Pese a que España se encuentra plagada de ogros, algunos han logrado llegar a nuestros días con mayor fortuna que otros. Son muchos los monstruos documentados sobre los que se recogen cientos de historias y datos, pero también los hay que han corrido peor suerte y lo que conocemos de ellos se reduce a unas pocas descripciones escuetas. Es el caso de la Gurrumella, un asutachicos cántabro del que sabemos poco… aunque resulta igualmente terrorífico.
Se trataría de una criatura similar a la mezcla entre mujer y murciélago, alada, vieja, arrugada y horrible. Poseía unos ojos enormes y muchísimos dientes, hasta 5000 según algunas versiones. Contaban que esta Gurrumella se colaba en los hogares a través de chimeneas y ventanucos para llevarse a los niños por los aires y devorarlos. O que, directamente, hacía suyos los desvanes de las casas y dormitaba en ellos (costumbre que nos recuerda a la Paparresolla, monstruo con un nombre algo similar y también presente en Cantabria). Las madres y padres cántabros amenazaban a sus hijos diciendo que, si armaban jaleo por la noche en lugar de irse a la cama, despertarían a la Gurrumella y esta, como venganza, se los llevaría para comérselos. Algo comprensible: un mal despertar lo tiene cualquiera.
Seguramente la Gurrumella tenga relación o sea la misma criatura que otro ser del que se hablaba en la comarca de Liébana, la Gurrumpella, una entidad monstruosa que devoraba a las vacas y los cabritos.
Poco más sabemos acerca de este espanto alado, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos…