CABAÑA 20 – INTERIOR
Empujó la puerta con la cadera, arrastrando tras ella una pequeña maleta con ruedas que no hacía más ruido que el crujido leve de las ramas secas bajo el porche. El sol de media tarde entraba sesgado por las ventanas abiertas, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire con una calma engañosa. La cabaña olía a madera, lavanda y algo que no era suyo, pero que empezaría a serlo durante los próximos cinco días. Dejó las llaves sobre la repisa y el bolso en la silla más cercana. Llevaba una camiseta blanca sin mangas, ligeramente suelta, que dejaba entrever la piel marcada de su costado —cortes finos, recientes, de esos que no piden explicaciones pero sí miradas. La falda de lino beige apenas rozaba sus muslos, y las sandalias aún tenían algo de polvo seco del sendero que la había traído hasta ahí. No esperaba encontrarlo tan pronto. O tal vez sí, pero no de esa forma: el ambiente ya cargado, los silencios demasiado visibles, las palabras todavía guardadas entre los pliegues de lo que no habían dicho antes de que él terminara —temporalmente— en una celda. Lo había sacado de ahí. Sin drama. Sin discursos. Porque había cosas que se hacían sin pensar. Y él era una de ellas. Su mirada recorrió el espacio: dos sillones enfrentados, una cocina abierta con café frío en la prensa, una botella de agua a medio tomar en la mesa. Dos dormitorios. Fantástico. Se acercó a la ventana y la abrió de par en par, dejando que el aire cálido de abril barriera lo que fuera que se hubiera estancado desde la última vez que alguien habitó ese lugar. "bonito el escondite" murmuró por lo bajo, más para sí que como comentario real. No era sarcasmo. En realidad, le gustaba. Ese silencio no era como el de la mansión familiar, cargado de juicios y expectativas. Era un silencio más honesto. Un espacio donde se podía ser otra versión de sí misma. O simplemente ser. Sintió el peso de una mirada antes de girarse. No completamente. Solo lo justo para dejar que el cabello rubio cayera por un lado y expusiera su cuello, su hombro, parte de esa cicatriz mal curada que no pensaba tapar. No con él ahí. Tenía mil preguntas —algunas que no eran suyas pero en vez de hablar, se apoyó contra el marco de la ventana y alzó una ceja, como si no fuera la primera vez que compartían techo. Como si eso fuera natural. Como si no sintiera que el aire en la cabaña acababa de cambiar por completo. Su tono fue ligero cuando rompió el silencio: "¿hay reglas para usar la ducha primero o solo sobrevive el más rápido?" porque si iban a jugar a fingir, al menos que el juego tuviera buenas líneas. @atesbrn (1/2)











