.../.. por todas partes la burla de una paga ruin... / y los ricos perezosos que reclaman el trigo sin cesar. ../...
Canto a mí mismo. Walt Whitman
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Canto a mí mismo. Walt Whitman
Me compré las botas de agua por si subía la marea. Y subió pero no me las puse por pereza. Y acerté. Cuando llegué a la plaza de san Marcos, solo quedaban algunos charcos en los que chapoteaban los niños. Las personas eran como notas en una pauta musical. (Quiero imaginar que de Vivaldi).
El Gran Payaso es un ser infantiloide y regresivo. Papanatas, faltón, bocazas y cobardica. Se atreve solo con los que no le pueden soltar un guantazo. Y alardea de lo que no tiene: virilidad (en el mejor sentido de la palabra). Por eso es muy peligroso. Fundamentalmente es un resentido. Sabe que le queda poco (ya está medio podrido). Seguro que quiere dejar su rastro indeleble de babas dando vueltas por el mundo.
En cada momento de nuestra vida se superponen múltiples capas de significados. Lo físico, lo sensorial, lo imaginario, lo proyectivo, lo moral, lo educacional, la económico, lo político, lo histórico, lo mitológico... No pretendo agotar todos los niveles. Solo expresar la muy compleja trama que forman. Por eso querer reducir nuestra experiencia a lemas, consignas, verdades de perogrullo es zafio. Insoportablemente garrulo. Aunque se lleva mucho.
Paré a comer en una taberna que se llama I quaranta ladroni. Una especie de cueva en la que solo se despacha pescado y marisco. Muy bueno. El dueño, que cumple a la perfección con el arquetipo de cocinero italiano —grande, gordo, con bigotito— hablaba sin parar, y con volumen para que todo el mundo escuchara. Yo no entendía nada pero a veces me miraba como buscando complicidad. Cuando terminé el branzino a la plancha, pregunte tímido con frase aprendida: E de dessert? Me observó un instante reflexivo y punteando el aire con el índice respondió cantarín: De dessert? Il miglior sorbetto di Venezia! ¡Hace!
Transitar entre esto y aquello. Cuando lo profundo aflora o lo cotidiano se sumerge.
La filosofía del flâneur —la del paseante— es en cierto modo contestaria. Y lo es desde Baudelaire. Que utilizaba la divagación por la ciudad como catalizador de la mental. Era un acto de rebeldía frente a la productividad pacata. Contra el hecho del "ir a alguna parte", del rumbo fijo, de la programación mecánica. El que divaga o vaga es imprevisible, incontrolable, inmanipulable. Y eso al Poder no le agrada. Claro.
Lo malo no es lo que pasa, lo malo es que se sepa. Virtudes públicas, vicios privados. Haz lo que digo, no lo que hago. Este tipo de máximas y principios amorales son los que en realidad hacen funcionar nuestro mundo desde la invención del arado. Funcionar de una determinada manera, quiero decir. Seguro que hay otras. Pero no se han puesto a prueba. Todavía.