Clases de Seducción II, parte 14: Esperanza
Temporada 1
Temporada 2: Parte 1, Parte 2, Parte 3, Parte 4, Parte 5, Parte 6, Parte 7, Parte 8, Parte 9, Parte 10, Parte 11, Parte 12, Parte 13
Sebastian respiraba entrecortadamente por la adrenalina de presenciar un accidente vehicular, y por tener la posibilidad de ayudar a la persona involucrada, pudiendo incluso llegar a salvarle la vida.
Acababa de ayudar a sacar al hombre del vehículo, junto a Javier, cuando escucharon que una ambulancia se acercaba con las sirenas a todo volumen.
—Ahí viene la ayuda —le dijo Sebastian al hombre accidentado, que tenía alrededor de unos cincuenta años, y en la frente tenía una herida profusa que no paraba de sangrar.
Javier le había roto la manga de la polera al hombre y se la puso en la frente a modo de compresa.
Sebastian se puso de pie y le hizo señas a la ambulancia para que se detuviera.
—¡Quítate niño! —le gritó el conductor de la ambulancia—, ¡Vamos a una emergencia!
—Esto es una emergencia, ¿no lo ven? —le respondió Sebastian, molesto, mostrándoles el vehículo volcado.
El conductor de la ambulancia con el paramédico que iba sentado a su lado intercambiaron una mirada cómplice, comunicándose sin decir palabra, y al cabo de un par de segundos, el copiloto tomó el micrófono de la radio de comunicaciones para decir algo que Sebastian no pudo oír, y luego bajó de la ambulancia con un gran bolso.
—Necesito que me diga cuántos dedos ve —le dijo el paramédico al hombre accidentado, iniciando su evaluación de inmediato.
Javier se acercó a Sebastian, que miraba de brazos cruzados la atención de primeros auxilios.
—Íbamos a otro volcamiento —comentó el conductor de la ambulancia, acercándose a los muchachos.
—¿En serio? —exclamó Javier sorprendido—. No es una ciudad muy segura parece.
El conductor soltó una risita.
—Son relativamente comunes los choques —comentó—. Por lo general tenemos al menos uno al día. Pero casi nunca se vuelcan. Y mucho menos dos en la misma noche.
—¿Qué pasará con el otro volcamiento? —quiso saber Sebastian, sintiendo algo de culpa al pensar que quizás alguien más no estaba recibiendo la atención oportuna que necesitaba.
—Hablamos por radio que nos encontramos con otro volcamiento —respondió el conductor—. De seguro ya va saliendo una ambulancia para allá.
—Espero no sea nada grave —murmuró Sebastian.
Al rato el paramédico les pidió ayuda a Sebastian y Javier para subir a la ambulancia al hombre, que ahora tenía un vendaje más pulcro en la frente y llevaba un cuello ortopédico.
—El caballero está bien —les explicó el paramédico—. Lo llevaremos a urgencias para realizarle exámenes y descartar algún tipo de lesión mayor. Me contó todo lo que hicieron y estuvieron muy bien.
El paramédico les dio unas palmadas en los hombros a modo de agradecimiento, y luego se subió a la parte trasera de la ambulancia, junto al paciente, y sin mayores despedidas, la ambulancia partió de regreso al Hospital con las balizas y las sirenas encendidas.
—No me contesta —les informó Felipe a Catalina y Marco.
Los tres mantenían una actitud de tensa calma.
—¿Qué pasó?, ¿por qué se fue? —le preguntó Catalina a Felipe, sonando algo molesta.
—Nada, solo… discutimos —respondió Felipe, intentando bajarle el perfil.
—¿Discutiste con él en su cumpleaños? —Catalina no podía creer la desfachatez del pololo de su mejor amigo.
—Cata, creo que no es momento de ponernos a pelear —le dijo Marco, intentando tranquilizarla.
—No estoy peleando —se justificó ella, dando un suspiro.
—De seguro está bien, simplemente no me contesta porque es lo que siempre hace —comentó Felipe, con tono tranquilo intentando convencerse que esa era la realidad, para no pensar en algo peor.
—A mi siempre me contesta, y ahora no lo hace. Además ni siquiera es experto en el manejo —Catalina se puso en el peor de los casos, visiblemente más nerviosa a cada segundo que pasaba.
—Bueno, con mayor razón, quizás como está recién aprendiendo a manejar se fue lentito, y no quiere contestar el teléfono para no desconcentrarse —sugirió Marco, para tranquilizar a Catalina.
—Ustedes quédense aquí, que yo iré a buscarlo a su casa —decidió finalmente Felipe.
No quería seguir ahí, bajo la mirada inquisidora de Catalina, la fiel amiga de Rubén.
Felipe se fue caminando hasta el paradero, intentando decidir si era buena idea ir primero a la casa de Roberto a pedirle el jeep para movilizarse con mayor rapidez, o si era mejor ir directo hasta la casa de Rubén en locomoción pública.
Finalmente se decidió por la segunda opción, lo que le dio mucho tiempo para pensar en lo que había sucedido, y lo herido emocionalmente que se veía Rubén después de haberle contado todo lo que le dijo. Él igual estaba dolido, sufriendo por la situación de su padre, pero sabía que eso no era excusa para hacer sufrir también a Rubén.
—¿Cuál es tu casa? —le preguntó Javier a Sebastian mientras caminaban por el barrio donde vivía.
—Está más allá —le señaló Sebastian con el mentón.
Estaban llegando a la población por la parte más cercana a la casa de Rubén, así que no verían la casa de Sebastian. Al menos ese no era el objetivo de su visita.
—¿Ya pensaste qué le vas a decir? —le preguntó Javier, impaciente.
Sebastian dio un suspiro lleno de ansiedad.
—Supongo que me lanzaré a besarlo apenas lo vea —respondió, entusiasmado.
—¿Y si está ese tal Felipe ahí con él? —inquirió Javier.
—No me importa —Sebastian se sintió envalentonado al decirlo.
De verdad iba con esa intención, de demostrarle a Rubén la realidad de sus sentimientos y no dejaría que ningún temor lo detuviera, nunca más.
Al pararse fuera de la casa de Rubén, Sebastian se detuvo unos segundos, como reuniendo todas las fuerzas que tenía en su cuerpo para siquiera tocar la puerta.
Solamente se dio cuenta lo mucho que estaba demorando cuando, sin decir una palabra, Javier apoyo la mano en su hombro, dándole la señal de apoyo que necesitaba.
Sebastian abrió la reja, cruzó el antejardín, y golpeó la puerta con determinación. Tres golpes.
Mientras esperaba que atendieran, se puso a pensar que probablemente Rubén había salido a festejar a otor lado, y que su padre estaría durmiendo, sin embargo, sus pensamientos se disiparon en el momento en que la puerta se abrió, rebelando el rostro adormecido de Jorge, el padre de Rubén.
—¿Sebastian? —preguntó sorprendido el hombre, sin ocultar la genuina sonrisa que le provocaba ver al mejor amigo de su hijo frente a él—. ¿Qué haces acá?
Jorge extendió los brazos para recibir a la inesperada visita, dándole un fuerte abrazo paternal que Sebastian tanto necesitaba.
El alivio que sintió Sebastian ante el recibimiento de Jorge fue inmenso. Eso demostraba que el cariño seguía ahí, sin disminuir en los meses de ausencia.
—Pasa, pasa —le dijo Jorge, sin darle tiempo a Sebastian de decir una palabra—. ¿Vienes acompañado? —le preguntó al divisar la figura de Javier parado en la vereda.
—Si, es mi escolta, del servicio —respondió Sebastian, queriendo omitir que se habían fugado del claustro.
Jorge le hizo señas a Javier también para que pasara, y éste lo saludó haciendo el símbolo de la paz con los dedos de la mano derecha, y sin decir palabra.
—Vine a ver al Rube, a decirle feliz cumpleaños —le contó Sebastian a Jorge, quien asintió como si fuera obvia la razón de su visita.
—Bueno, Seba, te cuento que el Rube no está —le informó Jorge—. Está en la casa de Marco celebrando su cumpleaños.
Sebastian sintió un vacío en el estómago al saber que Rubén estaba festejando en otro lado. Todos los años pasaban el cumpleaños de Rubén en su casa, comiendo torta y otras comidas deliciosas preparadas por su padre mientras ellos jugaban videojuegos en la consola.
Descubrir que por su ausencia sus tradiciones simplemente ya no tenían sentido le causó un poco de tristeza.
Sebastian ni siquiera se molestó en preguntar si volvería temprano. El reloj estaba a escasos minutos de marcar la medianoche, así que asumió que la celebración sería un buen carrete de frentón.
—Los llevaría, pero ya no tengo el auto —le contó Jorge.
—¿Lo vendió? —quiso saber Sebastian, intentando ahuyentar la idea de que probablemente lo había perdido en algún accidente o por un robo, después de haber invertido tanto tiempo y trabajo en él.
—Se lo regalé al Rube por su cumple —respondió Jorge orgulloso, ante la expresión de sorpresa tanto de Sebastian como de Javier.
Sebastian se acercó a darle un abrazo, como si él hubiese recibido el regalo.
—¿Y se fue a carretear a la casa de Marco en el auto? —quiso confirmar Sebastian, ante la respuesta afirmativa de Jorge—. Bueno, de alguna forma tendremos que llegar —comentó mirando a Javier, que se encogió de hombros.
—Si quieren, son bienvenidos a esperar a que llegue.
Sebastian negó con la cabeza.
—No sería capaz de quedarme quieto con las ganas que tengo de verlo —respondió Sebastian sin pensarlo, provocándole una sonrisa particular a Jorge.
Los jóvenes se despidieron de Jorge, quien le pasó dinero para el pasaje de la locomoción colectiva a Sebastian, y ambos soldados en fuga salieron de la casa hacia la calle a descifrar cómo iban a llegar a la casa de Marco.
—¿Sabes dónde vive ese tal Marco? —le preguntó Javier
—Estoy tratando de hacer memoria —respondió Sebastian—. Fui a su casa en alguna ocasión, pero no recuerdo exactamente cómo llegar. Mira, esa es mi casa —le indicó a Javier mientras caminaban por fuera de ella.
El oscuro Ford Fiesta de su padre brillaba bajo las luces de los postes, y las luces de las ventanas estaban todas apagadas, indicando que seguramente ya estaban todos durmiendo en su casa.
—Bonita casa —comentó Javier—. Deberíamos pasar a saludar —bromeó.
Sebastian no pudo reírse de la broma de su amigo, porque se enfocó en una persona que se venía acercando desde el otro extremo de la cuadra, caminando con premura.
A medida que se acercaba se dio cuenta que era Felipe, el actual pololo de Rubén, o al menos era su pareja cuando él se marchó.
—¿Y tú?, ¿qué haces aquí? —le preguntó Felipe al verlo, sin saludarlo y sin esforzarse en sonar menos hostil.
—Vivo aquí —respondió Sebastian secamente.
Felipe no le dijo nada más, y siguió de largo, rumbo a la casa de Rubén.
—¿No estás con Rubén celebrando su cumpleaños? —le preguntó Sebastian levantando la voz, notando ese detalle.
Felipe se detuvo y se volteó a mirar a Sebastian, como pretendiendo decir algo. Sin embargo, no soltó palabras y retomó su camino.
Sebastian se percató de lo extraña de su actitud, y caminó rápidamente tras Felipe hasta alcanzarlo.
—¿Qué pasó? —le preguntó a Felipe, tomándolo del hombro con fuerza para que se volteara a mirarlo.
—¿Qué hueá te pasa? —Felipe le pegó un empujón en el pecho a Sebastian después de sentir el tirón en el hombro.
—¿Dónde está el Rube? —insistió preguntando Sebastian, y le devolvió el empujón a Felipe.
Sebastian no sabía por qué estaba reaccionando así, si él no era una persona violenta o confrontacional. Siempre prefería evitar las peleas, pero algo en la actitud de Felipe lo descolocaba, o quizás haya sido el simple hecho de saber que él era el pololo de Rubén, y la incertidumbre de no saber dónde estaba.
Los perros de las casas del barrio empezaron a ladrar con fuerza producto del forcejeo de los dos, el que fue detenido por Javier que se interpuso entre ambos.
—Ya, paren el hueveo —les dijo Javier, levantando los brazos entre ambos para terminar la pelea.
—¿Y tu quién eres? —quiso saber Felipe, confundido.
—El que evitó que el Seba te partiera el hocico —respondió Javier elevando la amenaza de Sebastian por los cielos.
Felipe resopló con fuerza, burlándose de la aseveración de Javier.
Felipe estaba nervioso. Intentaba enmascararlo con una actitud altiva y confrontacional, pero en realidad era solo un mecanismo de defensa. Estaba nervioso y tenía miedo. Mucho miedo.
Al ver a Sebastian en la calle conversando con ese desconocido en dirección opuesta a la casa de Rubén, Felipe solo podía deducir una cosa: había estado en la casa de su pololo y Jorge ya le había dicho que Rubén no estaba, y por eso estaba ahí en la calle.
Rubén aún no llegaba a su casa y eso le preocupaba.
También estaba la posibilidad de que Rubén estaba en ese momento en su domicilio y que por alguna razón no haya querido ver a su mejor amigo, pero era una probabilidad muy pequeña, después de todo, a su entender su amistad seguía igual de fuerte después de la partida de Sebastian.
—¡Sebastian!
Una voz fuerte y ronca gritó su nombre, provocándole escalofríos en todo el cuerpo. Era justamente la voz que no quería escuchar por nada del mundo.
Sebastian se volteó y vio a su padre, que seguramente se había despertado gracias a los ladridos de los perros y a la discusión que acababa de tener con Felipe en plena calle. Su padre se dirigió con determinación hacia dónde estaba él mientras se abrochaba una chaqueta de cuero sobre el pijama.
—¿Qué estás haciendo acá? —le preguntó su padre, con una expresión en el rostro que le fue difícil interpretar.
¿Estaba enojado?, ¿estaba preocupado? No sabía qué estaba sintiendo su padre, pero Sebastian estaba seguro que no estaba feliz de verlo.
Se quedó sin palabras, incapaz de inventar alguna excusa, y mucho menos quería decirle la verdad. Podía apostar, eso si, que su padre ya sabía que se había fugado del regimiento.
La oportunidad de responderle a su padre se vio interrumpida cuando vio que Jorge salía de su casa con evidente preocupación en el rostro.
—¿Qué pasó Jorge? —le preguntó Felipe, y Sebastian, que escuchaba desde un par de metros de distancia, notó que su voz se quebró un poco.
—Me… me llamaron —comenzó a decir el padre de Rubén, evidentemente perturbado—, del hospital…
Al escuchar la última palabra, Sebastian se volteó completamente, preocupado por Rubén y se acercó hasta donde estaba Jorge con Felipe, pero su padre lo tomó del brazo con fuerza.
—Te hice una pregunta —insistió su padre, queriendo saber la verdad.
Sebastian mantuvo su silencio, miró con profundo odio a su padre y forcejeó para poder acercarse a escuchar lo que tenía que decir Jorge, hasta que lo logró.
El corazón le latía con fuerza en el pecho ante la incertidumbre de no saber qué había pasado, pero la palabra “hospital” no significaba nada bueno.
—El Rube tuvo un accidente —les contó Jorge, y el corazón de Sebastian se detuvo.
Sintió que las piernas perdían su fuerza y estuvo a punto de caer de bruces, de no ser porque su padre lo volvió a tomar del brazo, sosteniéndolo, pero esta vez no dijo nada.
—Vámonos —le dijo Felipe a Jorge, con la voz temblorosa y visiblemente afectado.
Sebastian nunca lo había visto así. De lo poco que lo conocía, siempre había mantenido su habitual actitud de entereza y frialdad, como si nada lo pudiese afectar.
—Yo también voy —dijo Sebastian, también con la voz temblando.
—Tú no vas a ningún lado —le dijo su padre, trayéndolo de vuelta a la realidad.
—Esto es una emergencia —intervino Javier.
—No puedes hacerme esto, es mi… es mi mejor amigo —le dijo Sebastian, al borde de la desesperación.
—Vecino, por favor —incluso Jorge intervino, sabiendo lo importante que era Rubén para Sebastian.
—Yo lo llevaré al hospital después de que terminemos de hablar —aclaró el padre de Sebastian, abriendo los ojos exageradamente, como si con ese gesto lo fuera a hacer entender que primero tenían que conversar.
Jorge aceptó de buena fe las palabras del padre de Sebastian, y retomó su camino junto a Felipe.
Sebastian dejó de forcejear, entendiendo que era lo más lógico de hacer en su situación y siguió a su padre hasta la casa, mientras Felipe y Jorge ya estaban en la esquina haciendo parar a un colectivo.
Javier se quedó de pie en la calle viendo a todos alejarse. Sebastian lo miró e intentó transmitirle con su mirada que lo mejor para él era no entrar a su casa con él, que mejor se mantuviera al margen, y Javier de alguna forma, entendió.
Se quedó solo en la calle bajo la fría noche de mayo, esperando a que Sebastian terminara de hablar con su padre.
Felipe nunca había sentido un dolor tan fuerte como en ese momento.
Era extraño, le dolía el pecho, como si su corazón se hubiese rompido en mil pedazos, y como si cada fragmento estuviese desgarrando su cuerpo por el interior, pero además, sentía un profundo dolor emocional. Tenía claro por qué estaba sintiendo todo eso. La persona a quién más quería probablemente estaba luchando por su vida en el hospital, y todo era su culpa.
Le pasó dos mil pesos más al conductor del taxi colectivo para que fuese más rápido, impaciente por llegar rápido a conocer el estado de salud de Rubén, y en ese momento se arrepintió de no haber ido a buscar el jeep de Roberto antes de irse a la casa de Rubén.
—Calma —le dijo Jorge, cuando Felipe volvió a ofrecerle más dinero al conductor para que fuese aún más rápido—. No pequemos de imprudentes, que podríamos provocar otro accidente.
El chofer escuchó las palabras de Jorge y bajó de inmediato la velocidad, a pesar de que ya había aceptado dos mil pesos de Felipe minutos antes.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —le preguntó Felipe, con algo de vergüenza por lo que acababa de hacer.
—No estoy tranquilo, pero hay que mantener la calma, pase lo que pase —respondió Jorge—. Rubén está en el hospital, está siendo atendido, y bueno, no hay nada que nosotros podamos hacer si llegamos dos minutos antes o después.
Felipe aceptó las palabras de Jorge con resignación. Apoyó la espalda en el asiento y dio un fuerte suspiro, mientras golpeteaba rítmicamente las yemas de los dedos en sus rodillas.
Cuando llegaron al hospital, Felipe se bajó rápidamente del colectivo, seguido de Jorge, e ingresaron por la zona de urgencias. Se acercaron al mesón y Jorge se encargó de hablar con la recepcionista.
—Soy el padre de Rubén Castillo, lo trajeron hace un rato por un accidente de tránsito.
La voz le temblaba, pero Felipe se maravilló de que pudiese mantener la calma incluso en ese momento.
La recepcionista, de unos cincuenta años le pidió el número de identificación de Rubén para buscarlo en el sistema.
—Me sale que fue ingresado hace una hora por un accidente automovilístico, pero aparte de eso no me aparece nada más —les comunicó con amabilidad la mujer—. Debe estar revisándolo el médico y seguramente le estarán haciendo algunos exámenes. Cuando haya novedades, el médico saldrá a hablar con ustedes.
—Gracias —dijo Jorge, casi sin voz.
Felipe y Jorge se pararon al lado de una máquina expendedora de bebidas, ya que no había asientos disponibles en la sala de espera, y se abrazaron con fuerza, dándose apoyo moral el uno al otro en aquel difícil momento.
Sebastian ingresó a su casa, seguido de su padre, que cerró la reja con llave, y luego hizo lo mismo con la puerta de entrada.
—Tu mamá con la Prisci viajaron al sur a ver a tu tía Helena, que está un poco delicada de salud —le contó su padre, iniciando la conversación—. Ni siquiera les quise decir que te arrancaste del regimiento, para no preocuparlas.
El corazón le latía con fuerza y sentía un nudo en la garganta tan fuerte que creía sería incapaz de hablar.
—¿Sabías que me fui? —preguntó Sebastian con un hilo de voz.
—Por supuesto que sabía —reveló su padre—. Vinieron del regimiento temprano a ver si estabas acá. No es que los haya llamado yo, es protocolo estándar —agregó, notando la cara de decepción en el rostro de Sebastian.
Sebastian no dijo nada, simplemente esperó en silencio a que su padre guiara la conversación y así terminar lo más rápido posible.
—¿Por qué te arrancaste? —le preguntó su padre con tono mordaz—. Por favor no me digas que viniste a ver al mariconcito del Rubén.
La voz de su padre estaba cargada de tanto odio que Sebastian pensó que podría morderse la lengua y morir envenenado.
—No lo llames así —le dijo Sebastian, sintiendo una rabia tan profunda que pensó que su cabeza iba a explotar.
—Así que eso fue —dedujo su padre, acercándose a Sebastian—. Arriesgaste todo tu futuro, tu formación militar, por un maricón.
—¡No lo llames así! —le gritó Sebastian, acercándose a su padre con los puños apretados.
Una fuerte cachetada de su padre le llegó con tal sorpresa que Sebastian perdió el equilibrio y cayó de bruces al suelo. La parte interior de la mejilla izquierda le sangraba por el golpe y por la presión contra los dientes, y Sebastian pensó que se le había desencajado la mandíbula.
—Eso es para que aprendas a no levantarle la voz a tu padre, pendejo malcriado.
Las lágrimas cayeron por el rostro de Sebastian como si alguien en su interior hubiese puesto a correr la llave del agua. Mentiría si dijera que no estaba llorando de pena, que solo era rabia, pero en realidad era una mezcla sinérgica de ambas.
—¿Por qué lo defiendes tanto? —le preguntó mientras Sebastian se ponía de pie—. No me digas ahora que te hiciste maricón por ese hueón, mira que te quito a golpes esa estupidez. Tú sabes que soy capaz.
—Entonces prepárate para sacarme la chucha hasta matarme, porque no se me va a quitar nunca lo maricón, viejo de mierda —le respondió Sebastian con tanta rabia acumulada, que no se dio ni cuenta que acababa de salir del closet frente a su progenitor.
El padre de Sebastian se quedó en silencio unos segundos, sorprendido por las palabras de Sebastian, quien apenas podía ver su expresión, ya que su visión estaba borrosa por las lágrimas que seguían cayendo por sus ojos.
—¿Qué mierda te hizo ese pendejo? —preguntó sin esperar respuesta el padre, con profundo asco y decepción en la voz—. Tu no eras así…
Sebastian notó que su padre se volteó a mirar por la ventana del living tras escuchar un vehículo estacionarse en la calle.
—Llegaron —murmuró el hombre, y luego salió por la puerta.
Sebastian se sentó en el sillón, completamente agotado, esperando que su madre y Priscilla entraran por la puerta, y así culminar esa desagradable reunión familiar.
—¡Soldado Guerrero!
Una voz ronca sobresaltó a Sebastian, que se puso de pie de inmediato al ver a un corpulento hombre entrando por la puerta de su casa: Era el Capitán Rodríguez, seguido de Olivares, de rango desconocido. Sebastian los reconoció del día que se tuvo que presentar en el regimiento para iniciar el servicio.
—Supimos que se anduvo portando mal —comentó Rodríguez, intentando no sonar tan amenazante.
—¿Qué? —Sebastian no entendía qué estaba pasando.
—La diversión se acabó. Lo llevaremos de regreso a su regimiento —agregó Rodríguez, revelando la razón de su presencia.
—No… —murmuró Sebastian, negando con la cabeza—. No, papá no, me dijiste que me llevarías al hospital a ver a Rubén —le dijo a su padre, quien lo miraba serio, impertérrito—. Papá, por favor —Sebastian se comenzó a desesperar y a llorar desconsoladamente ante la perspectiva de su futuro inmediato—. No me hagas esto por favor. Necesito ver al Rube. Necesito verlo, por favor, antes de que sea… tarde.
Sebastian cayó de rodillas ante su padre, rogándole que no se lo llevaran.
—¿Quién está en el hospital? —preguntó Olivares, hablando por primera vez.
Sebastian lo miró, y vio una luz de esperanza.
—Nadie —se apresuró a responder el padre de Sebastian.
—Mi mejor amigo —corrigió él—. Tuvo un accidente hoy, y podría estar muriendo.
El Capitán Rodríguez y Olivares se miraron, como intentando decidir qué hacer.
—Podríamos llevarlo al hospital, soldado —le dijo Rodríguez, dándole esperanzas—, pero solo bajo la autorización de su padre.
Rápidamente la esperanza de Sebastian se esfumó.
Miró a su padre, rogándole con la mirada que le permitiera ir a ver a Rubén.
—Por favor —murmuró.
—Llévenlo al regimiento. No tenemos tiempo que perder —dijo finalmente su padre, sin mostrar un ápice de emoción—. Que esto te enseñe —se dirigió a Sebastian—, que nadie vale tanto la pena como para arriesgar toda tu formación.
Sebastian se soltó a llorar, sintiendo una opresión en el pecho tan dolorosa, llena de pena, rabia e impotencia, que pensó que su corazón se detendría en cualquier momento por el estrés.
—Olivares, ya escuchó —Rodríguez tomó la palabra—. Escolte al soldado hasta el transporte.
Olivares obedeció, y sin decir ninguna palabra, apoyó su mano en el hombro de Sebastian y lo acompañó hasta el sedán negro en el que habían llegado. Abrió la puerta de la parte trasera y le indicó que se subiera, a lo que Sebastian obedeció, y luego él hizo lo mismo.
Una vez dentro del sedán negro, Olivares se aseguró de cerrar los seguros, para que Sebastian no intentara escaparse.
Cuando Rodríguez se subió en el asiento del conductor y echó a correr el motor, Olivares le habló.
—Capitán, ¿no hay nada que podamos hacer para que el soldado vea a su amigo? —la voz de Olivares estaba llena de empatía.
—Lamentablemente no podemos hacer nada —respondió Rodríguez mirándolo por el retrovisor—. Solo su padre lo podía autorizar, y ya escucharon su respuesta. Aparte, tenemos un avión que tomar.
Sebastian no se guardó nada y siguió llorando sin parar por largo rato.
Javier vio desde la distancia que llegó un auto negro a la casa de Sebastian y que se bajaron dos hombres con ropa de militar.
—Viejo culiao —murmuró, pensando acertadamente que el padre de Sebastian los había llamado.
Cuando vio a Sebastian salir de su casa llorando mientras era escoltado por uno de los militares, prefirió mantenerse al margen antes que intentar rescatarlo. No tenía sentido arriesgarse a ser atrapado, y perder toda posibilidad de contactar a Rubén.
Esperó que el sedán negro desapareciera de su vista, y luego se dirigió a la esquina, determinado a encontrar la forma de llegar al hospital para ver a Rubén y contarle todo lo que Sebastian sentía.
Jorge y Felipe estaban sentados en el suelo, al lado de la máquina expendedora, esperando tener alguna novedad respecto al estado de salud de Rubén.
Felipe estaba temblando, preocupado por su pololo, y también nervioso ante la posibilidad de que su suegro le hiciera alguna pregunta respecto a lo sucedido antes del accidente.
Sentía el pecho apretado, como si esa información estuviese luchando por salir, a pesar de su instinto lógico de mantenerla en secreto, sobre todo ante Jorge, quien pensaría que era un pésimo yerno. Y obviamente tendría razón, Felipe sabía que no merecía estar ahí a su lado. Le daba incluso vergüenza mirarlo a los ojos.
—Fue mi culpa —murmuró finalmente, incapaz de seguir manteniendo la verdad en secreto, y deseando para sus adentros que Jorge no haya podido escucharlo.
—¿Por qué dices eso? —le preguntó Jorge.
Felipe sentía la mirada de su suegro encima suyo, escrutándolo, a pesar de que su voz no era agresiva.
—Estuvimos conversando —comenzó a explicarle—, y bueno, la conversación no concluyó bien. Ni siquiera alcanzamos a terminar de conversar —Felipe dio un suspiro para ahogar las ganas de llorar—. Rubén salió y se fue en el auto.
Felipe tenía ganas de llorar, pero no quería hacerlo. No en ese momento. No quería que Jorge sintiera que lo estaba manipulando emocionalmente para quedar como la víctima.
—¿Se alteró por la conversación que tuvieron? —preguntó Jorge, con notable tristeza en su voz, y Felipe asintió.
“Familiares de Rubén Castillo” habló una voz femenina por los parlantes de la sala de espera, dejando pendiente el final de esa conversación..
Ambos se pusieron de pie de inmediato y se acercaron al mesón, donde estaba una doctora de pelo negro y corto.
—¿Ustedes son los familiares de Rubén? —les preguntó la mujer, con voz suave pero segura, y Felipe y Jorge asintieron—. Soy la doctora Morales. Acabo de evaluar a Rubén nuevamente. Está estable, le tomamos radiografías, escaner y exámenes de sangre, aparte de una alcoholemia por protocolo. Ingresó a la urgencia consciente, aunque el personal de la ambulancia nos informó que lo encontraron inconsciente en la calle. Rubén dice que no recuerda cómo se volcó, pero sí que se golpeó la cabeza y el cuello al soltarse el cinturón cuando ya estaba volcado, y que salió por sus propios medios del vehículo y después se desmayó. Por eso le tomamos las radiografías y el escáner, para ver si hay daño a nivel de cabeza y columna. Le estamos administrando medicamentos para el dolor y la inflamación, y tuvimos que administrarle ansiolíticos porque estaba muy nervioso, obviamente choqueado. Ahora está descansando, y lo mantendremos en observación por la noche.
Jorge asentía a cada palabra de la doctora, como interiorizando todo, y calmando un poco su preocupación en el proceso.
—¿Podemos entrar a verlo? —le preguntó Jorge a la doctora.
—Pueden pasar a verlo, solo un ratito —les indicó—, pero si está durmiendo, les ruego no lo despierten. Podría darle otra crisis de ansiedad.
Jorge y Felipe asintieron, y luego siguieron a la doctora que les indicó el camino hasta el box donde se encontraba Rubén.
Estaba en una camilla aislada del resto de los box de atención de urgencia por una cortina blanca.
Felipe al verlo le impactó la cantidad de rasguños y cortes que tenía en la cara y en los brazos, probablemente producto de los cristales rotos de las ventanas. Tenía el labio inferior partido, pero no se veía que sangrara en ese momento. En el cuello y el pecho tenía una horrible marca justo donde el cinturón de seguridad le había salvado la vida.
Al acercarse a menos de un metro, se podía apreciar en su cuero cabelludo que aún tenía fragmentos de vidrio, y aparte de los vestigios de sangre seca en sus brazos, rostro y cuello, la tierra se notaba visiblemente.
En el brazo izquierdo tenía puesta una vía conectada a un suero donde le estaban administrando medicamentos, y el registro de sus signos vitales no mostraba alteraciones.
—Mi Rube —murmuró Jorge, con profunda tristeza en la voz, pero sin soltarse a llorar—. ¿Qué te pasó, hijo mío?
Jorge tomó la mano derecha de Rubén, para de alguna forma hacerle saber a través del contacto físico que estaba con él.
Felipe por su parte hizo lo mismo. Se acercó a Rubén y entrecruzó sus dedos con los de la mano derecha de su pololo. Se agachó al borde de la cama, y apoyó su cabeza sobre las manos enlazadas de ambos.
—Perdóname —murmuró Felipe, con la intención de que Jorge no escuchara.
Al cabo de no más de tres minutos llegó un enfermero y les indicó que la “visita” había terminado.
Jorge y Felipe obedecieron resignados y volvieron a la sala de espera.
—Ve a descansar Felipe —le dijo Jorge, poniéndole la mano en el hombro a su yerno—. Yo me quedaré aquí, y te avisaré de cualquier novedad.
Felipe no dudó en ningún segundo, y rechazó el ofrecimiento, y ambos se quedaron toda la noche en el hospital, casi en completo silencio.
—¿Tiene alguna información de Rubén… Castillo? —preguntó Javier en el mesón de recepción del hospital—, lo trajeron hace unas horas por un accidente en auto.
Javier se había demorado casi dos horas en llegar al hospital, ya que el dinero que les había entregado el padre de Rubén para tomar locomoción hacia la casa de Marco, lo había guardado Sebastian.
En un principio se decidió a caminar y pedir direcciones a las ocasionales personas que pudiese ver en el camino, pero desistió la idea después de que dos personas contuvieron una risa al ser consultadas sobre cómo llegar al hospital caminando.
Finalmente decidió pedir a choferes de la locomoción colectiva indicaciones y el favor de llevarlo gratis, pero probablemente por su aspecto desaliñado, y el olor corporal después de viajar todo un día en bus (tras haber caminado por horas después de arrancar del regimiento), les provocó un inmediato rechazo.
Cuando el conductor del colectivo que lo llevó hasta el hospital le dijo que lo podía llevar gratis, Javier ya estaba a punto de rendirse, y sin darse cuenta, le agradeció a los cielos por la buena acción del hombre.
En el hospital, la mujer del mesón le indicó que no le podía dar información relativa al estado de salud de Rubén, porque no era un familiar directo.
Javier se quedó esperando sentado por unos minutos, observando atentamente a su entorno: cada cuánto tiempo llamaban a algún familiar de pacientes, cada cuánto salía a hablar el médico de turno, y cada cuánto salía algún funcionario del hospital. También se percató que en un rincón de la sala de espera, estaba sentado Felipe con Jorge, quienes al parecer no lo habían visto aún (o no lo habían reconocido).
Cuando se dio cuenta que no había ningún peligro de ser sorprendido, Javier cruzó la mampara que separaba la sala de espera de los box de atención, y entró decidido a encontrar a Rubén.
Ingresó a cada box en orden, con la precaución de no ser descubierto por algún funcionario del hospital.
Javier se fijaba en las fichas clínicas que estaban colgadas al pie de cada camilla, buscando el nombre de Rubén, hasta que finalmente lo encontró.
Rubén estaba durmiendo en su camilla, con un aspecto físico que demostraba que había estado en un accidente automovilístico, lleno de moretones y heridas en el rostro y cuerpo, pero aun así, a Javier le pareció que su rostro dormido demostraba una calma profunda. Lo miró con atención y pensó que era bastante obvio el por qué Sebastian estaba tan enamorado de él, era un joven objetivamente lindo.
Javier se acercó al lado de la camilla, y le dio un remezón en el hombro, con falta total de tino. Le costó un par de segundos despertarlo, hasta que Rubén por fin abrió los ojos.
—Hola Rubén, vengo por el Sebastian.
Le dijo sucintamente Javier, ante la mirada sorprendida de Rubén.














