En muchas culturas, el pino y su fruto lo consideran sagrado, porque el árbol es perenne, siempre verde, nunca muere y la piña es su fruto misterioso que encierra la geometría divina y la semilla del futuro. Representan fuerza vital, inmortalidad y misterio.
En Grecia, Dionisio lo toma como emblema de la vida que se regenera a través del éxtasis, la naturaleza y la fertilidad.
En Roma, Attis, amante de la diosa Cibeles, muere bajo un pino y es transformado en este árbol como símbolo de resurrección.
En el cristianismo, la piña se mantiene como símbolo de la glándula pineal, es decir, la luz interior. En el patio del Vaticano tienen el Cortile della Pigna, una escultura de bronce de más de 3 metros de altura en forma de piña. Fue realizada en el siglo I–II d.C. y originalmente estaba en las Termas de Agripa en Roma. Luego se trasladó al Vaticano.
Es un ejemplo de cómo un símbolo pagano (griego/romano) fue absorbido y transformado, pero manteniendo ese poder simbólico.
Es semilla, es geometría cósmica = geometría sagrada ya que sus escamas están dispuestas en espirales siguiendo la secuencia de Fibonacci y la proporción áurea, lo que la conecta con la matemática pitagórica y la armonía universal. Es abundancia natural, de algo pequeño puede nacer un bosque entero, una piña contiene cientos de semillas. Es glándula pineal despierta, de hecho, recibe su nombre por ella. Por eso, en arte sagrado, la piña aparece como símbolo de iluminación, despertar interior y visión espiritual.
Y yo, como guardiana de esta sabiduría natural, mostrando que lo sagrado no siempre está en templos de piedra, sino en el bosque y en la palma de mi mano.






