Tres poemas de Analía Giordanino
en: Terrícola, 2015
Invasiones
Brotes explotan hacia fuera
rítmicos bárbaros germinales
en pulsión hacia este mediterráneo.
Qué importa nada otra cosa
si el mínimo espacio
entre yema y estambre
romperá pronto envoltura
y hordas vendrán.
Tal vez este pulso tal vez no
será imperio.
Yo lo contemplo ahora
nada más porque sí
recayendo
en el temblor del tallo y su bullicio
que es una forma plácida de recaer
en la nervadura abierta del mundo.
***
Nave agrícola pasa
Si miro el horizonte hay una canción ahí.
Las casas me guiñan el ojo
a un ritmo entumecido pero constante.
En un momento aparece:
una melodía de cuerdas de nylon
y una gran nave se desplaza,
como comiéndose el recreo del cielo.
Después veo humo,
restos de maquinarias,
campos en concilio.
No hay tranquera que apuntale:
se desplaza una nodriza.
Adentro de las casas la gente se duplica.
Cada tanto un montecito que da gusto.
Pero insiste una cerrazón de árboles
(concilian, concilian).
Los pinos saben qué es lo que pasa.
Cargan y apuntan.
Están llenos de lechuzas agrupadas.
De repente el campo no dice nada.
Es arena movediza.
Inútil mirar al cielo con ansia,
no hay nada, no hay nada.
Las estaciones de servicio y las parrillas
son actrices internadas por drogas,
ahora limpias e intactas.
Las luces del horizonte
siguen ahí en su polirritmia.
Y basta, ya está.
No está más la nodriza.
He arribado.
***
Cordillera
La cordillera es una chica recostada.
Tiene las caderas rotuladas de estrías.
Tanto sol está flechada, agotada,
como si hubiera parido.
Parece un animal roto.
O una parte de ese animal,
por ejemplo su cresta.
Una cumbre chupa nubes hacia su centro.
Toda la gente
que viaja en el micro
no habla.
Ya está pronta la frontera,
habrá que bajarse, hacer los trámites.
Al volver retomaremos silencio.
Abro más esta montaña
y se hace más silenciosa.
Misma mole que elefantes.
Misma gravedad que roca dura.
Entro a su cauce y pruebo bocado.
Me adormeceré así,
con su piedra dulce en mi boca.










