Adriana se encontraba cada día más perdida. Había conseguido terminar su carrera universitaria en tiempo y con buenas cualificaciones, pero a pesar de ello no conseguía encontrar un trabajo relacionado con esta. Desde el primer día apostó por estudiar aquello que adoraba, Artes Escénicas, oponiéndose a la opinión de sus padres, quienes se enfadaron y rompieron toda relación con ella tras conocer su decisión. A pesar de ello la morena luchó por sus sueños, trabajando a tiempo parcial para poder costearse los gastos relativos a sus estudios y a su pequeño apartamento. Era realmente duro para ella, sin embargo consiguió ser la alumna con mejores notas de su promoción, lo cual le alegró infinitamente, brindándole una gran esperanza. Esperanza que meses después se esfumaría, pues lo único que conseguía era pequeños papeles en anuncios o como figurante en películas poco reconocidas. La muchacha ya no sabía qué hacer, ni a quién acudir. Su familia la repudiaba por haber decidido centrarse en sus estudios, y por el mismo motivo nunca consiguió hacer muchas amistades tras dejar su ciudad. Por su mente aparecía una y otra vez la idea de volver a hablar con aquel muchacho que ella en su día había considerado su alma gemela; pero el miedo a ser rechazada o no recordada siempre la paraba. Temía que él no tuviese un recuerdo tan dulce de ella como ella tenía de él, o que simplemente ya no quisiese saber nada de ella. Pasaba el tiempo y aquello no abandonaba sus pensamientos, por lo que finalmente intentó reunir el coraje suficiente para volver a verle, aunque solo fuese una vez. Tomó las llaves y salió con decisión de su apartamento, dirigiéndose a la última dirección que tenía del muchacho. Al llegar llamó a la puerta, aún sin saber muy bien qué le diría cuando este abriese, sintiendo como su corazón iba a estallar.