Yo estoy más cerca de la orilla toma mi mano donde tus ojos estan están los míos encontraremos la entrada -¿o la salida?- lejos de lo que el mundo mira más allá lejos de los pétalos esparcidos por los sueños.
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Yo estoy más cerca de la orilla toma mi mano donde tus ojos estan están los míos encontraremos la entrada -¿o la salida?- lejos de lo que el mundo mira más allá lejos de los pétalos esparcidos por los sueños.
Y di volvieras yo cambiaría el viento las tormentas el gruñido del polvo.
Y di volvieras ahora yo intentaría detener el cause de los ríos.
IX
Entre tus arterias llevas el agua del tiempo florece dentro de ti su idioma.
Mira de tu edad su ampliación, los días se mueven sobre el río.
Atraviesan voces de la eternidad que nombran la corriente, su sonido toca, los árboles del agua, pero no entran, nada subleva contra la instauración de la fragilidad.
Crecerá. Se expandirá en tus manos, en tu cuerpo, dejara sus murmullos, sobre cada instante, sobre su epidermis, marchitara tus párpados.
Esto es el tiempo, accidente de borde, oscuridad en la mente, agua desterrada, corriente de río sin márgenes.
-hilos invisibles y vencidos- eso es lo sucedido...que sucede lo que sucederá...es un lugar deshabitado y no importa si moras allí, lo dejarás porque la única materia que lo forma es la ausencia...sus muros en el abismo no pronun Iado de nuestro cuerpo...y nos habita...nos habita...nos habita...nos habita inevitablemente -es oxígeno en los pulmones- ferozmente nos habita
Sin ninguna opción.
No tengas miedo...ningún deseo del cause apagará del fuego de tus deseos.
Tus manos no dejarán caer -aumque quieran- las aguas.
Avanzará dentro de ti...hasta más allá de río.
IX
Tus cicatrices quedaron en la irá de los árboles. Muy dentro. En la memoria de la esperanza construí atajos hacía la claridad. No temo las pérdidas a mitad del bosque. No tengo miedo. No me asustan los insectos que anidan en los árboles secos de la soledad. Benditas las plagas. Bendito el dolor que retumba en el torbellino de los años. Bendito el perdón que con sus hijos amantes hacen menguar las heridas. Bendito el amor y su voz redentora que anidan en el abismo de la luz. Retumba ardiente. Todo lo que tengo es s está confusión de párpados desechos. Este vivir dentro del nacimiento de la muerte. Es su silueta iluminada. Tengo hambre. Comeré los huesos de los cadáveres del alba. Comeré el latir de los ripios solares de la salvación. Ni la extinción me asusta. Ah. Solo temo que mi vida sea el laberinto terrible de este bosque, y no la pureza blanda del amanecer.
VII
Cómo seré cuando regreses. Cómo el mundo, el país, el camino, la casa. Ese hablar de labios fatigados. Ese regresar de viento agonizante. Cómo serán los hechos que digan. Yo soy. Yo fui. Yo seré. El mundo es ausencia y silencio trasformado. A la vez habla de la espuma oscura que escurre por sus bordes. Nada fue lo que pensaba mi piel con el frío de la búsqueda. Porque este bosque donde he vivido ha sido arrasado en otras estaciones. Otra inviernos han hecho desvanecer la claridad. La noche que todo lo perturba también hizo su parte. Pero eso no es para que en esta paciencia animal que he sido formado. No es para rugirle a la hierba que quebró estos espejos salvajes. No es para ello, y nada quedará de este bosque si no encuentra sus habitantes únicos. No, si no lo descubre en la madrugada su luz más perdurable.
Le pregunté a mi padre cuando caminábamos
–¿Qué es la vida?
Iba con una rama
golpeaba el pastizal abriendo camino
yo iba tras él
observaba cómo el mundo se abría ante mi vista.
No es lo que uno quiere –me dijo
y seguimos avanzando.
GUILLERMO CLEMENTE