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Foto Color - 5401C ... | uwhe-arts
Los 5.000 frascos de esta fotografía no contienen el éxito. Contienen todo lo que un equipo tuvo que aprender antes de alcanzarlo.
La imagen fue tomada en 1963 por el fotógrafo científico Fritz Goro. En primer plano aparece Howard G. Rogers, uno de los investigadores más importantes de Polaroid, acompañado por varios de sus colegas.
Frente a ellos se encuentran aproximadamente 5.000 frascos con compuestos químicos creados y probados durante el desarrollo de la fotografía instantánea en color.
No se trataba de una colección decorativa.
Cada frasco representaba una nueva molécula, una combinación distinta, una reacción que debía ser observada y, en muchos casos, descartada antes de intentar otra.
Polaroid ya había conseguido comercializar la fotografía instantánea en 1948. Sin embargo, aquellas primeras imágenes eran de color sepia y posteriormente en blanco y negro.
Obtener una fotografía en color era un desafío completamente diferente.
Una imagen debía registrar por separado la información correspondiente a varios colores, transferirla desde el negativo hasta el papel y detener todas las reacciones químicas en el momento exacto.
Si un color se movía demasiado rápido, la imagen quedaba desequilibrada.
Si otro reaccionaba demasiado tarde, desaparecían detalles.
Si la química seguía actuando después del revelado, la fotografía podía deteriorarse poco después de aparecer.
Todo debía ocurrir dentro de una película lo bastante pequeña para entrar en una cámara y funcionar tanto en el frío como en el calor, después de permanecer almacenada durante meses.
La búsqueda ocupó aproximadamente quince años.
Howard Rogers propuso una idea que cambió el proyecto: crear unas moléculas llamadas “reveladores de color”, capaces de cumplir simultáneamente dos funciones que antes requerían sustancias separadas.
Estas moléculas debían ayudar a revelar la imagen y, al mismo tiempo, transportar los tintes cian, magenta y amarillo que formarían la fotografía final.
La idea parecía sencilla cuando se explicaba con palabras.
Convertirla en una sustancia estable, segura y suficientemente precisa exigió probar miles de compuestos.
Por eso están allí aquellos frascos.
Algunos produjeron colores débiles. Otros no se desplazaron correctamente entre las capas de la película. Algunos funcionaban en el laboratorio, pero fallaban al cambiar la temperatura. Otros creaban una buena imagen que comenzaba a deteriorarse poco después.
La fórmula definitiva no surgió de un único momento de inspiración.
Apareció después de miles de intentos acumulados.
En 1963, Polaroid presentó finalmente Polacolor.
Después de tomar la fotografía, el usuario extraía la película de la cámara. Unos rodillos rompían una pequeña cápsula y distribuían un reactivo químico entre el negativo y la hoja que recibiría la imagen.
Durante aproximadamente un minuto, los colores atravesaban las diferentes capas hasta formar la fotografía.
Luego había que separar las dos hojas para revelar el resultado.
La imagen en color aparecía sin necesidad de llevar el rollo a un laboratorio, esperar varios días o depender de un técnico que realizara el revelado.
Todavía no era la fotografía Polaroid que se veía surgir lentamente a plena luz. Esa experiencia llegaría en 1972 con el sistema integral SX-70, en el que todas las capas permanecían unidas mientras la imagen aparecía frente al fotógrafo.
Pero Polacolor ya había transformado algo que parecía imposible en una experiencia cotidiana.
Una familia podía tomar una fotografía y sostener su imagen en color poco más de un minuto después.
La fotografía de Rogers y sus compañeros suele presentarse como el retrato de un gran descubrimiento.
En realidad, muestra algo más profundo.
Detrás de una innovación que el público utilizaba en segundos existían quince años de trabajo, miles de sustancias, incontables pruebas y un equipo dispuesto a seguir buscando después de cada resultado imperfecto.
Aquellos 5.000 frascos no eran simplemente materiales de laboratorio.
Eran 5.000 preguntas químicas colocadas sobre una mesa.
Y en algún lugar entre todas ellas se encontraba la combinación que permitió conservar un instante en color antes de que aquel instante terminara de desaparecer.
Mil años, inmutable. Viendo el mundo girar. Tronco, poema vivo. Tiempo, su escultor. Anillos, sabios susurros. Sabiduría ancestral. El árbol, nuestro mentor.
© Jo Stephe
✍🏻 Nazareth
Pocas veces nos vemos
tu y yo
cara a cara.
Tu brillo es demasiado intenso
nadie aguanta tu mirada.
Pero hoy...
un suave velo de niebla
te cubre
y sin que te des cuenta
tu presencia hipnótica me encadena a ti
con calma serena
en medio de la tarde gélida.