedo!"
El coctel nocivo de sentimientos llegó a punto de ebullición en tanto el espectro de su Hécate monstruosa le gritaba girando a su alrededor. Apretó sus puños y se la quitó de encima de un solo puñetazo, que acabó siendo uno al aire.
Silencio.
Se encargó de mirar a su alrededor parpadeando, percatándose de su soledad. Incrédula, camino dubitativa revisando cada rincón. Lo estaba, sola. Volvió a exhalar, esta vez con alivio y se sentó al borde de la cama.
- No debería seguir temblando.- se dice abrazándose a sí misma -por mis estrellas, es frío, ¡Es frío, ya debo calmarme! ¿De qué me sirve tanta bestialidad en mis poderes si me deshago por una simple visión? Mis estrellas, tengan piedad...- y frotándose los ojos, impide a la fuerza que vengan lagrimas a desfilar por sus mejillas.
¿A qué teme más la deidad fantasmal que habita yomotsu? ¿A su bestialidad o a su soledad? Un grito aunque abandone sus labios, no llegaría a oídos de nadie, porque ni sus sirvientes estaban cerca. Si tanto teme quedarse sola, ¿por qué los envía lejos en primer lugar?
- Soy tan patética...-
Apoyó ambas manos a sus costados en el borde de la cama y miró en dirección a el pórtico de su habitación. La figura alta y esbelta de alguien conocido le hizo saltar el corazón, pero solo fue su imaginación. El de Cáncer no podría estar por ahí de pronto... ¿O si? Parpadeó, no había nadie en el pórtico, pero podía sentir su aroma... tocó su propia nariz frunciendo el ceño, el aroma que le hacía saltar su corazón, se hacía cada vez más intenso.
- Ah, ahí estabas... no te encontr--
Como una paloma a punto de despegar al cielo, en búsqueda de libertad, se lanzó sobre su figura tras sentir su voz. Ancló sus brazos alrededor de su cuello, y bebió de sus labios la tranquilidad que tanto necesitaba: el ósculo, que le demostró que sí era él quien se encontraba allí, fue tan sorpresivo como cargado de necesidad y cariño
Ni tiempo le dio al Cáncer de tambalear, porque, sin más, sus parpados se cerraron y sus labios se dejaron hacer en medio de tanta conmoción. Ella, que parecía volver en sí desde un mundo de penumbra, solo con ese tacto, se separó lo suficiente, y dejando sus narices juntas le murmuró viéndole a los ojos: "no me rechaces, por favor".
El tono de voz, novedoso descubrimiento de él, fue aún más sorpresivo que la acción, pero la ternura de sus ojos dudosos, y su expresión tímida, lo que lo hicieron alucinar aún más. Ahí estaba la temible deidad que lo seducía, colgada de su cuello, como si estuviese a merced de una pendiente.
-No, no, si no te voy a rechazar, solo que me tomas desprevenido.-
Un parpadeo tras la respuesta y ella, soltando su cuello, cubrió su rostro enteramente ruborizado soltándose en carcajadas. Estas, contagiosas, hicieron al de Cáncer reír también, mientras se rascaba la nuca confundido.
- ¡¿De qué te ríes?!
Apenada por su reacción, separa las palmas de su rostro, quedando en evidencia sus mejillas enrojecidas, y una mirada dubitativa, llena de vergüenza.
- No lo sé, tu voz fue graciosa... creo.- y como una niña, aun avergonzada, se llevó una mano al rostro mordiendo sus uñas.
Silencio. Pero no uno que aterraba a Hécate o uno que fastidiara al Cáncer, que parpadeó tras un momento: ¿qué espectáculo tan sorpresivo era ese? ¿y por qué quería seguir admirándolo? Ella, como una preciosa aparición, estaba solo cubierta por una delgada bata de dormir, abundante en tela, que arrastraba tras de sí: ceda, malla y encaje, pero aun más hermoso eran las miles de hebras de cabello largo y plateado desparramado por su hombros, cuello y cayendo en cascada a través de sus curvas. Una visión tan tentadora, en la que no hubiese dudado arrebatarle besos, suspiros y quejidos, pero lo que lo tenía cautivado era esa expresión aniñada que jamás había visto.
Hécate era tan hermosa como despiadada, y sin embargo, ahí estaba una frágil doncella con las mejillas sonrosadas y llena de congoja ¿Qué la estaba atormentando tanto como para no tener el mentón en alto, y para hacerla brincar a sus brazos? ¿Es que, esa hinchazón en sus parpados eran rastros de lágrimas? ¿Su nariz roja era otra evidencia?
¡Por un demonio, Ángelus! ¿Por qué si está a tu merced, no quieres llevarla a la cama, si no descubrir qué es lo que la acongoja?
Un paso hacia ella, luego otro, y ella tiembla, porque la mirada azul cobalto la penetra mientras él se aproxima. Inexpresivo, porque tiene un ira contenida tan abrumadora, que teme asustarla si la deja salir.
Ella piensa en retroceder, pero él se adueña antes con un cuidado que también lo sorprende de su muñeca, y le susurra, sobre su rostro enrojecido "¿quién demonios te lastimó?"
Ahora quien parpadea es ella, porque desfallece al momento en que escucha la incógnita. Retiene las lagrimas, con urgencia, pero estas brillan sobre sus ojos como una fina capa cristalina. El ojo rojo de la Hécate está opaco, y el azul no tiene brillo. Es auténtico terror.
- Lo siento...- suelta ella con los labios saltándole -no puedo decirlo-
El agarre de su muñeca incrementa la fuerza, lo que la hace dar un respingo. Y eso le ocasiona a él un fuerte dolor en el pecho... ¿acaso es culpa? Porque verla encogerse de hombros y apretar los parpados lo hace enloquecer. Suelta por inercia la muñeca, y ella abre de nuevo sus ojos hacia él, encontrándolo aún inclinado hacia ella, pero con una expresión que no logra descubrir.
Ángelus se apodera con cuidado de una mejilla, luego de la otra y acerca su rostro al de ella, con una voz tan tranquila que la podría arrullar.
- Shh... está bien, cuéntame cuando te sientas lista. Solo no me dejes así, confundido, con las ganas de patearle el culo a quien te dejó así. Cuéntame cuando quieras, no importa que no sea ahora. No te quiero asustar más.
Y antes de que ella pudiese negar otra cosa, selló sus labios, esta vez, quien demostraba devoción era él, y ella se dejaba llevar en ese vals imaginario. Otro, y luego otro beso y su corazón saldría de su pecho.
Luego, suspirando sobre su pálido rostro, y quitando los plateados mechones de su rostro, besó su mejilla, su nariz, y su frente. Limpiando así la congoja, luego la miró y soltó una risita.
- Me gustas ruda... pero nunca creí que fueras tan adorable.- dice él, besando ahora su cuello.
- ¿Ador...- ella lo mira de frente, casi haciendo un mohín -¿y eso no te gusta?.-
- Nunca dije eso.-
Y ahí estaban los dos, a punto de pasar la noche sin hacer físicamente el amor.
@elinuts Eliiii, perdón por la tardanza /)w(\ creo que ya no es sorpresa pero igual como tu secret santa quiero desearte todo lo mejor para este año, a pesar de los colegas que te sacan canas verdes en el trabajo. Mucha suerte y mucho ánimo con la especialización, felicidades por haber aprobado la preselección de momento, y por haberte podido mudar a un nuevo depa ;) son buenos comienzos para este año, que esperemos sea menos caótico que el anterior.
Sin más que añadir, escribí algo que no estaba precisamente en tu lista pero espero que te guste uvu tiene que ver con nuestros misfits pero quise que Yef fuera el eje central, tu niño merece todo el amor en todos los universos.
No prometo fechas para próximas entregas, pero al menos quise que esta primera parte, además de servir como introducción, fuera autoconclusiva para no dejarte en ascuas x) Está todo conectado, por supuesto, pero sirven de manera independiente también. Ahora sí, con todo mi cariño y con especial emoción porque a estos personajes les tengo un lugar especial en mi corazón, tu regalo que parece que llegó por correos de México (?) Enjoy <3
***Edit: Tumblr se puso roñoso con el "seguir leyendo" y al menos en escritorio creo que no lo corta xDU así que la continuación queda en este otro post para que no quede tan largo aquí:
La misión de ese día no fue algo que se pudiera describir como destacable, había sido casi un protocolo. Bien podían haber enviado caballeros de orden menor y no pasaba absolutamente nada. Habría sido mejor que se ahorraran la molestia a fin de cuentas. Pero ahí estaba Aldebarán, con Mu y Aioria, con esa sensación de “¿Y ahora qué?”. Resolvieron tomar la ruta costera para regresar al Santuario con calma, el caballero de Leo animando la conversación, como solía hacer.
Lo que contó el leonino hizo reír tanto a los caballeros de Tauro y Aries que a causa del dolor en los músculos del vientre por la risa, cerraron los ojos, y después de que pasó el trance de la carcajada, vieron a tres niñas acercarse a ellos. No se inmutaron, era común que la gente de Rodorio quisiera saludar o dar algún obsequio a los caballeros más populares en reconocimiento a su labor milenaria. Así había sido por cientos de años.
Pero nadie contaba con que una de ellas se iba a dirigir específicamente a Aldebarán, la única con el cabello caoba en vez de marrón. Si ella sentía alguna vergüenza, se la tragó para ofrecerle una flor, mientras las otras dos observaban, fingiendo discreción. Mu y Aioria, por su parte, se contenían para no estallar en risa al ver la expresión atolondrada del caballero. Ni siquiera supo cómo reaccionar. Lo correcto habría sido sonreír formalmente, recibir el regalo, dar las gracias, y seguir con su camino. Pero al parecer la inteligencia no le dio para eso y su mente se quedó atascada, y con ella el cuerpo.
-Tú sí que sabes reaccionar como un galán.- Le dijo Aioria dándole unas palmadas en la espalda una vez que las menores se fueron, burlándose de su falta de respuesta al gesto y su perplejidad.
Mu entendía que su compañero de Tauro estaba un poco abrumado, a juzgar por su expresión. No quiso profundizar en el tema para no avergonzarlo, no obstante no podía evitar que el incidente le provocara gracia.
~
Unas horas después se dio cuenta de que ya llevaba un buen rato ensimismado, sentado en su templo mirando esa insignificante flor que recibió.
¿Qué era aquello? Posiblemente el impacto anímico de ese gesto minúsculo que había recibido por la mañana se debía a que nadie había tenido ese tipo de deferencia hacia su persona. En realidad, entre la gente del Santuario no acostumbraba ver caras amables, mucho menos dirigidas hacia él. Sus hermanas adoptivas tuvieron un modo brusco de demostrar afecto –propio de la edad pueril en que las conoció– y nunca fueron tan corteses. El único modo en que su maestro alguna vez le demostraba simpatía era con palmadas bruscas en la espalda o el hombro, o felicitarlo porque que en determinada noche comería en vez de ser comido.
Los recuerdos de su familia original eran vagos y difusos. Apenas y recordaba dos figuras de un color más o menos similar al suyo propio. Pudo haber más apego hacia la figura redondeada, posiblemente la madre. Pero sólo podía recordar con cierta claridad a partir del momento en que lo llevaron a su sitio de entrenamiento. Desde entonces le hicieron entender que su vida la pasaría siempre en el rigor y expuesto a las inclemencias de cualquier circunstancia. No hay muestras de agradecimiento para aprendices, maestros ni caballeros. Esa es su obligación, nacieron para eso.
La recapitulación detallada que hizo en su propia memoria para acordarse si alguna vez le habían dado una flor (u otro regalo por el estilo) fue en vano. Cuando niños, alguna vez Mu le dio una pluma de ave que había usado para estudiar con su maestro. Aldebarán ni siquiera sabía bien para que se la dio; le separó un poco las barbillas y después la usó para jugar con un gato feral. Mu le dio esa pluma porque a él no le gustaba mucho y consideraba que el caballero de Tauro, tan joven como él, tendría que practicar mejor la caligrafía. Ese obsequio tenía una intención buena, pero no lo hizo con la misma candidez ni vehemencia.
Seguramente la jovencita pueblerina lo había mirado, en su inocencia, como un ser humano. No es que Aldebarán se olvidara de eso, simplemente la aspereza de su vida hacía que su atención se enfocara siempre en el deber, en cumplir con alguien más y dar resultados. Nunca se había pensado digno de un obsequio. Una persona que él ni siquiera conocía le dio un objeto pequeñísimo pero significativo: un motivo de optimismo. No toda la gente es mezquina y cruel como aquellas que ocasionaban desgracias. No todo en este mundo está perdido.
Pero eso tenía que haber sido a la semana siguiente. O un poco antes o después de que pasaran las fiestas decembrinas. Ahora ¿para qué? Ya se habrá olvidado. Ya pasó toda la emoción de los festejos, se normalizó todo y bajaron los ánimos, seguramente en los días festivos estuvo muy ocupada y fue mejor no ir, para no interrumpirla. Qué va, seguramente es cristiana y descansó como debe; habrá pasado esas fechas con su familia. Pero ¿de verdad te crees que ella quiere que vayas? Sólo te dio la tarjeta por amabilidad. Ahora es una persona de negocios, tiene que dar muy buena imagen y atraer clientela. No, tú no eres potencial cliente. Número uno: ¿a quién le vas a regalar flores? ¿A Afrodita? Número dos: No tienes dinero. Estás en el Santuario, no hay ni para comer. Tu trabajito de medio tiempo en la ciudad apenas y te da para lo básico. Número tres: ¿A qué vas realmente? Es decir, sé sincero. ¿A qué vas a verla? Recuerda lo que eres. No puedes tener ese tipo de intenciones con nadie. Acuérdate de tu labor y tu misión en esta vida. Tienes prioridades, una diosa a quién servir, un templo que atender.
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No quise hablar de esto con nadie. Al regresar el día que la vi, no quise decir nada a nadie, porque sentí que me podían despertar de un sueño. El pasar del tiempo se sentía extraño, me senté y estuve como entumecido mentalmente unas horas pensando. ¿En qué? Quien sabe, en el infinito, en el aroma de las flores. Un minuto tardaba eones en pasar, pero cuando volví a la realidad ya era muy noche y hasta me sorprendí por lo tarde que era.
Alguien pasó por mi templo y me dijo que tenía cara de “ido”. Tan ensimismado estuve que no recuerdo bien quién era, no le miré la cara. Cuando me metí a bañar para espabilar me di cuenta: tengo demasiado tiempo libre para pensar en tonterías. Tendría ahora que entrenar más en el Santuario, trabajar más horas en la ciudad, no hay espacio para ese tipo de cosas.
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Febrero de 2017
Ese día otros de sus compañeros de orden declararon que se quedarían en los templos a hacer guardia, hábito que le permitía ir a laborar como la gente común y corriente a la ciudad. Pero ese día no era su turno en el restaurante. Aldebarán tenía toda la seguridad que lo mejor que podía hacer para aprovechar de manera productiva ese tiempo libre era dedicarse a sus labores de santo dorado; en su defecto, dormir un poco o limpiar su espacio personal. Pero ahí se fue, como un necio, a la ciudad. ¿A qué? “A actuar de tonto, como no lo he hecho en años”.
La dirección no era tan difícil de encontrar. No era un barrio extremadamente popular ni lujoso, pero sabía qué ruta de autobús lo dejaría cerca. “Creo que lo más cortés sería llevarle algo.” Pero no se lo ocurría qué podía ser adecuado para la ocasión. Ya habían pasado los días festivos importantes para las florerías, para la gente en general. Un postre, un llavero, sonaban a cosas insulsas, y además eran inútiles.
Nunca pasaba desapercibido en el transporte público. En el metro, en los autobuses, su estatura imponente, complexión intimidante y rostro severo se convertían por unos segundos en el centro de las miradas: temerosas, morbosas, curiosas, desdeñosas. De tener posibilidad de disponer de unos euros de más, con gusto tomaría taxi. Pero la carencia económica era imperiosa, y tendría que ir encorvado todo el recorrido por el tamaño reducido del vehículo.
Bajó del autobús. Hizo memoria de las calles y las distancias, y caminó algunas cuadras. Se detuvo en una esquina en donde le daba de lleno la luz del sol de media mañana. Hacía fresco, pero él no se inmutaba, apenas llevaba puesta una camiseta de manga 3/4, sus pantalones tipo cargo, y botas. Notó que a la mitad de la calle, distinguido con algunos cajones y canastas con flores en la acera, había un pequeño local pintado con colores suaves. Se dirigió al mismo y por un momento vaciló, ya que vio la puerta cerrada, y no parecía haber clientes dentro, pero el anuncio en la puerta indicaba que estaba abierto e invitaba a pasar.
En la tienda pudo ver sobre todo arreglos florales pequeños, algunos minimalistas, otros monocromáticos –posiblemente para un evento especial–, otros muy sencillos compuestos de unas pocas flores, y algunas decoraciones para el hogar con plantas no florales, todo acomodado pulcramente en anaqueles de madera que aún desprendían aroma a nuevo. Evidentemente su entrada no había sido notada, pues sólo había una persona tras el mostrador, y estaba sentada con las piernas cruzadas y la espalda recargada contra la pared, mirando ávidamente su teléfono celular. Era una muchacha de estatura modesta, abrigada con una chamarra de capucha. Debido a que tenía la cabeza protegida con esta prenda, sólo se dejaba ver una porción de cabello color marrón y una cara blanca de subtonos rosáceos.
-Buenos días.- Saludó el caballero con voz seca.
La muchacha se tardó un par de segundos en desprender su vista de la pequeña pantalla y mirar al recién llegado.
-Buenos días.- Respondió ella con poco ánimo y sin moverse un ápice de su posición.
Aldebarán se quedó estático por unos segundos, visiblemente decepcionado de no encontrar a la persona que él esperaba encontrar y a quien aún buscaba con la mirada.
-¿Buscaba algo?- preguntó la muchacha con expresión un poco confusa después de un silencio en el que ella permaneció mirando al caballero esperando que pidiera algo para comprar.
Él se quedó con las manos en un gesto de duda suspendido en el aire. Pensó que había sido una tontería de su parte haber llegado hasta ahí sin imaginar que la joven dueña bien podría no estar ahí y tener empleados –aunque la muchacha tras el mostrador tenía cierto parecido físico a ella-, y también lo era el haber llegado con la única intención de verla y hablarle unos minutos sin más ni más; por lo menos tendría que preguntar el precio de algo.
Titubeó.
-¿Cuánto cuesta el…?- señaló una de las plantas decorativas aunque no tenía el mínimo interés en ellas, y de una puerta entreabierta que daba a la trastienda, apareció la joven buscada cargando un cajón compacto y adornado con rosas confeti y lentejilla de manera casi matemática.
Al verlo, arqueó grandemente las cejas y el iris de sus ojos relució de sorpresa. Sonrosada y sonriendo, puso el cajón en el mostrador y se acercó a él.
Él casi se atraganta con su propia saliva y trastabilló un poco al dar unos pasos hacia ella. Saludó torpemente con la mano para disimular un poco ese ligero accidente con los pies.
-¡Hola! ¡Pensé que vendrías antes! ¿Estuviste ocupado?- Saludó ella sin disimular su regocijo.
Aldebarán se sonrojó un poco. Sonrió tanto que se notaron sus breves hoyuelos en las mejillas y paseó la mirada por el suelo vagamente para no mirar fijamente a la joven que le hablaba, y que le parecía se veía como una flor de manzano.
-No me había dado tiempo.- Se excusó casi con pena.
Europa sonrió condescendiente. Se acordó de que había otra persona en la escena y la miró.
-Ella es mi hermana Olympia. Me está ayudando en la tienda.
La aludida miró a los dos que conversaban y levantó las cejas e hizo un intento de sonrisa, a modo de saludo distante.
-Él es el… señor Aldebarán.- Europa dijo el nombre algo vacilante, insegura sobre si era seguro mencionarlo o no.
El caballero levantó la mano mostrando la palma a modo de saludo, y mostró la sonrisa más amable que pudo.
-Mucho gusto.- fue lo mejor que se le ocurrió decir.
-Y ¿cómo te ha ido? ¿Has estado bien?
-No puedo quejarme. Ha habido poca actividad en- Se interrumpió bruscamente antes de mencionar al Santuario. Estaba casi seguro que Olympia había sido una de las niñas que acompañaban a Europa aquel día de la flor, hace tanto tiempo ya, y que por tanto bien podía estar al tanto de la existencia de ese lugar y de su orden. Pero lo mejor era no arriesgar. -…bueno, allá. Tú sabes. Mi trabajo en la ciudad, está bien. Nada sorprendente. ¿Y tú? Imagino has estado muy ocupada.
-¡Sí! Jesucristo, es una locura. Ha habido mucho trabajo, lo cual es muy bueno, pero a veces tan cansado. Este mes ha sido tremendo, no te imaginas.
-Claro.
Tenía intención de continuar con la conversación, pero entró una señora a comprar. Mientras Europa se encargaba, él se fue a mirar las flores en los anaqueles y las ventanas para distraerse y no interrumpirla.
-Tú no habías pasado por esta área, ¿verdad?- preguntó Europa una vez que la señora cruzó la puerta con su compra.
-No que yo recuerde. Casi siempre ando en las afueras, o en la costa.
-Y ¿qué te parece? – preguntó con una expresión de avidez curiosa infantil, poniendo sus manos a la altura de sus hombros a modo de duda y mostrando orgullosa su aún modesta creación empresarial.
-Muy bonito. ¿Todos los arreglos los hiciste tú?
-Bueno, los diseñé. Ella, mi otra hermana, mis primas, mi mamá, me ayudaron a armarlos. Aún me falta mucho, claro.
Sonó el teléfono. Ella lo atendió, y mientras tomaba apunte, él volvía a recorrer el local, pero esta vez ya sólo con la mirada. Miró la ventana, miró el mostrador. Miró el teléfono, y miró las manos de Europa, ocupadas en su empresa. De verdad era una muchacha pequeña. No era fácil creer que tuviera la edad que ella le había dicho.
Iban a retomar la conversación cuando entró una pareja de edad avanzada con mucha prisa a la tienda. Al parecer, acababan de ser abuelos y querían el arreglo más bonito para su nuera.
-¿No preferirías que venga en otra ocasión? – Ofreció Aldebarán cuando se fueron los clientes.
A ella no le agradó esa sugerencia. Evidentemente se sintió un poco decepcionada con esa oferta, pero el día laboral apenas empezaba y ella tenía prioridad de atender clientes y proveedores, no platicar con un conocido. Pero en realidad era lo mejor que se podía hacer.
-Salgo a comer a las dos. ¿Tienes tiempo? –Fue su respuesta.
¿Qué vas a hacer en más de tres horas? ¿Dar vueltas por la ciudad?
-Sí. Puedo venir a esa hora.
-Me da pena que hayas venido desde lejos, y que yo…
-No te preocupes, yo entiendo. Tienes que trabajar.- La interrumpió con una sonrisa. –Te veo a las dos.
~
Que piense lo que quiera, que cuente el chisme a quien ella quiera. En el preciso momento en que el caballero salió por la puerta del local, me miró con una cara de sentencia que no se aguantaba. No creí que se fuera a acordar de él ni del juego que traíamos ese día con las flores hace años ya. Aceptémoslo, es una persona que no pasa desapercibida físicamente, no es fácil olvidarse de alguien con esa estatura y esa cara, ni mucho menos del bochorno que pasamos él y yo con mi ocurrencia de la flor. Me hizo todas las preguntas que se le ocurrieron: que por qué lo había invitado, que si nos traíamos algo. Le contesté que es una necedad pensar que me voy a estar involucrando con cualquier persona con la que me topo, nada tiene de malo hacer amigos. Soy mayor de edad y estoy en todo mi derecho de hablar con quien yo quiera.
Todos se sorprendieron cuando me puse manos a la obra para abrir mi negocio, cuando me puse a hacer cuentas; les era más fácil imaginar que yo siempre iba a ir de trabajo en trabajo como empleada, y después me iba a casar para que me mantuvieran. No podía darle importancia a lo que esperaban de mí en lo económico y laboral, tampoco puedo dar importancia ni atenerme a lo que esperan de mí en lo social y emocional. Esa persona me cae bien y me parece agradable, creo son suficientes motivos para llevarme con él. Si por cualquier motivo una amistad es imposible, ni modo. Nada de malo tiene conocer gente nueva, aunque sea brevemente.
~
Ella estaba reacomodando las suculentas en un estante más alto, por encima de las teléfonos. Todavía faltaban unos pocos minutos para que dieran las dos, pero aún no estaba preparada para cerrar.
El sonido de la campanilla de la puerta de entrada la hizo voltear inmediatamente para verlo entrar de nuevo a la tienda.
-Llegas temprano.- Lo saludó con una sonrisa amigable, pero gesto de confusión en el ceño.
-Ya están dando las dos. ¿No tienes hambre aún?
Ella buscó su reloj de pared con la mirada. Constató la información y siguió paseando la mirada vagamente por el local.
-Bueno, sí… ahora que lo dices, sí tengo un poco de hambre.- Empezó a bajar de la escalerita metálica en la que estaba parada.
-¿Necesitas ayuda? Para guardar tus cosas.
-No, en un momentito guardo lo que está en la acera.
Si bien ella se resistió una y otra vez a recibir ayuda para cargar las canastas y cajones, él guardó dentro la mayoría de las mercancías, y fue ese el motivo por el que en menos de un minuto ya todo estaba en la tienda, listo para cerrar.
-No tenías qué.- Le dijo haciéndose la modesta mientras guardaba sus cosas y sacaba sus llaves para poner el seguro.
-Pero si tienes hambre, no puedes pasar más tiempo así. Con tal de que comas algo lo más pronto posible.
Una vez caminando en la acera, permanecieron con la mirada suspendida a modo de incertidumbre. Después, ella observó las zancadas con las que caminaba Aldebarán, y él se fijó en los pasos menudos y apresurados de Europa. Sus botines color lila en número pequeño, sus pantalones entubados, su abrigo de color hueso, todo se conjugaba con su rostro pueril para conformar una imagen intrigante porque no dejaba en claro si se trataba de una jovencita universitaria, una adolescente, o una profesionista por el donaire con el que se manejaba.
-¿Y tu hermana?
-Ella se fue hace media hora, a comer en casa con mis papás.
-¿Tú no comerás con ellos?
-Oh, no. Tú te has de acordar de que mi casa queda lejos de aquí. Me tardaría más en el transporte que comiendo con ellos. Casi siempre me traigo un refrigerio para comer en el local, pero a veces me aburro y como en un café que me gusta mucho.
-¿Es ahí a donde nos dirigimos?
-Sí. Te va a gustar.
Doblaron una esquina, y algunas cuadras después llegaron a una cafetería no muy grande, pero con una cantidad considerable de comensales y que emanaba un aroma muy atrayente. Ella lo guió a una mesa en el centro del establecimiento, donde llegaba el calor de la cocina y se concentraba el de la gente. Una vez que se sentaron, se sintió en la libertad de quitarse su abrigo. Era visible que ella sentía bastante frío estando afuera, aunque ese día la temperatura no era inferior a los 15°C. Sospechaba que era inútil preguntarle a él si no resentía la baja temperatura. Seguramente resistiría eso y más.
-¿Qué se te antoja pedir?- preguntó Europa después de haber hojeado el menú.
-Yo creo que con kroketes tengo suficiente.- Respondió humildemente el caballero.
Ella no sabía si estallar en risa o emitir un chillido escandalizado.
-¿Sólo eso? Pensé que tenías hambre.
En realidad, desde que dejó la florería a media mañana empezaba a sentir indicios de hambre, por lo que se regresó al Santuario para prepararse saganaki, dos hamburguesas, y recalentar una rebanada de pizza que tenía desde hace dos días. Sabía que no era prudente gastar mucha plata en una salida, así que consideró que lo mejor era ir ya comido, pero no totalmente lleno, a modo de no lucir grosero evitando comer ante ella.
-No mucha. Es que comí un tentempié antes.
-Pensé que me ibas a acompañar a comer.- Se quejó ella con tono casi infantil.
Ese gesto de reclamo le dio tanta gracia y ternura a Aldebarán que no pudo evitar sonreír incluso para excusarse:
-¡Te voy a acompañar! Yo también voy a pedir comida, pero no mucha. Tú pide lo que quieras.
-¿Es por… falta de efectivo? Yo te puedo invitar si quieres.
-Oh no, no, no. No es eso, no te apures por mí.- Replicó gesticulando en negación con las manos.
Tuvieron que pasar de diez a quince minutos de jala y estira, de “¿en serio?”, “seguro”, “insisto”, “tú no te preocupes” y demás ofertas y excusas para que pudieran tomar su orden. Mientras que él se limitó a pedir unas kroketes y un té, ella se desenvolvió pidiendo un café glykós, tiganita, hilopites, y un gyro, dejando en claro que posiblemente pediría un postre después. A él le brilló la mirada y sonrió ocultándose tras la carta de alimentos.
-Este mes fue muy, muy bueno, y me lo merezco.- Se justificó ella fingiendo ingenuidad.
-Nadie lo niega. Está perfecto que tengas buen diente. Es indicio de una persona muy sana y fuerte.
-Es de familia. Bueno, casi todas las familias que conozco son de buen comer, pero mi familia en particular es un caso. – Le ofreció unas toallitas húmedas para limpiarse las manos, y se limpió meticulosamente las propias.- Tú… ¿eres de aquí?
-¿De aquí…? Tengo muchos años viviendo en Grecia.
-Pero ¿aquí naciste?
-No. En Brasil.
-¡¿El Amazonas?! ¡Wow!
-Sí, ahí me… ahí me crié.- Estuvo a punto de decir que ahí había entrenado, pero no lo consideró muy adecuado para la ocasión.- Tú ¿siempre has vivido en Rodorio?
-Sí, ahí nací y siempre viví ahí. Cuando estudié el gymnasium fui a una escuela que queda cerca del pueblo, pero ya pertenece al área de Atenas. Casi nadie de la ciudad iba ahí. Para estudiar el liceo, tuve que ir cerca del centro de Atenas. Era una odisea todos los días, me levantaba a las 5:30 de la mañana, y sólo me daba tiempo de comer un poco de fruta y pan antes de salir. Mi mamá me preparaba un desayuno para comer en la escuela y me lo empaquetaba en una bolsa. Desde luego, ella dejaba preparado el desayuno para mi papá y mis otras hermanas, ellas sólo tenían que servirlo. Al año siguiente mi hermana ingresó también, entonces íbamos ella, mi mamá y yo cada quien con el desayuno en la mochila. Mi otra hermana desayunaba más tarde y mi papá iba a dejarla en la camioneta al mismo gymnasium donde fui yo.
-Tu hermana, la de la florería, ¿es menor que tú?
-Sí, ella, y mi otra hermana también. Yo soy la mayor.
-Cierto, sí me lo habías dicho. Es más alta que tú.
-Sí, Olympia es la más alta, mide 1.65m.
Sacó su teléfono para mostrarle una foto de ella con sus hermanas y algunas primas. Le explicó quién era quién de sus familiares, y unos minutos después llegaron sus bebidas.
-¿Quieres probar?- Dijo ella ofreciendo un sorbo de su café.
-No, no. Lo pediste con mucha azúcar.
-¿No te gusta?
-No, demasiado para mi gusto.
-¿Lo prefieres amargo?
-No necesariamente, pero sí con muy poca azúcar. Tampoco le pongo crema. Gustos de cada quien.
Supuso que, como ella le ofreció de su café, él debía ofrecerle de su té, aunque no sabía el modo correcto de hacerlo. Hizo un gesto sutil y no verbal, mostrándole su taza, pero ella negó amablemente.
-En un rato que vuelvas a la florería, ¿regresará ella a ayudarte?
-No. Olympia sólo está conmigo unas horas a la semana, y lo hace casi a fuerza, porque mi mamá se lo pidió. Ella trabaja en las tardes en otro lado, no tiene mucho interés en la florería. Nuestra hermana más chica no tiene mucho tiempo, está estudiando belleza, y mi mamá la pone a ayudar con el quehacer de la casa, o a ayudar a cuidar a mi bisabuela.
-Entonces, prácticamente estás sola.
-No del todo. Algunas primas me ayudan. Sobre todo las más jóvenes. Hoy no viene nadie en la tarde a estar conmigo, pero no pasa nada. A veces quieren escuchar su música que no me gusta, o platicar de cosas que no siempre me interesan, y me puedo ahorrar todo eso.
-¿Qué te gusta escuchar?
Europa suspiró pensativa.
-Me gusta Kore.Ydro., ONAR, Koza Mostra. Por mis padres y mis tíos, crecí escuchando a Nana Mouskouri, mentiría si te digo que no me gusta ninguna canción de ella, así que la incluiré en mi lista. En inglés, me gusta Amy Winehouse, Daft Punk, Bon Jovi.
Por el tono con el que mencionó a la última banda, denotó que la lista aún continuaba, pero no le venían a la mente más nombres en ese momento. Para no alargar más el suspenso, le preguntó a él:
-¿Tú qué escuchas?
-Uf…- Aldebarán no era una persona que se estancara en uno o dos géneros musicales. Disfrutaba varios tipos, y debido a eso le costaba catalogar todo lo que escuchaba.- Me gusta mucho Sepultura.
-¡Vaya! - Exclamó Europa sonriendo.
-Me encanta KISS, Helloween, adoro a Led Zeppelin. También me gusta Deep Purple, The Doors, Cream, Black Sabbath, Jimi Hendrix, The Who, Janis Joplin, Judas Priest, Pink Floyd, Jefferson Airplane…
Europa sonreía emocionada, delatando su interés en los gustos de su acompañante, y asentía entusiasmada cada vez que reconocía a una banda o artista que él mencionaba.
-Pero esos son un asunto. También me gusta mucho el ska, yo también escucho a Koza Mostra. Escucho reggae, jazz, y muy poco de bossa.
-¡Wow! Escuchas de casi todo.
A él le parecía que había un resplandor en el rostro de Europa, y en sus manos, cabello, y el marco que sus cejas y pestañas formaban alrededor de sus ojos. No se quedó embelesado mirando esos detalles de la joven porque ella continuó la conversación de música, y eso lo obligó a salir del arrobo.
Europa aplaudió suavemente cuando llegaron a servir la comida que habían pedido. Las primeras piezas de verduras fritas las mordió casi con éxtasis y sin contener uno que otro gemido de gusto, pero en seguida se compuso al recordar que tenía compañía. Esas demostraciones efusivas a la hora de comer para Aldebarán no representaban ninguna falta de cortesía, y no eran un problema en lo absoluto. Todo lo contrario, a su manera de ver, ella lucía fabulosa comiendo tan a gusto esas porciones tan generosas, encuadrada la escena con una grabación de la orquesta de Duke Ellington sonando al fondo.
Cuando ella se llevó a la boca la última porción de su gyro –el cual no empezó a comer sin antes darle una probada al caballero- se limpió los dedos y los labios y suspiró satisfecha.
-Quisiera pedir postre, pero siento que me puede caer pesado al estómago.
-¿Estás muy llena?
-Estoy un poco llena. Me cabe un pastelillo o algo, pero no quiero exagerar. En un rato regreso a la florería y no quiero ir con pesadez.
-Si quieres, pedimos uno y si ya no puedes, yo te ayudo.
-Qué caritativo eres, cumples con tu deber de ayudar a aquellos que están en necesidad.
Ambos rieron.
Salieron de la cafetería con un vasito de yogurt con miel y nueces, que sobre todo iba comiendo ella, aunque insistiendo al caballero que tomara algunas cucharadas.
-Sí está buena la comida. Y la música, nada mal.- Soltó el caballero.
-It don’t mean a thing…
-…if it ain't got that swing.
En seguida se miraron a los ojos en una complicidad juguetona al darse cuenta de que ambos conocían y gustaban de ese tipo de canciones.
Ella dirigió la caminata hacia un parque pequeño en el camino de regreso a su local. Había algunos gatos sentados o echados, y parvadas de palomas picoteando ocasionalmente lo que la gente les arrojara. Aldebarán dejó –intencionalmente – que el foco de atención de la conversación fuera ella y lo que ella quisiera hablar. Se trataba de una persona a la que recién conocía, y no tenía ganas de decepcionarla. Sentía que si hablaba de más acerca de sí mismo, había posibilidad de ahuyentarla. Trataba, no obstante, de no lucir seco, haciéndole preguntas ocasionales.
Cuando faltaban veinte minutos para su hora de regreso, en medio de la conversación y mirando su reloj, ella le dio una palmadita en el brazo, indicándole que ya debía volver a su negocio.
-Voy, para ayudarte a poner los cajones afuera otra vez.
-Te digo que no es necesario. Además, una prima me está avisando que viene a apoyarme en una hora.
Se levantaron de la banca en donde estaban sentados.
-Lo que me recuerda, tú… ¿tienes teléfono o algo?- recordó Europa.
Aldebarán sacó de su bolsillo un teléfono celular de segunda mano, todo en color negro. Si bien tenía la tecnología de mensajería y aplicaciones modernas, estaba un poco atrasado, pero le servía para lo necesario. El de Europa era más bonito, más actualizado y rápido. Registró el número del caballero y le ofreció el suyo. Esta vez no habría incertidumbres ni excusa para perder el rastro uno del otro.
Después de agradecerle una y otra vez el haberla ayudado con las canastas y cajones y de repetirle que no debía hacerlo, se plantó de frente a él para mirarlo con una ligera melancolía que intentaba disimular, sin éxito.
“¿Cuándo te veré otra vez?”, fueron las palabras que él quería decirle.
-Si quieres, avísame cuando tengas un espacio y pueda venir.- Se limitó a decir.
-Claro, sin falta. Qué gusto verte.- Igual que la vez anterior, se estiró cuan larga era y levantó ligeramente los talones en un intento de hacerse más alta.
Esta vez, él entendió el significado, aunque le daba un poco de pena saludar y despedirse de beso con una persona civil. Con cualquier persona, en general, era algo que nunca hacía.
-Cuídate mucho, ¿sí? – le dijo Europa en voz alta cuando él ya se había alejado unos pocos metros de la tienda.
Cruzó el umbral y notó que la oscuridad era pesada, rodeó con sus ojos oscuros cada recoveco en búsqueda de una fantasmal silueta blanca, la sorpresa vino de su costado izquierdo.
¿Ya tienes como costumbre venir y presumir que estás ileso?- le recriminó ella, envuelta en una bata de seda lisa que contorneaba perfectamente sus curvas.
¿No lo estoy?- rió como respuesta
Ella apretó los dientes sin disimular su molestia, y empujó al recién llegado santo de Cáncer hacia el sofá con un solo intento: la espalda de él chocó contra el cojín y exhaló aun riendo divertido. Haciéndose un espacio cómodo, viendo como los muslos de ella bailaban bajo la ligera tela que arropaba a la ruidosa mujer, disfrutó verla situarse a horcajadas sobre él mientras tiraba de su camiseta con determinación. Esa hambre de control que ella tenía en momentos como ese le resultaba irresistible.
Su boca encontró el camino de su clavícula y sus ojos buscaron los de ella, que en respuesta a su insinuación, se alejó de la tentación y le empujó hacia atrás con ambos brazos.
No. Estás herido.- le recordó y examinó el corte que toscamente estaba vendado en su abdomen. -¿Ahora son espadachines con los que luchas en esas ridículas misiones?
Al menos hubo algo divertido qué hacer en medio de ese viaje diplomático.- respondió luego de chasquear la lengua fastidiado, apoyando su mentón de su puño.
Lo tuyo nunca tiene que ver con los modales.- con su afilada uña, cortó la venda y comenzó a sacarla –me sorprende qué tan insolente puedes ser, aún más si rememoro que son el estandarte de la humanidad de frente a los genocidas y dioses.-
¿Cómo hablas de modales si estás sobre mí haciéndote la enfermera?- gruñó. -Ninguna de las curanderas del santuario me atenderían apretándome las tetas en la cara.
Ella parpadeó y no pudo evitar soltar una carcajada que revotó en toda la habitación. Una venita comenzó a palpitar en la frente del Cáncer. Tras sacar los vendajes, ella se levantó encaminándose entre la estancia oscura, buscando sus pomadas. Solía mezclar una o dos hierbas y siempre tenerlas en pasta para momentos como ese.
Al volver con él, esta vez se sentó a su lado y continuó examinando la herida, comenzando a desinfectarla. Él se preguntó qué tan enserio se tomó ella su queja, al momento en que el ardor proveniente del alcohol lo hizo dar un salto.
¡Con un demonio, bruja!- le gritó –estaba casi cerrada, ¿qué demonios hiciste?
Está en pésimas condiciones- le respondió acercando sus labios a la herida y soplando un poco –relajate, mocoso, todo saldrá bien.-
Él refunfuñó en italiano, mientras ella colocó finalmente la pomada. Cerró su ojo agradecido por la atención, ya que la molestia casi se extinguía, pero no iba a admitírselo.
Me preocupa que vuelvas a salir y tengas aun esa herida en medio de la batalla. Es peligroso bajo el calor del peto de tu armadura.- apuntó concentrada aun viendo su herida.
Divagó en silencio mientras él volvía a recostarse derrotado contra el sofá. Sintió de nuevo las palmas de ella recorrerle los pectorales pero luchó contra su impulso sabiendo que recibiría otra reprimenda. Abrió los ojos de par en par cuando sintió los labios de ella sobre la herida, y una sensación que reconoció.
Era un ligero ardor frío desde el interior del corte, que iba poco a poco disipándose… atenuando paulatinamente el dolor y dando paso a una sensación de paz. Podía sentir cómo era invadido por el cosmos de ella, como si sus labios a través de su herida le dieran el permiso de invadirlo completamente.
Exhaló pesadamente cuando esa sensación lo llenó de calor, y nunca se preguntaba la razón, simplemente sentía como la temperatura nublaba su juicio, y esa no fue la excepción. La miró alejarse satisfecha al notarlo curado, casi escapando del impulso, pero el choque eléctrico de sus ojos fue suficiente para que como un imán, sus labios atraparan a los de ella.
Era quizás que la energía que ella compartió quería desesperadamente volver con su dueña, pero a ese punto, su mente obnubilada, solo pensaba en drenarle todos sus suspiros. Ella intentó dos veces interrogarlo, pero él solo ocasionalmente le permitía tomar el aire suficiente para volver a robárselo.
Supo que lo había logrado cuando ella se dejó caer en el sofá y levantó su mentón dejándolo explorar la curva de su cuello y el camino hacia sus relieves. La piel pálida que él recorría se llenaba de centelleantes colores.
Se apoyó con su brazo izquierdo, y con el derecho silueteó el borde de la bata, logrando abrirse paso hacia sus curvas sin ninguna obstrucción: tragó saliva cuando notó la piel erizada expuesta al frío y los pequeños relieves de ella endurecidos.
Espera un segundo…- murmuró ella con sus mejillas encendidas y sus pechos danzando por culpa de su respiración.- ¿Aquí?
Él tomó aire y se apoyó con la otra mano también, mirándola
¿Estamos a solas?
Ella asintió.
Pero--- el beso que le robó la volvió a dejar sin armas para combatir el calor que la contagió. En respuesta a la necesidad del Cáncer, tomó sus mejillas con ambas manos, y mordisqueó su labio inferior antes de darse otro segundo para el aire.
Los gruesos y blancos muslos de ella se separaron gustosos para rodear las caderas de quien bajaba besos por su abdomen. Su palma morena los masajeaba dejando pasear sus yemas muy cerca de su intimidad. Al rozar un poco, ella siempre daba saltitos por la corriente eléctrica que la atacaba.
La boca del Cáncer atrapó un relieve y su mano se abrió paso en medio de su feminidad. Pudo sentir su tibia urgencia cuando sus dedos se resbalaron con facilidad hacia su interior. Los ojos dispares de color de ella se llenaron de ligeras lágrimas al sentir el suave ritmo que la masajea en su interior.
La bruja se apoyó de sus codos apenas conteniendo la respiración, enrojeciendo hasta las orejas. Los ojos del Cáncer la atravesaban mientras continuaba su lengua jugando con su endurecido pezón.
Si sigues así, yo…- ella tuvo que detenerse y morderse los labios con fuerza al sentir los dedos aumentar el ritmo --¡D-deja de jugar!- se quejó ella cediendo sus fuerzas y dejándose caer en el sofá, ahora no veía más que el techo, pero el oscuro sonido de su humedad chocando con los dedos de él en su interior golpeteaba en sus oídos.
Voglio vederti arrivare, mia preziosa strega- gruño con voz ronca tras soltar su pezón, y pudo sentir los espasmos y el vapor emerger de su compañera. Ella retorció las caderas mientras él sentía su tibia humedad.
Ella apenas respiraba inmersa en su orgasmo mientras él se acomodaba la cremallera para liberar su excitación. Ella sintió la caliente rigidez en su entrada y exclamó apretando sus ojos un “¡Te dije que dejaras de jugar! ¡No te quejes de nuevo si te vuelvo a llamar mocoso!”
La respuesta del Cáncer fue una contundente estocada que la llenó con determinación. Los ojos de ella volvieron a abrirse de par en par y se encontraron con los de él. Los lánguidos brazos de ella rodearon su cuello, y él con un brazo rodeó sus caderas, sentándose en el sofá y haciéndola cabalgar sobre su regazo.
El cambio de posición provocaron una estocada aún más profunda, el cabello de ella estaba dispuesto por todas partes y eso a él le encantaba. Continuó con su ritmo, disfrutando tanto de su interior que podía jurar estar loco. Su calor se multiplicaba al sentir cómo ella lo recibía gustosa, humedeciéndose aún más.
Las palmas pálidas de la bruja se apoyaron de sus amplios hombros, donde se cerraron con vehemencia hincando un poco sus uñas. Dejó caer su frente contra la de él, con sus ojos nublados de excitación, y le susurró con sus labios temblorosos “… Ángelus”.
Fue un silbido tan suplicante, tan silencioso, que casi dudó escucharlo. Pero estaba lo suficientemente cerca como para saber que lo había dicho. Tomó aire abruptamente, y a pesar de que su mente se puso en blanco, su ritmo aumentó, haciéndola saltar más violentamente.
¿T-te molesta q-que te llame así?-
Verla tan complicada para hablar lo hacían no poder controlar la velocidad de sus embestidas, que poco a poco, comenzaban a ser aún más intensas. El cosquilleo comenzaba a alcanzarlo, y él solo deseaba morir en ese momento, apretado de su silueta.
Hundió su rostro en sus pechos y la atrajo contra él, rodeando sus caderas con sus gruesos brazos.
La bañó en su interior con la misma intensidad y calor, temblando contra ella, disfrutando de la adictiva sensación extrasensorial. La besó en los labios en cuanto recobraron el aliento. Y rió un poco al notarla extasiada por un segundo orgasmo también… se quedó viéndola aún apretado a ella bajo la carpa de cabellos plateados, chocando narices. Ella es tan bonita cuando sonríe a escondidas solo para él. Se pregunta cuándo será libre de decírselo, ¿puede que ella tenga cosas también que no pueda decir?
Recuerda su nombre que lleva tanto tiempo sin oír, que creyó haberlo olvidado. Ángelus.
Ella tiene su mano en la mejilla cuadrada de él y su dedo pulgar dibuja sus varoniles labios. Ahora quien parece pensar en algo es ella, porque no lo está mirando a los ojos.
Sí puedes...- dice finalmente, y hace que ella lo mire a los ojos de nuevo –si quieres hacerlo, llámame así.
¡Hola! Suta, después de millones años luz, se aparece por acá con muchos feels de sus nenas. He de admitir que ando leyendo un libro que me tiene con ganas de escribir, y terminé recurriendo a ellas porque les tengo feels jeje.
Moris, está dedicado a ti por tantos años de aguantarme, y aun quererme y querer compartir éste espacio conmigo. Mil besitos y abrazos♥
Ahí va.
Hermana.
La mañana en la que ella se había convertido en una señorita no lo recordaba, y es que ni por su padre lo habría percibido: Afrodita la trataba, como a su hermana, como un tesoro que se pudiese quebrar o estuviese a merced de cualquier predador. Sin embargo, sus inquietudes de señorita si comenzaron cerca de los trece años: y es que, entre trozos de telas coloridos, pudo percatarse de algo que estuvo esperando mucho, estaban apareciendo montañitas en su pecho. Su sonrojo fue un poco discreto, pero su alegría no tanto, y ésta no pasó desapercibida por su hermana, que tirada en el sofá de la habitación la miró parpadeando tras su brinco de alegría.
--Öz- dijo cariñosamente su sobrenombre -¿qué traes?
Özlem tomó de las manos a la muchacha y la alzó dando brincos dichosos
-- ¡Mira, Fiamma, no me quedaré plana!- le afirmaba con ímpetu – Mira que aunque seamos gemelas, Dios fue más generosa contigo y aún más rápido.- y un puchero terminaría su oración.
-- Deja de exagerar por un corpiño de copa pequeña tonta- decía Fiamma recordando que tuvo que comprar uno bastante sencillo y pequeño para variar –además, no somos idénticas, y estoy entrenando en secreto, quizá eso tenga algo que ver.
Özlem hizo un mohín y algunos libros de puericultura de su escuela la hicieron pensárselo mejor.
-- Hormonas, supongo.- se dijo en voz alta, y miró a su hermana –Ay, ¡Fiamma, qué espanto, de seguro me voy a desarrollar!- la carcajada de la gemela mayor hizo eco por todo el recinto –Shhh, oyeee, no quiero escuchar esa charla de mamá aún.- le dijo aterrada
-- Pasará, boba, eventualmente.- y volviendo a su móvil, texteando, añadió: - aun somos un par de mocosas, ahora vendrá lo bueno.
Por supuesto que el pronóstico de Fiamma Lindström era cierto: ahora, y más que nunca, los comentarios en torno a su aspecto era algo que les interesaba en sobremanera. Intentar evitar una discusión con su padre era casi tan típico como sus clases de ballet abandonadas por Fiamma, esas, del jueves por la tarde. Las discusiones provenían de los temas más inverosímiles: y es que Afrodita no podía admitir que ya sus pequeñas no eran tan pequeñas como para seguir ostentando vestidos de muselina o cintas infantiles de sus negros cabellos. Ozlem exigía un corte por sobre los hombros a diestra y siniestra, y Fiamma, tan pícara como siempre, sintiendo simpatía por el puchero de su hermana, se empeñaba en decirle a su padre que se pintaría el cabello igual que el de su madre a su edad. El santo de piscis ante eso, no podía evitar sentirse infartado, primero que nada según su código las mujeres llevan cabello largo y son demasiado pequeñas para quitarles la virginidad a sus capas capilares.
El cabello de las gemelas siempre fue de la admiración de sus padres, pero Afrodita lo llevaba a límites insospechables: ningún peluquero Italiano, Sueco o Griego había tocado esos cabellos más que Calantha, que aunque no era su profesión, sí que sabía lo necesario para mantenerlo tan hermoso y sedoso como siempre.
Una tregua logró imponer orden empero a la última discusión sobre cortes tipo bug: un secador de cabello. La idea fue de Shaina. No quería llevarle la contraria a su esposo, pero tampoco darle tanta libertad a una pequeña de solo 13 años. Pensó que sería lo más acertado: con ese elemento y el ingenio que sabía, existía entre sus pequeñas, lograrían un sinfín de peinados y el tan ansiado nuevo look correspondiente.
Esa tarde fueron por nuevas telas para nueva ropa.
-- Calantha me ha regalado una máquina de coser y he aprendido un poco- decía Özlem buscando ideas en Pinterest mientras aún continuaban de camino en el bus.- podremos hacer lo que queramos.-
A Fiamma le pareció magnífica idea en tanto revisaba llevar en la bolsa la tarjeta que Afrodita le había dado para hacer compras.
Al poco tiempo de observar gustos y sueños de una y otra, se dieron cuenta que comenzaba a suceder algo que en el pasado parecía imposible: ambas, pese a ser gemelas, no compartían del todo gustos muy personales. A Özlem se le llenaron de agua los ojos.
-- ¿Eso quiere decir que vamos a separarnos?- decía aturdida -¡No puedo pensar en eso, Fiamma! Todo lo que me había gustado en la vida era el vivo reflejo que lo que a ti.
La mayor lo meditó por un momento y le enjuagó las lágrimas a su querida y única hermana.
-- No seas tonta, Öz. Un estúpido outfit no nos va a separar, ¿qué cosas dices? ¡Además, eso que afirmas no es tan cierto! Te sigue encantando en ballet, y yo decidí que ya tuve suficiente de él.- y le pellizcó la mejilla sonriendo, llenándola posteriormente de besitos -¡Y eres demasiado llorona, boba! ¡Muy muy llorona!- y soltó una carcajada, ese sonido estrepitoso que hacía llenar el corazón de la menor de gozo.
-- Hermana.- le llamó Özlem
-- ¿Qué sucede?- parpadeó Fiamma, algo extrañada por el llamado de la menor
-- Eres lo mejor que tengo, nuestros padres, amigos y familia son fantásticos, sí. Pero al final de los tiempos te necesitaría. Siempre, siempre, siempre.
A Fiamma le ardieron sus cuencas oculares, y tuvo que botar aire para disimularlo. La risita de Özlem hizo sonreir a Fiamma.
Ya saben, otro fic mal escrito, al afan y muy rosa y cursi, pero que se le puede hacer D: el fangrileo intenso :(
Y oficialmente están comprometidos <3
Amo esta canción con esto (x)
No era un hombre nostálgico ni que mucho menos se dejara llevar por las emociones o las ocasiones especiales, no era sentimental, no se sentía cercano a las emociones humanas, sin embargo en esa noche estaba presa de los nervios, de una latente ansiedad y de un pequeño miedo irracional que se albergaba en su corazón humano. Aunque quisiera negarlo seguía siendo un hombre, un mortal, un humano y por más máquina que hubiese querido proclamarse o en algún momento de su vida deseó ser, buscando suprimir cualquier sentimentalismo barato o emoción sin importancia, no podía. Sentía y lo hacía de una manera tan absurda, fuerte y profunda, que una parte de sí mismo se burlaba de la situación en la que se encontraba. Quien en sus cabales podía creer que Lune, el estoico, solitario y descorazonado Balrog estaba nervioso como un niño pequeño frente a su primer día de escuela, con un corazón palpitante y rebosante de emociones que aunque por fuera no demostrara nada, por dentro estaba literalmente muriendo y la única culpable era una joven y alegre dama que estaba paseando de aquí para allá con una enorme sonrisa en su rostro mientras ultimaba detalles para la cena de año nuevo.
Indudablemente para ella, algo ocurría, no lo había así de tenso en mucho tiempo, hecho que debería preocuparle, pero la confianza que habían empezado a recuperar entre ellos le indicaba que lo que pasaba no era tan grave o le haría conocer los motivos por los cuales se sentía así en algún momento de la noche. Lo único que le daba seguridad ante el comportamiento del peliplata era la intensa mirada que este posaba sobre ella cada vez que lo descubría observándola, mirada que sólo la veía algunas veces en el y que solo la compartía cuando estaban en momentos de intimidad, el sólo pensamiento le hacía sonrojar, alejándola totalmente de descubrir cuáles eran las verdaderas intenciones del espectro de Hades.
Mientras las horas pasaban, Lune se había quedado en el sofá de la sala, bebiendo mas vino del que normalmente acostumbraba, cuan bajo había caído de recurrir al alcohol para tomar fuerzas frente a lo que iba a ser, pero como un hombre y como todos los demás, en casos desesperados era lo único que se le había pasado por su ya tensa mente. Por otra parte, el padre de Soren disfrutaba del espectáculo que su no oficial y futuro yerno le regalaba, dado que era el único de la casa – aparte de Lune claro está – que conocía las intenciones del joven sentado a su lado. Gracias a ello y unas cuantas cosas mas, estaba muy seguro que no se había equivocado al dar su bendición en tan importante empresa.
Cuando el tiempo tan ansiado llegó y los minutos de un año agonizante iban terminándose, acercándose el nacimiento de otro, el cual para muchos humanos representaban una época de promesas y cambios que al final eran inconclusos o solo quedaban en vacías y falsas palabras, Lune se levantó con absoluta decisión tomando a la pelirroja de la mano y llevándola a la parte exterior de la casa, sin pedir permiso o siquiera expresar una palabra. El totalmente decidido y ella sorprendida ante la reacción de Lune.
- ¿Qué vas a hacer? Ya casi es medianoche – preguntó la pelirroja cuando estaban a la salida de la casa.
- Quiero que estemos solos estos minutos. – fue lo que le respondió antes de llamar a la armadura de metal negro que recordaba el hecho de que no era un humano común y corriente, para luego vestirla y tomar a la joven en sus brazos y llevarla a un sitio alto y alejado cerca de la residencia asgardiana, afortunadamente, esa noche las luces del norte brillaban y engalanaban el cielo nocturno siendo los fuegos pirotécnicos que permitían completar aquella noche de año viejo. Ella solo alcanzó a gritar un “¿Qué haces?” cuando en cuestión de un parpadeo ya se encontraba en el sitio designado. Se agarró con fuerza a el cuando se dio cuenta de la altura a la que se encontraban, respiró profundamente, empezando a reírse.
- Estás demente… -
El enarcó una ceja acercando su boca al oído de ella – Sólo un poco – le respondió.
- Y estás ligeramente ebrio. –
- Bebí un poco de más. – se declaró culpable.
- ¿Para qué es todo esto?, era necesario que te colocaras tu armadura? –
- Absolutamente – respondió Lune con seguridad a la vez que dejaba a la joven sobre el piso, tomando con delicadeza su diestra, arrodillándose frente a ella. – De alguna manera debemos recordar que soy un hombre que tiene un deber hacia un dios, no soy un ser humano cualquiera.-
Por la cabeza de Noreth ni siquiera había pasado la idea del porqué estaban allí. – Y tenías que hacer todo eso para decírmelo? – se burló la joven. – Sé muy bien a quien perteneces – aseguró con un dejo de tristeza, evitando la mirada de Lune.
- Mi lealtad – la mirada de Noreth regresó sobre el peliplata – Porque mi vida, pertenece sólo a ti. –
- Espera… tu… -
- Noreth, hija de Soren. – el la interrumpió – No soy un ser humano como cualquier otro, y a pesar de mi condición como espectro y el hecho que tenga que servir a un dios de alguna me niegue el poder desarrollarse como una persona normal, no quiere decir que tenga que ignorar lo que sienta y desee de manera egoísta y no como un soldado. Además se que no soy solo Lune sino que también represento un ser antiguo que ha servido por eras a un dios que solo busca purgar y limpiar este mundo. Pero también, como hombre deseo una sola cosa y ese deseo es más fuerte que cualquier imposición que un dios pueda poner sobre mi. – el clavó sus penetrantes ojos violetas sobre los azules de ella en los que empezaban a aglomerarse cristalinas lágrimas – Sé que te enamoraste de esa parte humana de mi y empiezas a conocer esa otra parte más mística y ancestral de lo que también soy. Pero dada mi condición no puedo darme el lujo de postergar esto más, no quiero que el destino ni alguna otra cosa juegue con nosotros de nuevo…. – el sacó una pequeña caja de terciopelo la cual abrió con un hermoso anillo de plata en el cual estaba una hermosa joya roja – Seré el dueño de mi destino y mis acciones, si he de luchar lo haré junto y por ti. Noreth, quiero pasar el resto de mis días a tu lado, quiero que seas mia de todas las maneras posibles y que sepas que mi corazón, mi vida y mi eterno ser lo son de igual manera, eternamente y enteramente para ti. ¿Desearías casarte conmigo? –
La única respuesta que ella le dio, fue lanzarse sobre el y besarlo de la manera más dulce que podía, sintiéndose enteramente feliz de por fin llegar a ese punto sin retorno, donde para sus corazones y de forma eterna, ceremonial y universal, se declararían uno para el resto de sus vidas y para más allá de la muerte.
Porque así eran las cosas para ellos dos, una eternidad de uno sin el otro era simplemente… imposible.
@l-e-i-n-t-h ¡Yo soy tu secret santa! Necesité un poco de Ayuda de Mido y Al y al final salió esto, espero que te guste.
Nota: Lety querida, debido a inconvenientes por el tiempo, aquí van los primeros dos capítulos, el tercero y cuarto (en los que aún estoy trabajando) te llegan el 6 de enero, de día de reyes.
Prólogo.
Dioné estornudó. La limpieza de primavera no le hubiera molestado de no ser porque su madre había insistido en desaparecer hasta el más minúsculo rastro de polvo de la casa. Y eso involucraba limpiar roperos, armarios, repisas, la bodega, y los papeles del escritorio de su padre.
Mientras Seika trapeaba y su hermano quitaba las telarañas de la bodega con una escoba, ella se enfrentaba a la afanosa tarea de separar la basura de lo que aún servía de una pila de cajas que su madre ya había apartado desde el día anterior.
Suspiró y se frotó las manos. El trabajo no se iba a hacer solo.
El sol en lo alto, y la humedad bochornosa de los primeros días de primavera le hicieron detenerse al medio día, para darse un descanso. Sentándose en el piso y abanicándose con unos papeles que irían a parar después a la basura, notó, de repente una caja de madera pequeña, apenas un poco más chica que una caja de zapatos. Motivada por la curiosidad, se estiró para tomarla y la contempló por un rato. Era vieja, aunque no dejaba de ser bonita, de madera robusta y resistente, pero no fina. Tal vez de pino. Estaba tallada a mano con adornos de rosas y con ribetes en cada esquina. Asumió, por los motivos, que pertenecía a su madre. Deslizó la tapa, después de limpiar el poco polvo que la cubría con un soplido.
Adentro, encontró el dibujo gastado y amarillento de una mujer muy bonita, con un moño en la cabeza y ropas tradicionales griegas; un papel lleno de garabatos y dibujos de rocas y animales, las cuentas de lo que una vez fue una pulsera, un prendedor de plata ennegrecida por el tiempo, un pañuelo rojo algo descolorido, un mechón de cabello rubio en una bolsita de tela, unas puntas de flechas rotas y algo gastadas, y un montoncito de cartas ocupando la mayor parte del espacio. Quitó con cuidado el listón que las mantenía juntas, intrigada por lo que diría, y comenzó a leer.
Capítulo 1: Primera Carta.
“Querida Dioné.
Espero que este día sea muy especial para ti, o al menos así lo planee… O puede también que haya elegido un día cualquiera para entregarte estas cartas… “
Aioros se rascó la cabeza, no estaba muy seguro de poner eso. La verdad no estaba seguro de nada. Había visto el día anterior una película con Seika, en la que una madre le había escrito cartas a su hija durante toda su vida, y decidió adaptar la idea.
Estaba seguro que algún día, su pequeña cariñosa se convertiría en una mujercita fuerte y valiente que dejaría el nido para volar con sus propias alas. Quería mostrarle quienes habían sido, lo mucho que la quería, y lo mucho que disfrutaba llevar esa vida con ellas, aunque a veces no le gustara lo que hacía, y añorara los días dorados en el santuario, que aunque quisiera no admitirlo, habían sido pocos. Después de todo, la vida había cambiado mucho todos esos años estando muerto. Ahora más que nunca, cuidando otro bebé, se volvía a sentir como un adolescente que no sabía qué demonios hacer, aunque esta vez era todo diferente. Tenía una esposa a la cual amaba, un bebé que no era su hermano y otro pequeño en camino, y había renunciado a todo por estar con ellos, por alejarlos del peligro, por ser un padre normal. Pero se preguntaba insistentemente si sus hijos entenderían eso, así que, después de pensarlo un rato, la idea de las cartas le pareció buena. Las escribiría de vez en cuando, inmortalizando en papel las ocasiones especiales de su hija mientras crecía.
“Como sea, me decidí a escribirte algunas cartas. Aún no sé cuántas serán, o cuando te las daré.
En este momento, estás dormida en el sillón con tu madre, que por lo avanzado del embarazo, también duerme contigo. Últimamente se ha cansado mucho, que tú pareces tener cada día más energía. Mientras ustedes toman la siesta y el agua en la estufa aún no hierve, aproveché para empezar a escribir, aunque justo ahora no sé qué más contar. Lo único que pienso ahora es que al verlas así, recuerdo mucho a mi madre, Semele, y a tu tío Aioria y en que espero que este pequeño detalle te guste”
Contempló la hoja un rato, le faltaba algo más pero no sabía qué. Ya vería luego, tenía que adelantar la cena para que Seika no se cansara.