fucked up to me that some people dont let their pets on the furniture. you have this little guy in your house and youre not gonna let them sit on the couch with you? no kitty on the bed? incomprehensible.
@elinuts Eliiii, perdón por la tardanza /)w(\ creo que ya no es sorpresa pero igual como tu secret santa quiero desearte todo lo mejor para este año, a pesar de los colegas que te sacan canas verdes en el trabajo. Mucha suerte y mucho ánimo con la especialización, felicidades por haber aprobado la preselección de momento, y por haberte podido mudar a un nuevo depa ;) son buenos comienzos para este año, que esperemos sea menos caótico que el anterior.
Sin más que añadir, escribí algo que no estaba precisamente en tu lista pero espero que te guste uvu tiene que ver con nuestros misfits pero quise que Yef fuera el eje central, tu niño merece todo el amor en todos los universos.
No prometo fechas para próximas entregas, pero al menos quise que esta primera parte, además de servir como introducción, fuera autoconclusiva para no dejarte en ascuas x) Está todo conectado, por supuesto, pero sirven de manera independiente también. Ahora sí, con todo mi cariño y con especial emoción porque a estos personajes les tengo un lugar especial en mi corazón, tu regalo que parece que llegó por correos de México (?) Enjoy <3
***Edit: Tumblr se puso roñoso con el "seguir leyendo" y al menos en escritorio creo que no lo corta xDU así que la continuación queda en este otro post para que no quede tan largo aquí:
Is there actually a gay film out there where they have a happy ending?
"It's gay so if we don't include the morbid homophobia it's ignoring the history" i, for one, think it's been displayed plenty in film and would really enjoy a movie where the couple stay together and their families are happy for them and no one dies or gets kidnapped or gets married pretending the relationship didn't happen
Kalach: tres tiras de masa trenzada, un solo pan. Tres historias navideñas sobre un ucraniano, un escocés y una rumana, quienes unidos por el destino a servir a Hades convergen también bajo un mismo techo. Aquí pueden quedarse sin electricidad, no tener un árbol navideño de verdad ni envolturas de regalos muy elegantes, pero gracias a Yefim y su hospitalidad desinteresada jamás hace falta ni luz, ni calor, ni buena comida. Tal como su tata le enseñó.
I - Una estrella en el firmamento y una vela en la ventana.
Viernes 6 de enero, 2017
—¡Eian...! —Yefim llamó a su compañero de cuarto desde la modesta cocina del departamento que compartían—. Puedes cenar cuando quieras, ya está todo listo.
No era que esperara una respuesta realmente. Si bien ya tenían varios meses viviendo juntos para compartir gastos, la verdad era que con todo y su disposición natural para evitar conflictos, el aura hostil del otro era una barrera entre ellos que se negaba a caer. A pesar de que Eian había aceptado aparentemente en buenos términos las condiciones de aquella inesperada alianza, pareciera que había accedido simplemente porque no le había quedado otra opción. No por nada tenía fama de persona conflictiva incluso dentro de su mismo equipo, entonces no era difícil entender por qué había salido de pleito con sus anteriores compañeros de cuarto, ni por qué nadie más le había ofrecido asilo al quedarse sin hogar. Aun así, Yefim no podía evitar sentir cierta empatía por él, parecida a la que le inspiraban algunos perros callejeros que por miedo o desconfianza le enseñaban los colmillos y que no lo dejaban acercarse ni siquiera para darles un poco de agua o de comida. Y al igual que con los perros, Yef no dejaba de insistir.
A los pocos minutos de haberlo llamado, pudo distinguir el cabello rojo intenso de Eian y su pequeña figura asomándose por el marco de la entrada. No era usual que respondiera tan pronto, menos para cenar, pero estaba aburrido y no tenía nada más en qué entretenerse en ese momento. Porque claro, encima de conflictivo no era muy organizado, entonces negligentemente había olvidado pagar la cuenta de electricidad del mes, dejándolos a ambos sin luz justo para navidad.
—¿Tú no vas a comer, Yef? —preguntó algo extrañado el pelirrojo, pues aunque él era muy dado a saltarse comidas, sabía que para el ucraniano los alimentos eran más o menos sagrados.
—Sí, solo estoy esperando algo, ceno en un momento más. —Yefim había estado observando el firmamento de tanto en tanto desde hacía un momento, asomándose a través de la única ventana que tenían para mirar el exterior.
Por curiosidad Eian se asomó también para averiguar qué le parecía tan interesante, aunque no logró divisar nada en particular. Solo el mismo paisaje de siempre, en un atardecer que se estaba convirtiendo en noche más rápido de lo que él quisiera. Adiós luz natural, hola remordimiento.
—¿Qué es lo que esperas exactamente? ¿Te vas a tardar mucho? — preguntó expectante el escocés. Quizá el cocinero simplemente estaba tan aburrido como él, pero cualquier pretexto para desviar la atención de que hubiera sido mejor quedarse cubriendo turno en el Infra en lugar de celebrar navidad a oscuras parecía algo que valía la pena intentar.
—Oh, pues, no sé cuánto tardará. No creo que mucho. —El interés repentino del otro lo tomó por sorpresa. Aunque era algo que repetía cada año, de pronto sus razones le parecieron extrañas al tener que explicarlas. Era una entretención más propia de los niños, además, pero respondió con sinceridad de todas formas. —Solo espero a que aparezca la primera estrella en el cielo.
Eian arqueó una ceja, la misma que tenía perforada con una argolla metálica. De todo lo que le pudo contestar ciertamente eso no lo esperaba. Yefim había anticipado esa reacción de extrañeza y aclaró casi de inmediato:
—Es una tradición ucraniana en Navidad. Esperar hasta que aparezca la primera estrella antes de comer. —Probablemente Eian no lo había notado, pero Yef apenas y había probado alimento durante el día, frutas, algunas cucharadas de una especie de sopa de trigo y agua. —No tienes que esperarme si no quieres.
El escocés pareció dudar un momento, pero al final arrastró una silla para poder sentarse más cerca de Yef y esperar a la dichosa estrella.
—Está bien, hagamos las cosas a tu manera por esta vez. —Aunque había vivido un par de meses junto con Yef en su natal Ucrania, Eian aún no conocía mucho sobre las costumbres de aquel país. Ahora, además, habían tenido que mudarse a Rusia por el incendio que el pelirrojo había provocado cuando aún vivían en el departamento anterior, reduciendo muchas de sus pertenencias a cenizas. El compañero de cuarto ideal.
Así permanecieron unos minutos, en silencio, esperando. Hasta que el escocés decidió romper el hielo un poco, a su manera.
—Tienes costumbres muy extrañas, ¿sabías? Primero me diste un regalo varios días antes de navidad, no recuerdo por qué. —Si bien internamente agradecía el gesto, todavía parecía contrariado por haberlo tomado desprevenido ese día.
—Era el día de San Nicolás. Es una buena fecha para dar regalos— puntualizó Yef como si se tratara de lo más obvio, ladeando la cabeza.
—Claro. ¿Qué me dices de ese árbol de navidad extraño de allá? — Apuntó con la barbilla hacia un curioso ramillete de espigas de trigo amarradas con una soga delgada.
—No es un árbol, es el didukh. —No disimuló que el comentario le pareció gracioso, de verdad no esperaba que lo confundiera de esa manera teniendo el verdadero árbol enfrente. —Es para recordar a los ancestros. Este es el árbol. —Señaló con orgullo un improvisado pero bien adornado arbolillo que había armado él mismo.
—¿Ese? —Era evidente que aquel conjunto de ramas secas entrelazadas y decoradas no le parecía muy festivo al escocés —¿Por qué las telarañas? Pensé que sería algún ritual de año nuevo. Ese día lo pusiste, ¿no? — Queriendo hallarle forma semejaba un abeto en miniatura, aunque vestido para Halloween.
—Sí, es tradición poner el árbol de Navidad en año nuevo. —De alguna manera le halagaba que se hubiera percatado de ese detalle después de parecerle tan indiferente a todo lo que hacía, así que continuó explicando con gusto—: Las telarañas son por un cuento, el de una araña que decoró el árbol de una familia pobre y la telaraña se volvió de oro y plata. Se supone que además traen buena suerte, ¿no lo has escuchado?
—No, la verdad no. Aunque algo de suerte no vendría mal, ¿eh? —A Eian no se le escuchaba muy interesado, mas insistía en continuar con la cháchara trivial antes que caer en un silencio incómodo. —Entonces, adornas el árbol en diciembre, pero aun así, ¿celebras navidad hasta hoy, en enero?
—Así es. —No había misterio en ello, simplemente tenía que ver con la diferencia entre el calendario gregoriano y el juliano que era el que regía en Ucrania para esas fechas. Pero no quería aburrirlo con esos detalles ahora, no cuando apenas se había acercado a él, por fin, en son de paz.
—Vaya. ¿Algo más que deba saber sobre tradiciones ucranianas? ¿O rusas, ya que estamos aquí? —De verdad esperaba no tener que volver a emigrar pronto. Aún le pesaba un poco haber tenido que dejar Ucrania, se había encariñado con el lugar. O tal vez, solo extrañaba a una ucraniana en particular.
—Veamos… el 13 de enero se celebra el día de Santa Melania, o Malanka, la víspera de año nuevo —mencionó Yef continuando con su lista mental de fiestas que le parecieron relevantes, contando en el aire con los dedos. —Y el 14 de enero será año nuevo otra vez.
—¿En serio? — expresó Eian un tanto escéptico, no muy entusiasmado de celebrar año nuevo dos veces. Quizá si hubiera sabido que en Malanka era todo más festivo como un carnaval le hubiera interesado un poco más.
—Algo así, es el viejo año nuevo. Aunque es más simbólico se celebra igual. ¡Oh! y el 19 de enero será la fiesta del bautizo de Jesús, se supone que el agua es especial ese día, entre bendita y mágica. Después de eso no hay nada hasta pascua otra vez. —Barrió el aire con los dedos, en un ademán casi como de despedida al visualizar lo lejos que quedaba una fecha de la otra. Y al estarle relatando esos detalles rememoró con agrado las costumbres de la gente de su país: la comida, los cantos, las filas de gente sumergiéndose en agua fría ese día de Yordán. Particularidades demasiado locales para explicárselas todas a un extranjero.
—Ya. Entonces, ¿son muy religiosos en tu familia? —A Eian le llamó la atención que mencionara las celebraciones religiosas con cierta emoción, aunque probablemente era más por las fiestas que por la parte del rito. La respuesta de Yef, sin embargo, lo dejó atónito:
—Pues, mi papá es sacerdote —afirmó sonriendo al recordar a su tata ataviado con su sotana como cosa de todos los días. Oficiando la misa con esa energía que le imprimía a sus sermones, entusiasmado y lleno de vitalidad en contraste con su edad más bien avanzada, mientras Yef lo apoyaba con algunas cosas en la parroquia. Su querida y humilde parroquia, su segundo hogar por tantos años.
—¿Y te parece normal decirlo así, como si nada? —El asombro inicial del pelirrojo cambió a estupefacción total, provocando que alzara la voz más allá de lo amigablemente aceptable. Yef simplemente se encogió de hombros y respondió con la misma naturalidad de antes:
—No es tan poco común, no de donde vengo. —Aunque entendía que quizá no fuera la norma y que el ser sacerdote no cambiaba a su papá en lo más mínimo, el ver a Eian tan exaltado de pronto le resultaba un tanto intimidante, así que intentó cambiar la dirección de la conversación y preguntó—: ¿Qué hay de tí, de tu familia? ¿Celebran esas fiestas también?
—¿Eh? No, no realmente. —La sinceridad de Yef lo noqueó un momento, dejándolo desarmado unos instantes en lo que asimilaba la información, aún incrédulo.
Pronto recuperó el impetuoso tono anterior, sin embargo, continuando con lo que casi parecía un reclamo. —Lo normal, una cena familiar en navidad y otra en hogmanay y ya, nada de una navidad ensandwichada entre dos años nuevos. Menos con un sacerdote como padre de familia, ¿acaso tu mamá es monja o algo?
El ucraniano se empezó a sentir más nervioso con el escrutinio, apenas pudiendo tartamudear una negativa, sin alcanzar a explicar nada más. Cierto que no era algo completamente raro en su pueblo o en los alrededores, pero ser el hijo del sacerdote local claro que lo había puesto ya bajo la lupa antes, no dejaba de ser alguien que resaltaba y no precisamente para ser elogiado.
Para ese punto la oscuridad ya empezaba a reclamar casi todo a su alrededor, haciendo más difícil para Yefim descifrar si el rostro de Eian expresaba meramente sorpresa o si había repulsión en esos ojos azules que le veían con tanta intensidad. Algo a lo que ya se había acostumbrado pero que aún no dejaba de punzarle cada vez.
Lo que sí resaltó a la vista de Eian entre la penumbra fue un punto de luz azul diminuto, un poco más allá de donde la tenue iluminación que se colaba por la ventana alcanzaba a llegar. Agudizando su mirada logró distinguir la silueta de un objeto que le resultó familiar encima del microondas; entonces la luz parpadeó de nuevo y a él no le cabían más dudas de que ya lo había visto antes, cortando de tajo la discusión anterior, pues aquello no debería estar ahí.
—Oye, ¿de dónde sacaste esos audífonos? —señaló el escocés hacia ellos reclamando una respuesta. Yef volteó casi por reflejo, aunque sabía perfectamente a cuáles se refería y se disculpó de inmediato.
—Ah, lo siento. —Apenado al verse descubierto, se levantó de su asiento y los recuperó cabizbajo.
Entendía su molestia, se sentía avergonzado de haberlos tomado sin pedir permiso, un poco mortificado además por no haberlos apagado antes, luego de haber sacrificado el cargador de su celular para poder cargar los audífonos. Ahora seguro los dos aparatos se iban a quedar sin batería por tiempo indefinido.
Presionó un botón para corregir eso y cuando la luz dejó de parpadear se disculpó de nuevo:
—Perdón, estaban en la basura, pensé que ya no los querías. — Aún sin mirarlo a los ojos, extendió ambas manos para regresar los audífonos a su verdadero dueño.
—No, no es eso. —Hizo una señal manual para que se detuviera, aunque terminó recibiéndolos igual, examinándolos con curiosidad más cerca de la luz, comprobando que sí eran los mismos que había desechado antes. —La diadema se había roto, por eso los tiré. ¿Por qué los sacaste de ahí?
Solamente observando más de cerca podía percatarse de que, efectivamente, había una franja de cinta adhesiva negra sobre la diadema, casi como un vendaje, uniendo de nuevo las piezas con firmeza y camuflándose perfectamente con la armazón plástica que antes se hubiera trozado en ese punto
—Bueno, el que estuvieran en la basura no significa que ya no sirvan, ¿no crees? —Yef intentó justificarse de alguna manera, aunque seguía con la cabeza baja y un tanto acongojado. —Todavía se escuchan bien, solo necesitaban un poco de pegamento y cinta.
A Eian le pareció que su compañero se estaba preocupando demasiado por unos simples audífonos, incluso su voz normalmente gruesa y bastante profunda le pareció más débil y tímida ahora, haciéndolo ver más pequeño ahí encogido en su silla a pesar de ser un gigante que le sacaba con facilidad al menos una cabeza.
Y en realidad a él ni siquiera le molestaba que los hubiera tomado, ya se había comprado otros para entonces, con diadema metálica por si las dudas. Era solo que lo había tomado por sorpresa y como de costumbre no tenía una manera más amigable de decirlo. En todo caso, más bien se encontraba maravillado de que hubieran quedado en tan buenas condiciones, pues él también había intentado unirlos con cinta varias veces, pero casi los rompía de nuevo al desesperarse porque siempre quedaban flojos. Con esta reparación, sin embargo, se veían bastante firmes. Bien por él si así le servían, pensó, quizá para la próxima podía acudir a él antes de botar algo.
De pronto recordó que no le había dado un regalo a Yefim por las fiestas ni le había agradecido por su hospitalidad ni una sola vez. Quizá era tarde, pero tal vez podía compensarlo ahora, de alguna manera. —Espera aquí un momento. —Eian encendió el flash de su celular para usarlo como linterna y se dirigió hacia su cuarto.
Yef parpadeó unos instantes, extrañado por el cambio de actitud repentino, esperando como se lo habían ordenado no sin cierta curiosidad. Luego de algunos ruidos de movimiento, de cajones abriendo y cerrando, el pelirrojo regresó con dos cables negros y delgados en su mano.
—Este es el cable auxiliar para que los puedas conectar directamente si se quedan sin batería. Y este es el cargador, me imagino que has tenido que usar otro. Puedes quedarte con ellos también, tómalos como un regalo de navidad. O de cumpleaños adelantado… espera, ¿cuándo cumples años? —dudó de pronto, sintiéndose un poco mal de no saber prácticamente nada sobre Yef después de todo ese tiempo. El ucraniano sonrió tímidamente, anticipando de nuevo que la respuesta le sorprendería.
—El día de San Nicolás, 19 de diciembre. —Efectivamente, la cara de sorpresa no se hizo esperar en el otro.
—¿Es en serio? ¿O me estás trolleando? —A Eian le parecía demasiada coincidencia la fecha, aunque después de lo del papá sacerdote, quizá nada debería sorprenderlo ya.
—Pues… no es que haya nacido ese día, eso no lo sé. Pero es el día en que mi tata me encontró.
—¿Te encontró? ¿Cómo…? —Antes de terminar de formular la pregunta algo le hizo click en su cabeza, haciéndole comprender algo tan obvio como que no se trataban de padre e hijo biológicos. Yefim solo se lo confirmó
—Sí, me encontró cuando aún era un bebé. Cuando era niño me contó que me había encontrado en un campo de hortalizas, entre los repollos. —No pudo evitar reír quedito recordando sus palabras y el bigote cano y poblado que adornaba su sonrisa mientras le contaba aquél cuento con expresiones exageradas, revolviéndole después los cabellos rubios de su cabeza infantil. —Ya después me dijo que alguien había tocado a la puerta de su casa esa noche y que cuando fue a abrir, yo ya estaba ahí. Aún era muy pequeño así que debí nacer en una fecha cercana, pero como no lo sabemos, mi cumpleaños lo celebramos ese día.
Aunque la versión había cambiado, la sonrisa en el rostro de su tata era la misma, quizá un poco más nostálgica luego de pasados varios años. “El mejor regalo que San Nicolás me pudo obsequiar” le había asegurado su robusto y orgulloso padre mientras le abrazaba, apretándole con cariño contra su pecho.
—Ya veo… —Eso tampoco lo esperaba el escocés, quien permaneció meditativo, incómodo por haber sacado aquel tema a colación. Yef sin embargo no se sentía mal por ello en absoluto, ya no. Su papá era el mejor del mundo, así que no quería que el ambiente de por sí en penumbras se tornara más tenso por un detalle como ese y regresó al punto anterior.
—Entonces está bien, mi regalo de Navidad puede ser el mismo que el de cumpleaños. Además me quedan perfecto, ¿ves? —Para probar su punto se bajó la capucha de su sudadera y se quitó el gorro tejido que siempre llevaba puesto, dejando expuesta su cabeza completamente rapada mientras continuaba emocionado—: Aíslan muy bien el sonido y los bajos retumban fenomenal, muchas gracias Eian.
Fue una demostración muy breve, casi enseguida se quitó los audífonos de nuevo para poder seguir conversando con el otro. El pelirrojo lo observó con detenimiento unos instantes, así al descubierto podía apreciar mejor que su cabeza calva tenía una forma particular, ligeramente alargada con un hundimiento en el medio que hacía parecer como si tuviera una abolladura. No solo eso, en conjunto con la tosquedad de sus rasgos y algunas cicatrices que tenía sobre su rostro, ciertamente la primera impresión era que se trataba de alguien temible. O incluso peor, pensó con culpa, alguien deforme, monstruoso.
A diferencia de Yef, él no tenía tanta fe en la humanidad para encontrar otra justificación y lo primero que pensó fue que muy probablemente sus padres biológicos le habían abandonado de bebé por aquella extraña malformidad. Por desgracia lo inundó un sentimiento familiar al hacer esas especulaciones, pues él sabía mejor que nadie que a veces los padres podían tener el corazón muy duro y que compartir la misma sangre no era motivo suficiente para dudar un poco antes de abandonar a un hijo. Más allá de la pobreza, no poder cuidar de un bebé enfermo o cualquier otro pretexto, deslindarse de él no era buscar ayuda ni la esperanza de un futuro mejor para él, era simplemente cortar lazos de tajo y dejar a su suerte al hijo que no tenía ninguna culpa de haber nacido así.
Sintió náuseas de solo pensarlo, pero más asco sintió de sí mismo pues no había sido mejor que ellos en todo caso. Recordó cómo en su primer encuentro Eian lo había atacado sin una verdadera razón, argumentando después que había sido en defensa propia pero lo cierto era que Yef era solo un gigante amigable, demasiado amigable para ser espectro e incapaz de lastimarlo. Aunque técnicamente era un soldado al pertenecer al ejército de Hades, ni siquiera le había tocado pelear pues se había integrado a sus filas después de la guerra santa. Y aun así, luego de todas sus muestras de amabilidad y de que su único pecado había sido heredar la surplice maldita del anterior espectro de Kabikaj, Eian le seguía tratando con frialdad y, reconocía, de manera totalmente injusta.
—Qué bueno que te gusten tus audífonos, pero de verdad no tienes que agradecerme, ni siquiera los envolví. Más bien, soy yo el que está en deuda contigo…
No era que no lo sintiera antes, era solo que no sabía cómo expresarlo. Nunca había sido bueno pidiendo disculpas, menos después de haber metido la pata tantas veces. Yef por fortuna tenía paciencia de santo y nunca le había reclamado nada, aún ahora parecía comprender su conflicto interno y le aseguró con voz despreocupada:
—Está bien, no necesitan una envoltura. Lo que importa es el detalle, no me debes nada.
—No hablo de eso, me dejaste venir a vivir contigo luego de que casi te calcino. Si no es por tu habilidad de regeneración, pues… no sé qué hubiera sido peor, si esa vez o cuando quemé tu casa. En serio, no sé cómo no me has corrido a patadas, yo lo haría. —Eso era lo más sincero que podía ser Eian, cuando salía a relucir su propio autodesprecio y era capaz de admitir sus embarradas en voz alta.
—No te preocupes, ya pasó, ambos estamos bien y nadie más salió herido, así que no queda nada más que lamentar, ¿no crees? —Ya había sobrevivido a un incendio aún más grave, el que casi lo dejaba postrado de no ser por su pacto con la estrella maligna y su conversión a espectro hacía apenas un año atrás. En comparación esta vez no había pasado del susto, así que sonrió genuinamente contento; no tanto por las disculpas recibidas, sino por poder compartir este momento tan cálido y sincero con el pelirrojo. También por poder comprobar de paso lo que él ya presentía: que Eian no era malo, solo arisco, desconfiado. Sus razones tendría para estar constantemente a la defensiva, pero por fin le había permitido acercarse y, metafóricamente, había dejado de enseñarle los colmillos.
El que no estaba tan contento era su estómago, protestando en ese momento por la falta prolongada de alimento. Fue solo hasta entonces que se percató de que había estado demasiado embebido platicando con Eian y no se había dado cuenta en qué momento había aparecido no solo la primera estrella solitaria en el cielo, sino varias que ya le acompañaban en ese momento, brillantes, titilantes en medio del frío de la noche y del azul oscuro del firmamento. Su sonrisa se amplió aún más y casi por reflejo juntó sus manos un instante y exclamó en su lengua natal: “Chrystos rodyvsya!”, imitando la manera en que su tata lo había hecho tantas veces para anunciar el nacimiento simbólico del niño Jesús.
Después miró de nuevo a Eian, quien lo miraba extrañado y a punto de preguntar qué tenía que ver Cristo con su hambre, cuando Yefim adivinando su inquietud quiso ahorrarle las explicaciones para no postergar más la cena: —Significa que ya podemos comer —declaró de manera casi solemne.
Luego de compartir la cena iluminando la estancia con velas de tamaños tan disparejos como ellos dos, contando algunas anécdotas en un tono más alegre y apropiado para celebrar Navidad, la inesperada velada estaba por terminar. A Yef le había sorprendido con agrado descubrir que debajo de la apariencia de metalero rudo de Eian se encontraba un chico que, similar a él, también se había criado en un ambiente rural y conocía muchas cosas sobre animales de granja gracias a sus abuelos. También le había revelado por accidente en algún momento, luego de tomarse varias cervezas ‘para que no se entibiaran’ en el refri apagado, que había sido monaguillo. No solo eso, había cantado en el coro de la iglesia varios años cuando era niño, así que estaba más familiarizado con las cosas eclesiásticas de lo que hubiera querido admitir. Quizá no eran tan diferentes después de todo.
Solo faltaba el postre, medovik, una especie de torta de varias capas con sabor a miel que el ucraniano llevó por último hasta la mesa para degustar. No era precisamente un postre navideño, pero a Yef le gustaba tanto que su tata se lo preparaba cada año igual.
Eian ya estaba muy lleno y declinó el amable ofrecimiento, pero al ver a Yef tan contento al servirse una rebanada, como si fuera lo máximo, de pronto tuvo una idea.
—Espera —le ordenó haciendo un ademán con la mano para que se detuviera y Yefim le obedeció, quedando a milímetros del dulce manjar y probando un bocado imaginario en el aire antes de volver a poner el plato en la mesa, observándolo confundido. Eian buscó a su alrededor rápidamente con la mirada, pero al no encontrar alguna vela menos grande o algo parecido, lo que hizo al final fue chasquear los dedos haciendo aparecer una pequeña flama que parecía flotar encima de su pulgar, acercándola al casi cumpleañero con cuidado de no provocar otro accidente. —Pide un deseo.
El rostro del ucraniano se iluminó con algo más que la luz de la flama al comprender su intención. Entonces, luego de una ligera expresión de asombro que escapó de sus labios, inspiró más aire y sopló para apagar aquella ‘vela’, pues no tardó en elegir su deseo. La llama se tambaleó un momento, aunque fue necesario que el pelirrojo deshiciera su técnica para que pudiera apagarse por completo. —Vaya, eso fue rápido —remarcó Eian más con sorpresa que en tono de reclamo.
—Lo siento, me encanta este pastel, no podía esperar más —contestó después de probar por fin un bocado de uno de sus postres favoritos. —Además ya sabía qué pedir, quiero adoptar un perro. —Su entusiasmo era notorio, la verdad era que había elegido ese departamento por ser uno de los pocos edificios en los que le habían dicho que ese no sería ningún problema y había estado esperando desde entonces por una oportunidad. —No te molestaría, ¿verdad? — preguntó casualmente considerando por primera vez que no era el único inquilino ahí para tomar ese tipo de decisiones.
—¿Un perro? ¿Estás seguro? —espetó omitiendo la parte en la que se suponía que uno no debía decir su deseo para que este se cumpliera. —No lo sé, una mascota necesita muchos cuidados y aquí no es lo mismo que vivir en el campo. Además, ¿quién lo va a cuidar cuando a los dos nos toque el mismo turno?
—Sé que no es lo mismo, pero creo que el espacio es suficiente. También podríamos acomodar nuestros horarios de manera que siempre haya alguien aquí. Al jefe le gustan los perros, ¿no? Creo que entenderá si se lo pedimos.
Se refería a Minos, estaba seguro, pero Eian no tuvo corazón para contradecirlo y aclararle que había entendido mal. Era un chiste interno de la división eso de asociar al juez de Ptolomea con los canes, pero hasta donde él sabía tenía más que ver con compararlo con uno y no con que fuera un amante de los perros.
—Sí, algo así... —De cualquier manera, eso no importaba. Al final el verdadero líder del equipo y quien podría autorizarles algún cambio en su horario era Lune. Y Yef, a diferencia del escocés, aún no figuraba en la lista negra del juez suplente. —Primero consigamos al perro y después nos preocupamos por eso, ¿ok?
—¿Eso es un sí, entonces? —Sus ojos negros se iluminaron esperanzados, casi parecían una pareja que estaba planeando adoptar un bebé.
—Claro, ¿por qué no? —Eian terminó de empinarse otra botella de cerveza mientras jugaba con la idea en su cabeza. Quizá solo fuera el alcohol y se arrepentiría después de haber accedido casi sin reparos, pero en ese momento la perspectiva de tener una mascota en casa le parecía encantadora. —Después de todo son una excelente compañía y hace mucho que no juego con uno que no sea medio fantasma.
El pelirrojo se rió de su propio chiste y se levantó de su asiento. No estaba realmente ebrio, pero sí mareado y con mucho sueño. Volvió a pensar en Inna, su amiga ucraniana, tentado de pronto a visitarla usando alguno de los portales del Inframundo, con el pretexto de desearle feliz navidad. Y pasar la noche con ella… sacudió la cabeza ante lo absurdo de su ocurrencia y mejor se despidió de Yef antes de irse a su cuarto a dormir, prometiendo pagar la cuenta de la luz en la mañana, o lo más pronto posible.
El ucraniano le deseó buenas noches y se quedó despierto un momento más, recogiendo los platos de la mesa y guardando las sobras en refractarios mientras seguía emocionado con la idea de adoptar un perro pronto. No solo era por el deseo de tener una mascota, de verdad quería darle la oportunidad a uno, uno solo siquiera de tantos perros que vagaban por las calles, de tener un hogar ahí. De nuevo, era algo que había aprendido de su tata, a no dejar desprotegidos ni a humanos, ni a animalillos que necesitaran cobijo. Los perros en especial siempre los habían acompañado desde que tenía memoria.
Lanzó una última mirada hacia la calle, asegurándose de que no hubiera alguna alma solitaria allá afuera antes de apagar la vela que había colocado en el marco de la ventana. Esa vela, como le había explicado antes a Eian mientras acomodaban todo para la cena, no era tanto para iluminar el interior, era más una invitación visible para quienes no tuvieran una familia con quién celebrar, como un símbolo de que eran bienvenidos a quedarse si querían. Quizá tampoco tenía tanto que ofrecer, pero un techo es un techo y donde comen dos, comen tres, es lo que diría su buen tata.
Estaba todo tranquilo así que adormilado apagó la vela, como había hecho tantas veces en la parroquia, mientras se remontaba a su vida de antes del incendio que había consumido el lugar y le había orillado a convertirse en espectro. Su silueta se perdió en la oscuridad y los ladridos que escuchaba en la lejanía entre sus memorias se fundían con el eco de otro escenario nocturno, de un invierno lejano que hacía 18 años lo había visto llegar al mundo…
“¿Qué pasa, Natta? ¿Qué tienes?” La enorme, aunque usualmente dócil perrita lanuda color blanco se encontraba inquieta, ladrando y gimiendo hasta que tuvo la atención del sacerdote, quien extrañado por su comportamiento la siguió hasta unos pasos más adelante donde ella se detuvo a olfatear algo en el suelo. Ya era muy noche y aunque la luna iluminaba lo suficiente, no logró distinguir con nitidez qué era hasta que estuvo más cerca, junto a la pastora que seguía olisqueando con insistencia y tirando de un pedazo de tela con su hocico haciendo sonidos agudos.
El padre Simon, solo entonces, se percató de que se asomaban una mano y un bracito diminutos de entre la cobija y se apresuró asustado a examinar el bultito, desenvolviéndolo y comprobando que adentro se encontraba un nenito que no lloraba. Apenas y se movía, pero sí respiraba y en cuanto lo tuvo cerca de su pecho, acunado entre sus brazos fuertes como los de un leñador, pareció acurrucarse buscando calor.
Conmovido le arropó con cuidado lo más que pudo y mientras le protegía del frío, embargado por una ternura infinita que prevalecía entre los demás sentimientos y preguntas que se agolpaban en su interior, lo primero que se le ocurrió fue compartir su sorpresa y su emoción con la mascota que le acompañaba, la cual se veía mucho más calmada ahora:
“¿Alguna vez te has dejado crecer barba? Pero no esa de tres días por no alcanzar a afeitarte, sino una abundante” Preguntó Ottar, varios minutos después de estar sintiendo las suaves caricias de Ilya en su barba. Ilya había trasladado su mano y atenciones ahí, luego de haber acariciado su pecho. Seguramente ya había grabado bien la sensación suave de esos vellitos en sus yemas, y había querido aventurarse a buscar otra textura. Su expresión era serena, entregada, casi como hipnotizada, hasta el momento en el que Ottar habló. Él no tardó mucho en contestar.
“No, la verdad no. No creo que me quede, y definitivamente no me vería tan bien como tú…” Y tras una pausa, continuó con una palabra que no había surgido entre ellos antes.
“Mishka”
“Mishka…” Repitió su pareja, con un tono pensativo. Dejó pasar unos segundos y complementó -aunque más bien era a modo de pregunta- con la única cosa que se le vino a la mente.
“…¿Mushka Mickey Mouse?”.
Ilya sonrió divertido por su reacción.
“Nyet, ratón no, Mishka…” Le respondió, mientras seguía jugando con su cabello entre sus dedos cariñosamente. Entonces, se acercó a su oído como para confiarle un secreto, el significado de aquella palabra misteriosa.
“Osito”
Ottar abrió más sus ojos y no pudo evitar reflejar sorpresa. Definitivamente no esperaba ese significado. La sorpresa inicial dio paso rápidamente a una sensación de calor en su pecho, que bañó todo su ser. ¿Así que así es como su novio le veía? solo por querer seguir escuchando esa encantadora voz, haría el papel de confundido. No era un gran actor, porque la sonrisa en su rostro difícilmente pudo esconderla.
“¿Osito?… ¿Quién, yo?”
Ilya rió melodiosamente por la ternura que le causaba esa situación. Un hombre tan grandote e imponente como su pareja, sonando así de curioso, y a la vez dulce y despreocupado.
“Pues sí, ¿Quién más? solo mírate… alto, fuerte… aunque no das miedo. Eres más como un oso de peluche grandote” Y remató sus conclusiones con un beso en su mejilla. Los segundos pasaban y su expresión risueña no desaparecía. Al hombre más fornido entre ambos le encantaba eso. Ottar rió por la comparación, y la lectura que Ilya hacía de sus características. El beso en su mejilla le sacó una expresión de felicidad casi infantil.
“Ah, así que no doy miedo… Rayos, yo pensé que te tenía aterrado. Fallé entonces…” Disfrutó del privilegio de ser testigo de esa sonrisa un instante más antes de capturarla con sus labios, en un ósculo parsimonioso, perfectamente correspondido por su compañero. Se dieron otros tantos, embobados, hasta que Ottar liberó sus labios para poder seguir con esa interesante conversación que comparaba su persona con un peluche.
“Entonces, deberías ser la envidia de los niños. Tienes uno de esos osos de feria solo para ti. Podríamos decir que así nos conocimos. Que me ganaste en una feria por una simple moneda”
Ilya por su parte seguía riendo, divertido con las ocurrencias del mas grande, mientras perpetuaba las caricias, cerca del mentón.
“Es el mejor premio, sin dudas”.
Su barbudo acompañante tomó su mano y depositó un casto beso sobre sus dedos, gesto que hizo sonreír halagado a su novio. Luego, alzó su vista intentando recrear una expresión más seria.
“Sabes, este oso tiene una queja contra su dueño…” Contempló cómo el otro levantaba sus cejas y le miraba con curiosidad. Tomó una pausa para favorecer la intriga y prosiguió.
“No me ha apretado lo suficiente como dice en la descripción del producto. Tengo palabras programadas y no me han apretado lo suficiente como para decirlas”
La risa brotó naturalmente del hombre interpelado, y respondió con agilidad, siguiendo el juego.
“¿Ah sí? pues mi queja es que no traía instructivo, entonces”
“Ah, no sé, seguro se quedó en la feria” Devolvió el, en ese instante, oso de peluche parlante.
“¿Qué pasa si lo aprieto aquí, por ejemplo?” Divertido, buscó la mano izquierda de Ottar y la apretó. Inmediatamente, Ottar puso una cara exageradamente sonriente con una mirada hacia la nada, tal como un juguete, y habló con una voz muy aguda.
“Cerca, pero lejos, ¡sigue buscando!”
En su mente, quería que Ilya le diera un abrazo firme. Prácticamente no tuvo que esperar, pues su pareja le abrazó bien apretado, mientras reía con fuerza por la expresión que él había hecho. Estaba realmente divertido y guiado por la hilaridad del momento, no podía contener ni su risa ni sus muestras de afecto.
“Ay, Ottar” dijo alegre, estrechándole contra sí.
Satisfecho por tenerle justo donde quería -o mas bien, satisfecho por estar justo donde quería- risueño y sin ninguna preocupación, Ottar pasó a envolverle en sus brazos también, y con una voz más aguda aún, extremadamente contraria a su voz naturalmente grave, comenzó a repetir la frase de millones de peluches en el mundo.
“¡Te amo! ¡Te amo! ¡Te amo!”
Y entonces, ya no pudo evitar su propia risa, y querer disfrutar también de esa unión desbordante de energía y calidez. Su corazón latía lleno de dicha.
The real writer experience is standing in the shower and coming up with the most authentic dialogue with perfect phrasing and raw emotion in your head, then stepping out and drying your hair, putting on some clean pajamas and opening a word document to write down all your perfect ideas only to realize everything has evaporated.
Are you kidding, shower crayons are the BEST when you share a bathroom with other people. When I was in college, we had them and we would use them to carry on philosophical debates, finish song lyrics, get life/writing advice, etc. It was so much fun and I miss it.
Going back into the shower (you don’t need to turn it on) can be enough to retrieve the memory
Our brains refresh every time we go through a doorway. It packs away the data from the room we left so it can load up the floor plan of the room we’re going into. If you go back to the room where you had the thought your brain will often unpack the memory when it’s loading up the floor plan