Fui yo el que puso la primera piedra del altar donde te tenia, el que encendió las velas, el que creyó por milagros tus vilezas. Fabriqué un imperio amurallado para resguardar lo nuestro sin darme cuenta de que yo mismo quedaba al descubierto, indefenso a tus simulaciones que tomaba por realidad. Esa misma piedra, con la que tropecé mil veces, que cayó sobre mi tonta ilusión, burlándose, desintegrándola, porque las dudas no me fueron advertencia, porque creí en eso de ceder y mejor no preguntar. Esa piedra, que pesaba en culpas, remordimientos, reproches y despecho, tomé con mis manos y lancé contra el cristal de tu desidia, y detrás de todo aquello, no había más que miseria y los espectros de tus miedos deambulando buscando refugio.
Mi Álter Ego.














