Clases de Seducción II, parte 23: El Final
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Sebastian finalmente decidió viajar a Antofagasta para el primer din de semana de permiso de su formación militar, convencido por Javier y Simón.
—Frente a frente va a ser muy distinto de lo que te mandó a decir con tu amigo —le comentó Simón—. De seguro que al menos recuperas la amistad.
—Exacto —coincidió Javier—. Y no aceptes un no por respuesta —le dijo clavando su dedo índice en el pecho de Sebastian y mirándolo fijo a los ojos—. O sea, al menos hasta que le puedas explicar todo.
Sebastian dio un suspiro de ansiedad.
—Si sé —cerró los ojos, en realidad no estaba seguro de que podría lograr que Rubén lo perdonara.
Pero tenía claro que tenía que hacerlo.
Al día siguiente, en la primera formación de la mañana, el Capitán Guerrero les dio la última instrucción del semestre.
—¡Soldados! —les anunció—. Hoy vuelven a sus casas por el fin de semana, pero recuerden: ¡Estas no son vacaciones! Porque desde ahora en adelante, no van a dejar de ser nunca soldados de este regimiento, y deben comportarse como tal. Demuestren en sus hogares todo lo que han aprendido acá. Tienen que mantener la disciplina, el orden y el respeto donde sea que vayan de ahora en adelante. Porque tienen que dejar en alto el nombre del Ejército.
—Ahora, para poder irse —intervino Ortega, para dar las instrucciones—, cuando termine de hablar, tendrán quince minutos para ordenar sus bolsos y ponerse ropa de civil. Después de eso, tendrán quince minutos para desayunar, y luego se acercarán a los estacionamientos, donde se formarán para tomar el bus que los llevará a sus ciudades, y ahí nosotros les entregaremos los artículos que les confiscamos cuando llegaron —Ortega hizo una pausa, y al ver que nadie se movía, finalizó—. ¡Muevanse!
Los soldados se dirigieron rápidamente a sus respectivos dormitorios a cambiarse de ropa y alistar sus bolsos. Sebastian, por su parte, se dirigió lentamente, tomándose su tiempo.
—Por fin nos vamos —le comentó Javier, mientras vaciaban sus casilleros.
—Por tres días —le recordó Sebastian, trayéndolo a la realidad.
—¿No piensas volver? —le preguntó Sebastian, sorprendido.
Javier se encogió de hombros.
—He pasado cuatro meses queriendo irme de aquí —respondió Javier—. Sería estúpido dejar ir esta oportunidad.
Sebastian se sintió un poco traicionado por la respuesta de Javier. Por alguna razón pensó que sobrevivirían toda la instrucción militar juntos.
—¿Vas a dejarme botado acá? —le enrostró.
—¿Y yo estoy pintado? —intervino Simón, fingiendo indignación.
—Lo siento, pero si alguno iba a no volver más, pensé que serías tu —le respondió Sebastian—. ¿Piensas volver?
Simón simplemente se encogió de hombros.
—¿Tú piensas volver? —le preguntó Javier a Sebastian, como asumiendo que su amigo no tendría intenciones de volver.
—No tengo nada en Antofagasta —le recordó Sebastian—. Ni siquiera tengo donde dormir. Ni cagando me voy a quedar con mi viejo.
Javier dio un suspiro, algo nervioso.
—¿Por qué crees que te convencí de ir donde Rubén? —le dijo—. No quiero que te quedes acá porque yo no pienso volver.
—O sea toda la arenga de jugármela por él era mentira —razonó Sebastian.
—No, idiota —Javier se rió—. Piénsalo así: Todo va a salir bien con Rubén. Te podrás incluso quedar a vivir con él o con otros amigos. Y si no puedes, te vienes a Calama conmigo, como te dije. Y lo mejor de todo, es que no volveremos a esta mierda.
Sebastian bajó la mirada y soltó un resoplido.
—Eso no va a funcionar —le dijo Sebastian.
—No con esa actitud —Javier puso sus dedos en el mentón de Sebastian para hacerlo levantar la mirada y le sonrió—. Todo va a funcionar, te lo prometo.
Javier le dio un fuerte abrazo a Sebastian, y se escucharon unos silbidos en el dormitorio, provenientes de donde se ubicaba la cama de Julio.
Sebastian siguió vaciando su casillero mientras Javier le mostraba su dedo medio a Julio y su grupo.
Tomó la polera roja que usó cuando llegó, para ponérsela, y se dio cuenta que estaba envolviendo disimuladamente su diario.
—¿Se lo vas a entregar? —la voz de Javier sobre su hombro lo sorprendió, pero no lo asustó.
Sebastian se encogió de hombros.
—Ahora con el tiempo, siento que es estúpido haberlo escrito —respondió, mientras lo guardaba disimuladamente en el fondo del bolso, y se sacaba la ropa para vestirse de civil.
—No creo que sea estúpido —intervino Simón, desde su casillero—. Es tierno.
—Es lo menos estúpido que has hecho —le dijo Javier—. Si no es para entregárselo a él, que te sirva a ti, para recordar cómo estabas en ese momento, y verlo en perspectiva de cómo estás ahora.
—Creo que ni yo volveré a leerlo —respondió Sebastian.
—Yo quiero leerlo. Necesito leerlo —dijo Javier, entre risas.
—Ahueonao —Sebastian le enseñó el dedo medio.
—No me vas a dejar con la duda —le advirtió.
—Algún día —prometió Sebastian, solo para cerrar el tema.
Terminaron de guardar sus cosas y se dirigieron al comedor a desayunar rápidamente antes de ir a los buses.
Tal como llegaron, los tres subieron juntos en el bus que los llevó al regimiento, donde Ortega les devolvió los celulares que les había confiscado.
—Nuestra última vez juntos —comentó Javier, mirando a Sebastian y a Simón.
—En tres días —insistió Sebastian, aun algo dolido por la posibilidad de quedarse solo nuevamente en un par de días.
Javier simplemente le sonrió y no dijo más.
A lo largo del camino, a medida que el bus se iba vaciando, Sebastian dio vuelta en su mente a la idea de volver al regimiento en tres días más y volver a encontrarse completamente solo.
Si bien, sabía que los tres odiaban estar en el regimiento (y si fuera por ellos, no volverían nunca más), pero al menos por su parte, no tenía donde más ir. No podía volver a su casa porque le guardaba gran rencor a su padre, y ni siquiera estaba seguro dónde pasar los días que tendría libre. Pero tres días eran poco comparado con lo que significaría el resto del año sin hogar.
Tenía claro que de los tres, Simón era el que más probabilidades tenía de no volver, así que había asumido que volvería con Javier. Pensó que habían desarrollado una amistad genuina que lo haría volver.
—Te voy a extrañar, hermano —le dijo Javier dándole un fuerte abrazo antes de bajar del bus—. Recuerda que, si necesitas cualquier cosa, me llamas o te vienes a mi casa.
Javier le entregó un papel de cuaderno doblado, donde había anotado su número de teléfono, su usuario de MSN y la dirección de su casa en Calama.
Sebastian no dijo nada porque genuinamente le dio pena despedirse con la posibilidad de no volver a verlo.
—En serio, Seba —insistió Javier, antes de bajarse—. Cualquier cosa.
Javier se dio media vuelta, y bajó del bus.
Después de dos horas, el bus llegó finalmente al regimiento en Antofagasta, y Sebastian tenía la intención de irse directamente a la casa de Rubén.
Se bajó del bus, y salió del regimiento para tomar la micro que lo dejaría en su destino final.
El corazón comenzó a latirle con fuerza, por la ansiedad de estar tan cerca de volver a ver a Ruben.
—¿Y tú no pretendes pasar a saludar? —una voz familiar lo sorprendió a sus espaldas.
Sebastian se volteó y vio que Matias se acercó caminando con calma hacia donde él se dirigía, con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba usando una polera negra ajustada y un buzo gris. Verlo vestido de civil resaltaba todo lo que la ropa militar no permitía apreciar.
Sebastian se alegró genuinamente de verlo. A pesar de las malas noticias que le había entregado la última vez que escuchó su voz, Sebastian sentía que había desarrollado una conexión especial con Matias, y extrañamente lo veía como un hermano mayor.
Olivares le dio un fuerte abrazo.
—¿Cómo estuvo el castigo? —le preguntó Matias de inmediato, haciendo referencia al precio que tuvo que pagar por escaparse.
Sebastian dio un suspiro.
—Creo que rozando la ilegalidad —respondió Sebastian—. Pude haber muerto.
Matias lo miró sorprendido.
—¿Estás bien? —le preguntó preocupado.
—Ahora lo estoy —Sebastian se encogió de hombros.
—¿Necesitas que te lleve a tu casa? —ofreció—, justo me estaba yendo.
—No voy a mi casa —respondió Sebastian—, pero si me puedes acercar te lo agradecería.
En el camino, Sebastian le contó sus intenciones de ir inmediatamente a hablar con Rubén, y Matias se mostró particularmente entusiasmado con la idea.
Al llegar a la casa de Rubén, Sebastian tocó el timbre y esperó que atendieran, con el corazón acelerado ante la posibilidad de que el mismo Rubén abriera la puerta.
Tras unos segundos que le resultaron eternos, Jorge abrió la puerta, y sonrió desganado al verlo.
—Sebastian, qué gusto verte —la voz de Jorge se notaba apagada.
—Igualmente, tío —respondió Sebastian, ansioso—. ¿Está el Rube?
—Sinceramente, no tengo idea dónde está —respondió Jorge, acercándose a abrir la reja—. Hace un rato tuvimos una discusión fea, y se fue y no sé dónde está ahora.
Sebastian notó que el padre de su amigo estaba controlando su desesperación.
—Creo que colapsó por algo —continuó Jorge—, no sé qué, pero se fue hace como una hora, y no me contesta el teléfono, llamé a Felipe, a sus amigos, y no tienen idea de dónde está…
—Tío, creo que sé dónde puede estar —lo interrumpió Sebastian, esperando estar en lo correcto—. Lo voy a llamar si lo encuentro.
Sebastian se subió al auto de Matias con rapidez.
—¿Qué pasó? —le preguntó Matías confundido.
—Vamos al cementerio —le ordenó Sebastian, como si fuera un taxista esperando su destino.
Matias sin mostrarse molesto, obedeció y puso en marcha el vehículo.
Tras poner al tanto a Matias en el camino, le agradeció por llevarlo y le dio un abrazo.
—Esto es tuyo —le dijo Sebastian, devolviéndole el celular viejo a Matias.
—Pensé que te harías el loco con esto —bromeó Matias.
—Guardé mi número —le dijo Sebastian, señalando el celular—, por si acaso.
Matías chasqueó los dientes y le guiñó el ojo.
—¿Te espero? —le preguntó Matias cuando Sebastian ya estaba afuera del auto, a punto de cerrar la puerta.
—No es necesario, ya hiciste más que suficiente —respondió Sebastian.
—Igual después me tienes que contar cómo te va.
—Tenlo por seguro —prometió Sebastian, y cerró la puerta del auto.
Cuando cruzó la entrada del cementerio sintió como que toda la seguridad lo había abandonado. El corazón se le aceleró y comenzó a temblar. Para calmarse, se acercó a los arbustos de la entrada y cortó tres flores blancas, y luego retomó su camino hacia donde estaba la tumba de la madre de Rubén.
La mente le dio mil vueltas a Rubén, y los pensamientos se amontonaron en su cabeza, atropellándose unos a otros intentando ser el que predominaba en su mente.
La alegría de ver a su mejor amigo de la vida casi lo hizo ponerse de pie para correr a abrazarlo, pero luego recordó que ya no eran amigos, al menos así lo había decidido Sebastian. Y por eso, el enojo que sentía por él empezó a tomar su lugar.
La confusión en su mente y en sus emociones lo hizo sentirse mareado, por lo que se quedó sentado en el pasto por unos segundos recobrando su equilibrio antes de ponerse de pie.
Se secó las lágrimas del rostro y miró a los ojos a Sebastian. Tenía muchas preguntas que hacerle, pero no sabía por dónde empezar. ¿Estaba ahí por él?, ¿de verdad dijo eso o escuchó mal? De seguro escuchó mal, se suponía que Sebastian lo odiaba por haberse perdido su despedida. Pero entonces, ¿qué hacía ahí? Quizás estaba alucinando.
—¿Qué te pasó Rube? —la expresión de Sebastian mostraba profunda preocupación.
Rubén abrió la boca para responder, pero las palabras no salieron. No sabía que responder. ¿Le interesaría de verdad saber qué había pasado?
—¿Qué haces aquí, Sebastian? —le preguntó con un hilo de voz.
La mirada se le nubló, pero sin que cayeran las lágrimas aún.
—Vine por ti. Te vine a buscar —respondió Sebastian, con la voz quebrada, y extendiéndole la mano con las tres flores a modo de ofrenda de paz. Ofrenda de amor.
Rubén sintió que esas palabras de Sebastian eran todo lo que necesitaba para permitirse mostrarse vulnerable frente a él. Se acercó rápidamente a su amigo y le dio un fuerte abrazo, y se soltó a llorar.
—Perdóname Rube —le dijo Sebastian al oído, con la voz quebrada también por el llanto
—Me destruiste cuando te fuiste —le dijo Rubén, dándole golpes débiles con los puños en la espalda.
—Perdóname —insistió Sebastian, con un hilo de voz, interrumpido por el llanto.
—Cuando más te necesitaba —continuó Rubén—. Me dejaste destrozado. La vida se me fue a la mierda.
Rubén aprovechó la catarsis del momento para desahogarse, diciéndole a Sebastian en resumen que todo se había venido abajo después de que él se fue.
Sebastian apretó a Rubén entre sus brazos, como si tuviera miedo de que fuese a salir arrancando.
Verlo llorando de esa forma le partió el corazón, y entendió por sus palabras, que se había desmoronado después que él se había ido.
—Te prometo, Rube —le dijo Sebastian, aflojando brevemente el abrazo para mirarlo a los ojos—. Te juro, que nunca más me voy a enojar contigo.
Miró a Rubén, con los ojos hinchados de tanto llorar, y estaba seguro de que él tenía los ojos de la misma forma. Estaba hermoso, tal como lo recordaba, a pesar del llanto. Se veía más desarrollado, con menos cara de niño.
—Perdóname por irme como lo hice, pero sentí que tenía que hacerlo —comenzó a explicarle, mientras miraba cada centímetro del rostro de Rubén, reconociendo su belleza, tal como la recordaba—. Estás hermoso —le dijo, casi como un pensamiento intrusivo que se escapó por accidente de su boca.
Rubén lo miró sin decir nada, solo con los ojos vidriosos.
Sebastian se acercó lentamente y lo besó en los labios.
Rubén se dejó besar por su mejor amigo, como aquel día en la biblioteca cuando le estaba enseñando precisamente a como besar.
Hasta que por su mente se atravesó la discusión que había tenido con Felipe más temprano ese día, y como ya le había sido infiel.
Rubén interrumpió el beso comenzando a llorar nuevamente. Se separó de su amigo y le dio la espalda.
—¿Estás bien? —le preguntó Sebastian—, perdóname Rube, no quise… pensé que…
Sebastian se trabó con las palabras y no pudo decir nada coherente.
—No —lo interrumpió Rubén, tras dominar sus emociones—. No estoy llorando por el beso, es… todo.
Si bien, él ya le había sido infiel a Felipe, y tras su discusión, al parecer ya no eran pareja, sintió culpa y pena por las implicancias del beso con Sebastian, de todo lo que ya habían vivido como amigos en el último tiempo.
—Han pasado muchas cosas —continuó diciendo Ruben—. Siento que estoy roto.
Sebastian se acercó y le dio un abrazo, y Rubén lo sintió como el abrazo más reconfortante de su vida. Por fin se pudo sentir en calma después de tanto tiempo.
—Sea lo que sea que haya pasado, lo vas a superar —le dijo Sebastian al oído.
Rubén no estaba seguro de poder salir del agujero donde estaba emocionalmente, pero las palabras de su amigo generaban un efecto reconfortante instantáneo. Al menos, ya no estaba solo.
—Si supieras, quizás ni siquiera querrías seguir hablando conmigo —murmuró Rubén, con el mentón apoyado en el hombro de Sebastian.
—Eso nunca —respondió Sebastian, seguro de sus palabras.
—Ya lo hiciste una vez —le recordó Rubén.
—Lo sé —asumió Sebastian con un suspiro—. Pero nunca más lo volveré a hacer.
Al pronunciar esas últimas palabras, Sebastian presionó sus brazos, como evitando nuevamente que Ruben fuera a escaparse, y Rubén lo agradeció en silencio.
—Me peleé con mi papá, con la Cata, con Marcos —le contó Rubén, con la voz temblorosa—. Con Felipe… me cagué a mi pololo —concluyó, esperando que en cualquier momento Sebastian dejara de abrazarlo por la decepción.
Sebastian se mantuvo abrazándolo y le acarició el cabello para reconfortarlo.
—¿Estás arrepentido de todo eso? —le preguntó Sebastian, y Rubén asintió con la cabeza—, ¿hay algo que te impida pedir perdón?
—Me da vergüenza —respondió Rubén, con el mentón temblándole—. Siento que ni siquiera puedo mirarlos a los ojos.
—Esa es la idea de pedir perdón. Se supone que tiene que costarte enfrentar a la gente que quieres para pedir perdón después que los dañaste —Sebastian se separó de Rubén y buscó su mirada—. Como yo ahora, estaba temblando, nervioso, con vergüenza de enfrentarte, pero te miré a los ojos, esos hermosos ojos, y te pedí perdón —pasó su pulgar por la mejilla de Rubén para secarle las lágrimas.
—Para ti es fácil decirlo. No estoy precisamente en condiciones de recriminarte lo que hiciste o de rechazar tus disculpas —bromeó Rubén.
—Eso da igual —insistió Sebastian, soltando una risita.
El par de amigos volvió a darse un abrazo, dándose unos segundos de silencio para disfrutar su mutua compañía.
—Te extrañé, Seba —dijo Rubén en voz baja, casi como un pensamiento.
Sebastian tenía una mezcla de emociones en su interior. La felicidad que le provocaba el volver a estar con Rubén, y que éste haya aceptado perdonarlo, se veía eclipsada precisamente por ver a Rubén destruido emocionalmente.
Lo que no le permitía disfrutar el momento de estar con Rubén, era que sentía un poco de culpa porque su amigo estuviera así. Rubén le dijo precisamente que su partida lo había dejado destrozado, y no pudo evitar pensar que eso gatilló el estado emocional que tenía.
Sebastian le propuso a Rubén ir a otro lado a seguir conversando, teniendo en cuenta que quizá los temas a tratar pudiesen ofender la memoria de la madre de Rubén, y su amigo aceptó.
Caminaron un par de cuadras hasta llegar al borde costero. Ya frente a los roqueríos, la pareja de amigos de sentó en las piedrecillas.
—¿Me quieres contar en detalle qué te pasó? —Sebastian le preguntó a Rubén.
Rubén bajó la mirada y asintió.
—Todo empezó hace un par de meses… desde que te fuiste —comenzó a decir Rubén, mirando fijamente el horizonte.
Sebastian a su lado, bajó la vista, avergonzado.
—No es que te esté culpando —repuso Rubén, como adivinando la reacción de Sebastian—. O quizás sí, no sé.
—¿Por qué no sabes? —preguntó Sebastian, acercándose, y Rubén se volteó a mirarlo.
—La verdad Seba es que, aunque no quiera, siento rencor por la forma en que te fuiste —comenzó a explicarle, mientras Sebastian asentía—. Me alegra mucho verte, porque te quiero. Te amo. Pero aun así, cuando te fuiste de la forma que lo hiciste, me hizo mucho daño.
Sebastian sintió un poco de euforia cuando Rubén dijo que lo amaba, pero no se permitió emocionarse porque el mensaje iba en otro sentido.
—Si no me quieres perdonar, lo entenderé. Si no me quieres ver más, lo entenderé —le dijo Sebastian, con la voz firme. Quería que Rubén entendiera que lo decía en serio, que no se iba a arriesgar a causarle más daño con su presencia.
—No es eso —repuso Rubén, tomándole la mano a Sebastian, y acomodándose para mirarlo directamente—. Te perdono, y no quiero nunca dejar de verte nuevamente. Es solo que, en este momento, mi mente todavía necesita procesar todo para que el rencor se vaya.
Sebastian asintió, resignado.
—Así como de seguro tú me guardas rencor por no haber ido a tu fiesta de despedida —continuó Rubén, intentando hacer que su amigo se identificara con su sentir.
—No te guardo rencor, Rube —le dijo Sebastian, negando con la cabeza.
Rubén simplemente le sonrió, y volvió a acomodarse mirando al horizonte.
—Cuando te fuiste, sentí que algo en mi se rompió —continuó—. No le dije a nadie que te habías ido rompiendo nuestra amistad, que me dijiste que te daba asco —Rubén enfatizó la última palabra—. Me lo guardé todo, y pretendí que todo estaba bien.
El recuerdo de Rubén le provocó mucha culpa a Sebastian. Ni siquiera recordaba haber usado esas palabras tan hirientes, sintió vergüenza y rabia consigo mismo por haberlo dañado tanto.
Cuando Rubén terminó de contarle a Sebastian todo lo que había sucedido desde que se marchó, y todo lo que había contribuido a su estado emocional actual, Sebastian lo abrazó de costado, mirando ambos al horizonte.
Extrañamente, se sentía liberado, como si toda la carga emocional que había acumulado en los últimos meses se hubiese alivianado al compartirla con Sebastian.
Si bien, tenía mucho más por hacer para pedir perdón a las personas que había dañado, al menos el verbalizarlo le ayudó a ver todo con mayor claridad.
—Perdóname Rube, por haberte hecho pasar por todo eso —le dijo Sebastian al oído, mientras las lágrimas caían por ambos de sus rostros.
—No es tu culpa todo lo que pasó, Seba —le aclaró Rubén, intentando quitarle un poco el peso de la culpa—. La mayoría es por mi culpa también, por no saber lidiar a tiempo con mis cosas.
—Pero si no te hubiese dicho todo lo que te dije antes de irme, si no hubiese terminado nuestra amistad, no habrías tenido que sentirte solo —Sebastian dio un suspiro resignado—. Cuando me fui así, mi intención no era hacerte daño, al contrario. Quería que siguieras viviendo tu vida, feliz, sin estar preocupado de mí.
—¿Por qué iba a dejar de vivir mi vida si estaba preocupado de ti? —preguntó Rubén, confundido.
—Pensé que, por estar pendiente de mí en el regimiento, quizás te limitarías de vivir ciertas cosas en tu vida universitaria; que dejarías de vivir ciertas experiencias por esperarme y vivirlas juntos.
Rubén seguía sin entender el punto de Sebastian. Sus palabras no tenían sentido, y notó que Sebastian se puso nervioso al ver que su mensaje no estaba siendo bien recibido.
Sebastian se puso de pie y caminó un par de metros hacia el borde de los roqueríos, dándole la espalda a Rubén.
Rubén se quedó sentado donde estaba, mirando a su amigo.
—No tiene sentido que te siga mintiendo Rube —dijo Sebastian, aun dándole la espalda.
Sebastian se volteó y caminó nuevamente hasta Rubén, y se arrodillo frente a él.
—Ya estoy aquí, así que te voy a decir la verdad —le dijo Sebastian, tomándole la mano a Rubén, temblando. Dio un largo suspiro, como intentando ordenar sus ideas y decidiendo por dónde empezar—. Esa noche de mi último carrete, para mí era súper importante que fueras porque te quería entregar algo —Sebastian comenzó a buscar en su mochila, y después de unos segundos sacó una libreta de color púrpura—. Te quería entregar esto esa noche. Es un diario, donde escribí todos mis pensamientos.
—¿Me querías entregar tu diario de vida? —preguntó confundido Rubén—. No sabía que tuvieras uno.
—No tenía —aclaró Sebastian—. Se lo regalaron a mi hermana para navidad, y ella me lo prestó, así que aproveché de usarlo para plasmar mis pensamientos. Mi idea era entregártelo esa noche, para que lo guardaras hasta que yo volviera, sin leerlo. En ese momento tenía una cerradura, pero pasaron cosas —repuso rápidamente, como si con esa última frase todo lo que dijo antes cobrara sentido.
—¿Y por qué me pasarías tu diario para que te lo guarde, sin leerlo? —Rubén no le encontraba sentido a nada de lo que decía su amigo.
—Porque era incapaz de decírtelo a la cara —respondió Sebastian, avergonzado—. La idea era que cuando volviera lo pudiera leer, y darme cuenta que todo lo que escribí ya había pasado, que yo ya no me sentía así. Y en última instancia, tenía una leve esperanza de que lo leyeras por ti solo mientras yo no estuviera, de pura curiosidad, y te dieras cuenta de que te mentí todo el tiempo antes.
Rubén lo miró extrañado, pero preocupado.
—En el diario escribí básicamente lo mucho que me gustabas —explicó Sebastian. Dio un largo suspiro, aliviado porque por fin le pudo decir la verdad a Rubén—. Me gustas Rube. Me gustas. Me gusta todo de ti. Me encanta tu risa, cuando te ríes de mis bromas, me encanta como se siente tu cabello cuando te lo desordeno. Me gusta tu voz, aunque cada vez que te escuchas en algún video te mueres de vergüenza, a mí me encanta. Me fascina que cada vez que te estresabas por cada pequeño inconveniente te llevabas las manos a la cabeza, te levantabas el cabello hacia atrás, y luego lo hacías hacia adelante cubriéndote la cara, y quedabas despeinado. Me gusta que seas tan hermoso y que al mismo tiempo no tienes idea que lo eres. Y sobre todo, amo que seas la persona más inocente de este puto mundo. Te amo, Rube. Te Amo. No como hermano, ni como amigo; te amo como debería amar a una polola.
Rubén sintió que ya había vivido esa experiencia anteriormente. De hecho, en el paseo de curso Sebastian ya le había dicho que le gustaba, pero tiempo después se desdijo, aduciendo que se debía solo a una tonta confusión en su mente, pero Rubén todo este tiempo se mantuvo escéptico de esa supuesta confusión. Estaba casi seguro de que su amigo de verdad sentía cosas por él, y pensó que por eso se había marchado enojado con él al servicio militar.
—Yo sé que ya te había dicho esto una vez, y que después te dije que era mentira, que me había confundido solamente, e incluso que estaba saliendo con la Dani —continuó Sebastian, soltando una risita desganada al recordar a su amiga—, pero siempre me gustaste. Cuando lo negué después, lo hice para que pudieras estar tranquilo con Felipe, sin que pensaras que por mantener nuestra amistad yo podría seguir enamorándome de ti. Porque así fue. Me daba mucha pena verte con Felipe, y que él fuera tan pesado conmigo no facilitaba las cosas. Me caía pésimo.
Rubén sintió algo de culpa cuando Sebastian mencionó a Felipe. A pesar de que habían peleado, no tenía claro si seguían pololeando, o si volverían a hablar en algún momento.
—Y no quiero que suene como que me estoy haciendo el mártir o algo por el estilo —continuó Sebastian—, pero es la verdad. Al final intenté dejarte ser feliz, viviendo tu vida, tu sexualidad con alguien que estaba en tu misma sintonía. No quería arrastrarte con mis trancas de no saber qué me gusta, o por ser un fracasado sin futuro…
—Seba —lo interrumpió Rubén—, ¿de qué trancas hablas? Tenemos dieciocho años. Ambos estamos recién descubriendo que nos gustamos. Yo quizás lo acepté un par de meses antes que tú, pero no estoy mucho más avanzado. Yo sé que quizás tú lo tienes más difícil por tu viejo que es un conchesumadre, pero conmigo no tenías que fingir —a Rubén se le quebró la voz, y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas—. Lamento tanto que no hayas sentido la confianza o comodidad de contarme todo esto antes, sabiendo que yo estaba pasando por lo mismo. Nos pudimos haber evitado tanto daño.
—Lo sé Rube —Sebastian bajó la vista, avergonzado—, pero en mi mente era lo más lógico que tenía que hacer. Lo mismo al final, cuando me fui. Pensé que, si cortábamos todo tipo de relación, tú podrías enfocarte en realizar tu vida tranquilo, sin pensar en mí, sin tener que esperarme…
—Éramos amigos Seba —lo interrumpió Rubén—. No tenías que ocultarme nada. Podías confiar en mí. Podías decirme “vive tu vida sin preocuparte por mí, sin preocuparte porque me estoy perdiendo momentos importantes” o algo así. No tenías que decirme todas esas cosas hirientes para cortar nuestra amistad.
Rubén sintió que por fin estaba enfrentando el dolor que le había provocado Sebastian cuando se fue. A pesar de que sus intenciones habían sido buenas, sí le provocó mucho daño.
—Perdón, Rube —le dijo Sebastian, cabizbajo, con una lágrima colgando de la punta de su nariz—. Yo sé que te dañé por todo lo que hice, no soy un santo. Si no me quieres volver a hablar, lo entiendo. Sinceramente, creo que ni siquiera merezco que me perdones, la verdad. Pero tenía que decírtelo todo, así al menos podrías seguir odiándome en base a la realidad.
El silencio dominó la interacción entre ambos durante un par de minutos, donde ninguno atinó a decir o hacer nada, dejando que las últimas palabras calaran hondo en sus mentes.
—Te odié, ¿sabes? —dijo finalmente Rubén—. Cuando te fuiste. Estaba dolido, destruido. Por eso te odié, porque no tenía sentido que te enojaras tanto por no haber ido a tu fiesta de despedida. No te odié al punto de desearte mal o que te pasara algo en el regimiento —repuso—, pero sí te guardé rencor por mucho tiempo…
—¿Hasta cuándo me guardaste rencor? —preguntó Sebastian.
—Hasta que te vi hace una hora en el cementerio —Rubén respondió aguantando una sonrisa—. Llegaste en el momento perfecto. Todos estos meses me imaginé cómo iba a reaccionar cuando volvieras, asumiendo que volverías queriendo hablar conmigo, y siempre pensé que te iba a gritar, que te iba a empujar, que no iba a dejar que me explicaras nada —Rubén soltó una risita avergonzada—. Llegaste justo cuando no tenía energía para nada de eso, y justo cuando más te necesitaba.
La pareja de amigos se dio un fuerte abrazo, sellando finalmente el reinicio de su amistad después de la pausa forzada por Sebastian.
—Una última cosa —le dijo Sebastian al oído—. Perdón por el beso que te di en el cementerio. Me sobrepasé, me aproveché de la situación, y lo hice sin siquiera preguntarte…
—Disculpa aceptada —respondió Rubén, interrumpiéndolo con una sonrisa.
Si bien, no le había molestado el beso, le generó incomodidad que lo haya mencionado ahora con la mente fría, porque no tenía claro cuál era su situación sentimental con Felipe. Hasta no aclarar eso, prefería mantener cierta distancia y evitar acciones que pudiesen seguir agrandando su cartel de infiel.
Sebastian se puso de pie y ayudó a Rubén a hacer lo mismo antes de pasarle las muletas, y comenzaron a caminar rumbo al paradero para tomar la micro que los llevaría hasta sus hogares, mientras el último rayo de sol se escondía en el horizonte detrás del mar.
El corazón de Rubén latía con velocidad por la ansiedad de enfrentar a su padre después de la discusión que habían tenido.
Al llegar a su casa junto a Sebastian, se dio cuenta que su padre estaba sentado en el sillón del living conversando con Felipe.
Ambos se pusieron de pie al verlos llegar, y Rubén se apresuró a acercarse a su padre para darle un abrazo.
—Perdóname papá —le dijo, aguantando las ganas de llorar—. No fue mi intención decirte todo eso… no sé por qué lo dije.
Jorge tomó la cabeza de Rubén entre sus manos con delicadeza y lo miró directamente a los ojos.
—¿Estás bien ahora? —le preguntó, y Rubén asintió luego de dudar su respuesta una fracción de segundo—. Necesito que me cuentes todo lo que te pasa —le exigió—, pero primero Felipe necesita hablar contigo también.
Rubén miró a Felipe, que lo saludó con una sonrisa cálida. No se veía molesto, sino cansado.
—¿Te parece si conversamos afuera? —le preguntó Felipe, y Rubén asintió—. Muchas gracias Jorge, por todo —le dijo dándole una mano, a modo de despedida, y luego saludó a Sebastian con un gesto del mentón.
Rubén salió de la casa con ayuda de sus muletas, y Felipe lo imitó. Como si le leyera la mente a Rubén, Felipe lo ayudó a sentarse en la solera y luego se sentó a su lado, acomodando las muletas en el espacio entre ambos.
—¿Estás bien? —le preguntó Felipe, con cortesía. Rubén asintió, sonriendo incómodamente—. Tu papá estaba preocupado. Me llamó para preguntar si estabas conmigo y bueno, tuve que venir a ver si podía ayudar en algo.
Rubén no quería hablar mucho. Sabía que lo que conversaran en ese momento sería el fin de su relación, y temía enfrentar ese momento.
—Rubén, si no te molesta, voy a hablar yo primero para explicarte todo lo que ha pasado con nosotros desde mi perspectiva, y después tú me podrás decir todo lo que me tengas que decir —Rubén asintió ante las palabras de Felipe, y su pololo comenzó a hablar—. Siento que hace meses nuestra relación no está siendo sana para ninguno de los dos, y siento… sé que todo es mi culpa.
Rubén con lágrimas en los ojos lo miró para interrumpirlo y decirle que no era solo su culpa, pero Felipe le tomó la mano suavemente para que no dijera nada. Le sorprendió ver que Felipe también tenía el rostro empapado con lágrimas, pero no lo demostraba a través de su voz.
Al ver llorar a su pololo, a Rubén se le partió el corazón.
Siempre había visto a Felipe como alguien fuerte emocionalmente, una figura impenetrable, casi sin emociones. Y ahí estaba ahora, llorando frente a él, seguramente destruido por descubrir su infidelidad.
Rubén cerró los ojos para no seguir viéndolo llorar, y aguantó su propio llanto para no llamar la atención.
Felipe lo abrazó de costado, acariciándole el pelo, lo que le entregó el confort a Rubén para permitirse llorar tranquilamente.
—Se me hizo bastante claro el otro día, cuando me quedé a dormir contigo en tu casa. Ahí me di cuenta de dos cosas —continuó Felipe—. En primer lugar, me di cuenta que tenías un chupón en el cuello, dándome a entender que probablemente habías estado con alguien más en esos días —Rubén bajó la mirada, avergonzado—. Cuando lo vi, ni siquiera me enojé contigo; no te culpo, de hecho. Al final, siento que lo hiciste porque no te estaba entregando honestidad.
—Te quiero ofrecer disculpas por haberte ocultado todo lo que había pasado con mi papá —continuó Felipe—. Preferí en un inicio pasar por eso yo solo, sin involucrarte a ti. Pensé que podía hacerlo. Hubo un momento en que de verdad necesitaba contártelo. Estaba muy vulnerable. Pero finalmente no pude acudir a ti porque justo fue después del accidente y querías estar solo —le contó, con la voz apagada—. El universo tiene un humor muy macabro. Sentí que eso fue una señal de que debía seguir guardándome ese proceso solo para mí. Tenía que lidiar con eso yo solo, como siempre he tenido que hacer desde que mis viejos me echaron. Después cuando finalmente mi viejo murió, preferí no contártelo porque pensé que podría afectarte puntualmente, por lo de tu mamá.
Rubén levantó la cabeza para mirarlo a los ojos después de que Felipe mencionara a su madre.
—No tenías que pasar por eso tú solo —le dijo Rubén, apenado—. Se supone que para eso están los pololos, para acompañarse en las buenas y en las malas —le reprochó.
—¿Así como tú me contaste altiro todo lo que pasó con Sebastian cuando se fue? —respondió Felipe, con tono tranquilo.
—Yo también me equivoqué mucho, Felipe —admitió Rubén, entre lágrimas—. Sé que no estoy en posición de sacarte nada en cara. Todo lo que te dije hoy lo dije para evitar admitir mis faltas. Fui un pésimo pololo por… hacer lo peor que alguien le puede hacer a su pareja. Perdón…
Felipe volvió a abrazar a Rubén, como para indicarle que lo perdonaba por su infidelidad.
—Ni siquiera te he preguntado cómo estás con todo lo de tu papá —continuó Rubén.
Felipe soltó una risita desganada.
—Siento que no sé cómo sentirme —respondió Felipe con lentitud, buscando las palabras para definir su estado—. Siento que ya lloré su pérdida cuando me echaron de la casa, hace años. También hace unas semanas, cuando fui a verlo al hospital. Estaba en su lecho de muerte y aun así no quiso que me acercara.
Rubén se volteó a ver a Felipe porque le pareció escuchar que se le quebró la voz, pero tenía la misma expresión tranquila de siempre.
—Estaba con el pastor de su iglesia —continuó—. Le dijo que si yo me acercaba podía arruinar sus posibilidades de irse al cielo, así que le hicieron caso.
Rubén rompió en llanto por lo que acababa de escuchar. No podía creer que una persona fuera así de indolente con su propio hijo, aun cuando se encontraba a punto de morir.
—Me fui de ahí —siguió Felipe—. Estaba furioso. Solo quería arrancar de ahí y llorar. Te necesitaba en ese momento, para desahogarme, para liberar toda la pena y rabia y culpa que tenía dentro, pero no pude. Tu papá me dijo que habías pedido estar solo, para descansar bien después del accidente, y lo entendí.
—Perdóname —murmuró Rubén, con los ojos llenos de lágrimas aún.
—No —Felipe soltó una risita—, no tienes que disculparte. Me pude desahogar con Roberto, así que no te preocupes. Después cuando me dijeron que había muerto, preferí no pensar en eso. Me enfoqué en mantener la mente ocupada, y sobre todo no quise contarte porque pensé que, con el accidente, podrías preocuparte mucho por mí y dejar de preocuparte de tu recuperación.
—No tienes como saber eso —le reprochó Rubén.
—Te conozco Rubén, aunque ahora último pareciera que somos dos desconocidos. Sé que harías de todo por tratar de ayudar. Además, sentí que al ser un tema sensible, la pérdida de un padre, podría afectarte emocionalmente también.
Rubén bajó la mirada y sintió profunda pena. Nunca pensó que la muerte de su madre podría jugar un rol en el término de su pololeo.
—No deberías asumir ese tipo de cosas —dijo Rubén, intentando dominar su voz.
—Lo sé, pero mi mente funciona así —se justificó Felipe—. Trato de ser más lógico.
—¿Cómo estás ahora? —le preguntó Rubén, después de varios segundos en silencio—, ¿fuiste al velorio o algo?
Felipe negó con la cabeza.
—Fui al cementerio eso sí —respondió— Pensé que me iba a afectar más, que me iba a deshacer en llanto, pero no fue así. En ese momento estaba vacío. No sentía nada.
—Quizás aún tienes esa pena adentro —pensó Rubén en voz alta.
Felipe se encogió de hombros.
—Lo único que importa es que estoy aquí, listo para asumir la consecuencia de mis actos. Finalmente, creo que no somos compatibles, Rubén —le dijo Felipe—. Nos hacemos mal el uno al otro.
—Yo nunca te quise hacer daño —lo interrumpió Rubén, con pena.
—Si sé, yo tampoco —coincidió Felipe—. Pero creo que por algo hacemos las cosas que hacemos —Felipe dio un largo suspiro, resignado—. Lo segundo que me hizo darme cuenta de que no estábamos funcionando, y quizás nunca debimos estar juntos, fue cuando me contaste la verdad de cuando Sebastian se fue, que se enojó contigo porque te perdiste su carrete de despedida, y lo mucho que eso te afectó todo este tiempo. Sentí que fue mi culpa. Sé que fue mi culpa.
Rubén lo quedó mirando confundido. ¿Por qué pensaba que era su culpa?
—Yo no quería que fueras a ese carrete —le explicó—. Tenía el presentimiento que Sebastian podría intentar algo contigo. Siempre me dio la impresión que tú le gustabas, así que quise evitar que eso pasara. Por eso intenté dejarte lo más cansado posible, primero con el entrenamiento y luego con el sexo, para que te quedaras dormido. Y funcionó —terminó de contar con vergüenza.
—¿Hiciste eso a propósito? —Rubén no podía creer lo que Felipe le acababa de contar. Todo lo que había sufrido los últimos meses por la partida de Sebastian se debía en parte a que Felipe activamente intentó evitar que asistiera a la fiesta.
Miró sorprendido a Felipe, cortando todo contacto físico con él.
—No estoy orgulloso de haberlo hecho —continuó Felipe—. De hecho, lo había olvidado hasta que lo mencionaste ese día, y lo mucho que te había afectado la partida de Sebastian. Por eso tomé la decisión de terminar esto. No es sano lo que te hice. No mereces que te haya hecho eso.
—Ni yo lo merecía ni Sebastian —aclaró Rubén, serio.
Rubén podría haberse molestado más con la revelación de Felipe, pero no lo hizo porque no tenía la energía para enojarse. Estaba demasiado agotado por todo lo que había pasado, y el haber estado llorando casi toda la tarde lo había drenado por completo. Además, no podía culpar a Felipe por la reacción de Sebastian, sobre todo ya conociendo la versión de su amigo.
—Si, él tampoco —coincidió Felipe, dando un suspiro.
Rubén volvió a mirar el asfalto de la acera y apoyó su cabeza en el hombro de Felipe.
—Yo no busqué meterme con alguien más —quiso aclarar Rubén—. La culpa por haberlo hecho siento que me estaba destrozando por dentro.
—Estoy seguro que sí, Rubén —le dijo Felipe—. Eres un buen chico, que lamentablemente por consecuencia de nuestro pololeo hiciste cosas que no deberías…
—Pero no fue solo por nuestros problemas —lo interrumpió Rubén—. Tenía muchas cosas en la cabeza en ese momento, nuestras discusiones, todos los dolores desde el accidente, el recuerdo del enojo de Sebastian, el copete que tomé…
Felipe se rió desganado con las razones de Rubén.
—Todo es mi culpa, Rubén —insistió—. Te dolía todo por el accidente, que lo tuviste después de que conversamos esa noche. El enojo de Sebastian fue por mi culpa, como te dije recién.
Rubén bajó la vista porque sabía que su pololo tenía razón. En el fondo, efectivamente la mayor parte de sus problemas podían tener su raíz en su relación con Felipe.
—Por eso siento que lo correcto que debo hacer es pedirte que terminemos nuestra relación, antes de que termine arruinándote aún más.
Rubén levantó la mirada y lo vio nuevamente, con los ojos llorosos.
—No llores —le dijo Felipe, soltando una risita y limpiándole las lágrimas del rostro con sus dedos.
—No me hagas llorar, entonces —le dijo Rubén, cerrando los ojos y dejándose abrazar por Felipe—. Me da pena. A pesar de todo lo que dijiste, que creo que tienes razón, eres mi primer pololo, y siempre vas a ser mi primer pololo. Te amé mucho, y fui muy feliz el tiempo que estuvimos juntos…
—Casi todo el tiempo —lo interrumpió Felipe.
—Casi todo el tiempo —coincidió Rubén, riéndose—. Me enseñaste mucho sobre esta nueva realidad para mí de ser gay, de cómo enfrentarme con eso al mundo, y a cómo defenderme…
—Sirvió el entrenamiento —comentó Felipe, palpando sus bíceps.
—No solo eso —lo corrigió Rubén—. Me refiero a todo. Me enseñaste a estar orgulloso de ser quien soy. Me hiciste sentir visto, querido y deseado, y creo que nadie me había hecho sentir así antes —Rubén hizo una pausa dando un suspiro y luego continuó—. Me equivoqué recién cuando dije “Te Amé”, en pasado. Te amo Felipe, y creo que eso no va a cambiar, aunque dejemos de ser pololos. Siempre vas a tener un lugar especial en mí.
—Yo también te amo, Rubén —le dijo su ex pololo con lágrimas cayendo por su rostro, finalmente con un leve quiebre en la voz—. Simplemente no fue nuestro tiempo.
A Rubén le sorprendió que Felipe usara finalmente el verbo amar, ya que siempre había evitado usarlo, con él al menos. Siempre le decía que lo “quería”.
Felipe se puso de pie y ayudó a Rubén a hacer lo mismo. Le dio un último abrazo y le dio un último beso en los labios.
—Igual, si quieres seguir entrenando, no pienses que por haber terminado no puedo seguir haciéndolo —le dijo Felipe—. Las puertas de la casa siempre van a estar abiertas.
—Lo mismo digo —respondió Rubén con una sonrisa.
La expareja se separó, y Felipe ayudó nuevamente a Ruben a llegar hasta la puerta de la casa, cerró la reja por fuera, y se fue rumbo a tomar el transporte público.
Rubén lo vio desaparecer al doblar en la esquina, y luego abrió la puerta de su casa y se entró.
Cuando entró a la casa, Rubén vio que Sebastian estaba en la mesa del comedor tomando té junto a su padre.
Se acercó a ellos, buscando la mirada de su padre, para ver si notaba algo de enojo o rencor. Obviamente no había nada de eso en su mirada.
—¿Todo bien? —le preguntó su padre.
Rubén asintió con una sonrisa, intentando demostrarle que estaba bien, pero no pudo mantenerle mucho rato la mirada, así que la bajó.
—Voy a pasar a ducharme, si no les molesta —anunció Sebastian, poniéndose de pie, y Rubén lo miró extrañado.
—Sebastian va a quedarse a dormir —le informó Jorge a Rubén, poniéndolo en contexto—. Va a usar la habitación de Darío.
Rubén sonrió para mostrar que estaba de acuerdo, y se sentó a la mesa al lado de su papá, donde estaba su taza sin usar esperándolo.
—Papá, te quería pedir perdón por lo que te dije temprano —comenzó a decir Rubén, apenas quedaron a solas, con la voz temblorosa—. No debí haberlo dicho… ni siquiera sé por qué lo dije…
Jorge puso su palma derecha sobre la mano derecha de Rubén que la tenía sobre la mesa.
—No tienes que pedir perdón, hijo —le dijo su padre, intentando darle tranquilidad—. No estoy molesto por lo que dijiste temprano, pero sí estoy muy preocupado por ti.
Rubén se llevó la mano izquierda a la cara para cubrir su llanto.
—¿Qué fue lo que te pasó? —le preguntó Jorge, con la calidez de un padre.
—Tenía muchas cosas en la cabeza —respondió Rubén, intentando dominar su voz—. Estaba mal… pero ahora con el Seba de vuelta creo que estaré mejor.
Jorge bajó la vista, como pensando en las palabras adecuadas para decir a continuación.
—¿Alguien te hizo daño? —quiso saber su padre.
Rubén evitó el contacto visual con su padre mientras pensaba su respuesta en una fracción de segundos.
—No —respondió negando con la cabeza, convencido de su respuesta.
Si bien, todo lo que había pasado en el último tiempo a la larga le hizo daño, lo que lo llevó a actuar de esa manera con su padre, no sentía que alguien en específico lo haya dañado directamente. Sentía que todo se debía a la sumatoria de situaciones.
—Tu estado emocional o psicológico no debería depender de una persona, en este caso Sebastian —le dijo con delicadeza—. Quizás no lo notes ahora, pero las cosas que te hicieron actuar así hoy en la tarde siguen ahí dentro tuyo, tienes que aprender a lidiar con esas cosas.
Rubén asintió, limpiándose las lágrimas del rostro.
—Si sé, pero siento que de ahora en adelante voy a estar mejor —respondió Rubén, intentando darle tranquilidad a su padre.
Jorge lo miró y soltó una sonrisa con algo de orgullo.
—Estos últimos años me has demostrado que eres mucho más fuerte de lo que uno como padre podría pensar —le dijo Jorge—. Siempre dicen que para los padres siempre van a ver a sus hijos como cuando eran pequeños, pero tú has tenido que pasar por mucho sufrimiento y siempre saliste adelante solo, casi sin ayuda.
Rubén sonrió con las palabras de su padre, sonrojado.
—Pero siento que como tu padre no puedo dejar que sigas enfrentando la vida sin ayudarte —continuó—. Voy a buscar una consulta con un Psicólogo para que puedas hacer terapia. Es algo que debí haber hecho hace mucho tiempo…
—Pero papá, no lo voy a poder pagar por mucho tiempo, me echaron de la pega —le informó Rubén.
—Yo te lo voy a pagar, no te preocupes. Es mi responsabilidad, y como te decía, debí haberlo hecho hace mucho tiempo.
A Rubén le daba vergüenza admitir que necesitaba terapia psicológica para superar lo que estaba viviendo, pero prefirió confiar en el criterio de su padre que, al fin y al cabo, era el adulto responsable y siempre iba a querer lo mejor para él.
Jorge se puso de pie para darle un abrazo a Rubén, y Rubén hizo lo mismo para recibir el abrazo de su padre.
—¿Estabas así porque Sebastian no estaba acá? —le preguntó Jorge a Rubén al oído.
Rubén asintió, sin cortar el abrazo de su padre.
—En parte, sí —respondió, sin entrar en mayores detalles.
—¿Está todo bien con Felipe?
Rubén negó con la cabeza.
—Acabamos de terminar —le informó Rubén.
—Si quieres hablar al respecto, tú sabes que puedes contar conmigo.
Rubén asintió nuevamente, pero solo para darle a entender que lo sabía, y tenía claro que su padre entendió.
—Quizá más adelante —respondió, separándose de su padre y mirándolo a los ojos.
Le daba vergüenza contarle todos los problemas que había tenido con Felipe, y mucho más contarle que le había sido infiel a su pololo.
Padre e hijo se sentaron nuevamente a seguir tomando té, mientras Rubén le contaba cosas que se sentía cómodo compartiendo, como las razones de su despido del trabajo.
Al terminar de comer, Rubén levantó la mesa, lavó la loza y se fue a recostar a su pieza, mientras su padre salía al patio a fumar. Estaba realmente cansado, y sentía un dolor de cabeza insoportable después de haber pasado prácticamente todo el día llorando.
Con la puerta abierta de su pieza, vio a Sebastian salir del baño con la toalla atada a la cintura para luego encerrarse en la habitación de su hermano.
Rubén se fue al baño igualmente y se dio una ducha con agua tibia, para limpiar todas las malas emociones que sintió durante el día.
Tras salir de la ducha con su toalla en la cintura, se cruzó con Sebastian en el pasillo, quien le miró el torso desnudo por un par de segundos, y luego al darse cuenta de su indiscreción corrió la vista, avergonzado.
—¿Querías usar el baño? —le preguntó Rubén.
—Si, pero puedo esperar —respondió Sebastian, incómodo.
—Está desocupado, justo salí.
Rubén se rió por la incomodidad del momento, como si fueran dos desconocidos. Luego notó que Sebastian le estaba mirando los moretones del hombro, y se los cubrió con vergüenza.
Sin decir mucho más, fue directo a su habitación a vestirse.
Al rato, sintió que golpearon la puerta de su dormitorio, e indicó que ingresaran. Sebastian asomó su cabeza por el borde de la puerta y le sonrió tímidamente.
—¿Tienes un minuto para hablar? —le preguntó su amigo.
—También iba a ir a tu pieza a hablar —le dijo Rubén, indicándole que se sentara en la cama a su lado.
—¿Cómo te fue con Felipe? —le preguntó Sebastian, con mucho más cuidado del necesario.
—Terminamos —respondió Rubén—. Resulta que quería terminar conmigo hoy en el almuerzo, pero no tuvo la oportunidad de hacerlo.
Sebastian bajó la mirada, pero no dijo nada. Rubén sabía qué estaba pensando.
—Era lo mejor para ambos. Simplemente no funcionamos juntos —continuó Rubén.
—¿Estás bien? —le preguntó Sebastian con cautela.
Rubén asintió y le sonrió para darle la tranquilidad de que hablaba en serio. Pensó por un par de segundos si contarle que Felipe lo había cansado a propósito para que se quedara dormido la noche del carrete de despedida, pero finalmente prefirió omitir la información. Sabía que Sebastian no tenía muy buen concepto de Felipe, y eso solo profundizaría su opinión de él.
—¿Qué se supone que debe hacer uno cuando termina un pololeo? —le preguntó Rubén, apelando a la experiencia de su amigo.
—Te comes a alguien más por despecho —respondió Sebastian, con picardía.
Rubén se rió genuinamente.
—¿Tienes a alguien en mente? —le preguntó Rubén, haciendo un esfuerzo para sonar coqueto.
—Te puedo recomendar a alguien.
El tono que usó Sebastian le recordó a Rubén cuando se ofreció a hacerle clases de seducción, con una confianza y seguridad que pensó que había perdido con el tiempo.
—¿No vas a ir a tu casa? —le preguntó Rubén, cambiando el tema. Se había puesto nervioso con la dirección que estaba tomando la conversación.
—¿Me estás echando? —contra preguntó Sebastian con sarcasmo, aunque visiblemente notó la intención de Rubén.
—No es eso. Es que no entiendo por qué te quedarás a dormir acá. No es que te quiera correr, pero siento que no me has contado nada de ti —se justificó Rubén.
—¿Cómo que nada? Te declaré mi amor incondicional, ¿te parece poco? —Sebastian se veía algo avergonzado.
—A lo que me refiero, es que no me has contado nada de lo que has vivido este tiempo. Ni siquiera me has dicho por qué estás aquí. Pensé que estarías todo el año en el servicio —fundamentó Rubén.
Sebastian dio un suspiro, resignado a tener que contar esa parte de su experiencia.
—Empezaron los permisos de salida de fin de semana en el Servicio, así que vine a verte, pero no pienso volver a mi casa —le contó—. La última vez que vine le terminé diciendo a mi viejo que soy… gay.
Rubén quedó con la boca abierta por la sorpresa de lo que acababa de oír. No solo la sorpresa de que Sebastian le haya contado a su padre, sino que se identificase como gay, igual que él.
Si bien temprano le había dicho todo lo que sentía por él, en la mente de Rubén eso no significaba necesariamente que fuera homosexual como él. Podía haber sido una atracción solo por él, podía ser bisexual, después de todo, había tenido muchas pololas.
—¿Por qué le contaste? —le preguntó Rubén, eligiendo qué quería saber primero.
—Por el estrés del momento —respondió Sebastian—. Ese día llegué a tu casa, y justo llamaron a tu viejo diciendo que habías tenido un accidente, y apareció mi viejo cuando íbamos saliendo, y me hizo entrar a la casa. Yo estaba muy preocupado por ti y, con mi viejo presionándome por haberme arrancado del regimiento, finalmente se me salió.
—¿Y qué te dijo tu viejo? —quiso saber Rubén.
—No alcanzó a decir mucho. Justo llegaron los milicos a buscarme —Sebastian dio un suspiro y luego continuó—. Creo que si no hubiesen llegado en ese momento, quizá me hubiese sacado la chucha.
Rubén miró a su amigo con pena. Tenía claro que él era un privilegiado por tener a su padre y que lo haya aceptado tal como era, y tenía claro también el tipo de persona que era el progenitor de su amigo, que fue capaz de enviarlo al servicio militar contra su voluntad.
—¿Y lo eres realmente? —preguntó Rubén con cautela.
—Me queda claro que todo lo que te dije hoy te entró por un oído y te salió por otro.
—No es eso —lo interrumpió Ruben—. Que tengas esos sentimientos por mí no significa automáticamente que seas gay.
—¿Ah no? De haberlo sabido antes no me habría hecho mierda la cabeza con tantas preocupaciones —comentó Sebastian con sarcasmo, acomodándose en la cama, sentado con la espalda apoyada en la pared.
—Existe la bisexualidad —le respondió Rubén—. Puede que lo tuyo sea algo que te pasa solo conmigo, con ningún otro hueón, algo así como por la conexión emocional que tenemos…
Sebastian negó con la cabeza.
—No creo que sea bisexual —admitió con algo de vergüenza—. Rube, lo que he sentido contigo, con tus besos, nunca lo sentí con la Dani o con las otras minas con las que pololié.
Rubén se sonrojó con las palabras de su amigo.
—¿Y con otros chicos?, de seguro en el regimiento conociste a alguien que te gustara si es que eres realmente gay —preguntó Rubén, intentando desviar un poco la conversación para evitar la ansiedad que le producía que Sebastian siguiera hablando de lo que sentía por él
—Conocí muy buenos amigos. Uno de ellos es… como nosotros.
—¿Por qué hablas como en clave? —preguntó Rubén riéndose, y luego bajó la voz con complicidad—. Igual este es un lugar seguro, para que sepas. No te voy a discriminar.
—Es la poca costumbre —se excusó Sebastian, avergonzado.
—¿Y pasó algo con este amigo que mencionas?
Sebastian negó con la cabeza.
—Creo que nunca lo vi a él de esa manera —respondió Sebastian.
—¿A él te referías cuando dijiste que podías darme un dato de alguien para superar a Felipe? —bromeó Rubén, mientras se recostaba en la cama, apoyando la cabeza en la almohada.
—¿Cómo supiste? —respondió con tono irónico.
Ambos muchachos se quedaron en silencio un par de segundos, momento en el cual Sebastian imitó a Rubén y se recostó a su lado, quedando mirándose frente a frente.
—Extrañaba esto —le dijo Sebastian, sin atreverse a hacer contacto físico—. Te extrañé.
—Yo también —respondió Rubén, mirando a los ojos a Sebastian.
Rubén recordó cada momento en que estuvo así de cerca físicamente con Sebastian, deseando tener la certeza que tenía ahora de que su amigo tenía los mismos sentimientos que él. En su mente se imaginó que lo besaría con locura, y que sus besos rápidamente los llevarían a algo más, pero estaba demasiado cansado emocionalmente como para hacerlo en ese momento.
Sebastian, por su parte, le devolvía la mirada a Rubén, sin querer pasarlo a llevar. Entendía que lo que había vivido recientemente su amigo lo tenía quebrado emocionalmente, y no quiso presionarlo o sobrepasar sus límites.
—¿Te acuerdas cuando te insistía que tenías todo para pinchar con la Maca? —le preguntó Sebastian de improviso.
—Siento como si hubiese sido hace tres vidas atrás —comentó Rubén.
—Te insistí como dos años con eso —comentó Sebastian, casi como pensando en voz alta—. Que estúpido fui —se rió.
—No tenías como saberlo —se rió Rubén.
—Soy demasiado estúpido. Era obvio —insistió Sebastian.
—No era obvio —Rubén se puso serio por medio segundo—. Al menos eso creo. Era tímido y no tenía idea de qué me gustaba. O quién me gustaba.
—Un hueon como tú, con esos ojitos lindos, con esos labios —Sebastian dijo, mirando fijamente los labios de Rubén—, y que todavía no daba su primer beso. Algo raro tenía que estar pasando. Con esa carita por la que imperios solían irse a guerra.
—Ya, basta —se rió Rubén—. Lo dices solo porque me quieres. Nadie se iría a guerra por mí, menos con esta cara con ojeras e hinchada por llorar todo el día.
—Hinchado y con ojeras sigues siendo el más hermoso de este imperio —insistió Sebastian.
—Este. Tú y yo —respondió Sebastian, con convicción— No necesitamos a nadie más.
Rubén sintió un disparo de adrenalina con las palabras de Sebastian.
—¿Eso te lo enseñaron en el Servicio? —le preguntó con ironía.
—Si, en la quinta instrucción —mintió Sebastian.
—No suena muy inteligente tener un imperio de dos personas. ¿No se supone que los números te dan fuerza?
—No subestimes nuestra inteligencia. Entre los dos tenemos todo lo que necesitamos. Con tu belleza y mi mente maestra conquistaremos el mundo —Sebastian lo dijo con tono socarrón.
A Rubén le causaba gracia que en su mente los papeles de ambos eran todo lo contrario: Sebastian claramente era el apuesto y atlético, mientras que él solía ser más aplicado en los estudios y le iba bien académicamente.
—¿Estás diciendo que soy el tonto del imperio? —pregunto Rubén, fingiendo sentirse ofendido.
—Bueno, podemos ser los dos los inteligentes —se corrigió Sebastian—. Pero tú si eres la belleza.
—Pero siempre va a haber uno más inteligente que el otro. Eso hace que automáticamente el otro sea el tonto del imperio —argumentó Rubén.
—¿Cómo vas a ser el tonto del imperio? —se rió Sebastian.
—¡Porque somos solo dos personas! —respondió Rubén dejando en claro lo obvio.
—Bueno, los dos somos igual de inteligentes. Ni más ni menos que el otro —Sebastian tomó la decisión más diplomática.
—Nos van a invadir y conquistar a la primera —comentó Rubén resignado, y ambos rieron.
Después de las risas se quedaron ambos mirando en silencio por un par de segundos, hasta que Sebastian rompió el hielo.
—Igual me ofende que no hayas puesto en duda que eres la belleza y que yo automáticamente pasé a ser el feo de todo el imperio —comentó, mientras se volteaba dándole la espalda a Rubén, fingiendo indignación.
—Ya, no seas ridículo —le dijo Rubén riéndose, tirándolo del hombro para que se volteara nuevamente—. Eras el hueon más mino del liceo, ni cagando eres el feo de este imperio.
Sebastian siguió dándole la espalda hasta que Rubén intentó hacerle cosquillas. Riéndose, se volteó nuevamente y quedó frente a frente con Rubén, esta vez más cerca de lo que estaban antes.
—Estoy en la orilla —le dijo Rubén—. Me voy a caer.
—Aléjate de la orilla entonces —respondió Sebastian. Si bien, en otros tiempos lo habría dicho con soberbia, lo dijo esta vez algo atontado.
Rubén le hizo caso a Sebastian, y se acercó a él, mientras que Sebastian ponía su brazo alrededor de su cintura.
—Para que no te caigas —le dijo Sebastian en voz baja, mirándolo a los ojos.
Rubén se dejó abrazar por Sebastian, y se acercó lo más que pudo a su cuerpo, sintiendo la respiración de su amigo en su rostro.
Sebastian miró a Rubén con amor en sus ojos, como si no creyera que estuviera viviendo ese momento.
Rubén pasó su mano por el corto cabello de su amigo, y sintió como los pelos puntiagudos le pinchaban la palma de la mano y la yema de los dedos.
—Te ves bien con el pelo así —le comentó, mirando distraído la cabeza de su amigo.
—Si, seguro. Si ya me dijiste que soy feo —bromeó Sebastian.
Rubén en ese momento sintió un impulso de querer besar a su amigo, y lo hizo. Por un breve segundo el beso tomó por sorpresa a Sebastian, pero rápidamente lo respondió con pasión, liberando ese deseo que llevaba acumulado por meses.
Se besaron con una sincronización ideal, como si hubiesen estado destinados a hacerlo.
Sebastian pasó su mano por debajo del pijama de Rubén y le acarició la piel, mientras que Rubén con su mano le acariciaba el rostro a su amigo.
Por un breve segundo ambos separaron sus rostros y se dieron cuenta que ambos tenían lágrimas en el rostro.
—¿Por qué lloras? —le preguntó Rubén.
—Porque estoy feliz —respondió Sebastian, soltando una risita tímida—. Esperé este momento por mucho tiempo. No sabes cuánto.
—Creo que puedo hacerme una idea —replicó Rubén.
—¿Y tú por qué lloras? —contra preguntó Sebastian.
Rubén se encogió de hombros.
—Yo también quería esto, por mucho tiempo —respondió Rubén—. En un momento ya asumí que sería imposible, por como actuaste tú, por las decisiones que tomé yo… por todo lo que sufrimos negándonos y mintiéndonos…
—Pero ya no tenemos que seguir mintiéndonos, ¿o sí? —preguntó Sebastian mientras pasaba su dedo pulgar por las mejillas de Rubén para secar sus lágrimas.
Rubén negó con la cabeza.
—Ahora solo tenemos que enfocarnos en ser felices —respondió.
—Por dos días —agregó Sebastian, volviendo a besar a su amigo en los labios.
Sebastian se enderezó para quitarse la parte de arriba del pijama y Rubén lo imitó, quitándose también la parte inferior. Sebastian también lo hizo.
Al ver el torso desnudo de Rubén, Sebastian se sorprendió por lo tonificado que estaba, pero no dijo nada para no insegurizarlo, pero no pudo evitar fijarse en los moretones que tenía en los brazos.
—¿Qué te pasó? —le preguntó pasando sus dedos con delicadeza sobre los moretones.
—Un hueon de la u —respondió Rubén, avergonzado.
—¿Te pegó? —el enojo de Sebastian se plasmó en sus palabras.
Rubén negó con la cabeza.
—Es el hueón con el que cagué a Felipe —respondió Rubén, juntando su frente con la de Sebastian para evitar su mirada.
—¿Por qué te dejó así? —el rostro de Sebastian se debatía entre enojo y preocupación—. ¿Te obligó a hacerlo?
Rubén nuevamente negó con la cabeza.
—Ese era su… tema —explicó vagamente.
—¿Y tú querías? —Sebastian estaba confundido.
—No es que lo haya estado buscando activamente —respondió, eligiendo con cuidado sus palabras—. Pero cuando estuve en el momento, simplemente me dejé llevar.
Rubén se sintió avergonzado por contarle eso a Sebastian. Si bien, obviamente se lo iba a contar en algún momento, no pensó que lo tendría que hacer cuando descubriera sus moretones. El tono molesto de Sebastian no ayudó en disipar la vergüenza.
—¿Te duele? —le preguntó Sebastian, tranquilizándose un poco.
Rubén negó con la cabeza.
Sebastian le dio un abrazo, con la intención de demostrarle a Rubén que lo iba a proteger ante todo, y Rubén así lo sintió.
Se volvieron a besar brevemente antes de recostarse nuevamente en la cama, esta vez bajo las sábanas, quedando frente a frente.
Sebastian le acarició el rostro y lo miró con ojos enamorados.
—Te amo Rube —le dijo, con la voz débil, cansada.
—Yo también te amo, Seba —respondió Rubén, ya con los ojos cerrados, pero con una sonrisa.
Sebastian se acercó a darle un beso en la frente, y lo abrazó, acomodándolo para dormir entre sus brazos.
En pocos segundos y sin darse cuenta, ambos muchachos se quedaron dormidos.
Felipe llegó a la casa de Roberto, y por primera vez se encontró con la casa completamente sola. Si bien sentía que necesitaba conversar con Roberto y contarle todo lo que había pasado, agradeció poder estar solo y no verse obligado a interactuar por cordialidad con los padres de su hermano, a quienes, si bien les agradecía su hospitalidad y les guardaba mucho cariño, nunca les había contado todos sus problemas como hacía con Roberto.
Se acercó a la cocina, sabiendo que tenía que lavar la loza del almuerzo que le había preparado a Rubén. A pesar de que todo terminó en desastre, al menos su ex había disfrutado la comida.
Sentía raro pensar en Rubén de esa forma, como su expareja. Si bien, hace días había tomado la decisión de terminar la relación por el bien de ambos, de alguna forma el momento lo veía lejano, casi inalcanzable.
Amaba a Ruben (aunque no le gustara usar el verbo), y sentía genuinamente que su relación con él lo había cambiado. Ya no era el niño con inocencia en su mirada que a través de su inexperiencia le demostró que también merecía ser amado. La luz de sus ojos se había apagado, y tenía claro que era por su culpa.
Cuando terminó de lavar la loza y de limpiar el comedor y la cocina, se fue a su habitación y con la luz apagada se quitó la ropa y se acostó.
Se quedó con los ojos abiertos un par de segundos, los suficientes para fijarse que la luz de la farola de la calle iluminaba débilmente el velador junto a su cama, donde se veía un pequeño brillo: La argolla del llavero de Aslan que le había regalado Rubén le entregaba un destello de luz del pasado de su relación.
Felipe extendió el brazo y lo tomó con la mano. Acarició la pequeña figurita de león, mirándolo a la escasa luz, y comenzó a llorar, recordando los momentos que pasó junto a Rubén. Cuando le habló por primera vez en el baño del liceo, cuando lo encontró tirado en el patio del colegio y se preocupó tanto que lo cargó en brazos hasta la enfermería sin pedir ayuda en el camino, cuando bailaron juntos en la fiesta de graduación y cuando finalmente lo besó por primera vez en la playa esa misma noche.
El recuerdo de todos los momentos lindos que pasó con Rubén lo hicieron llorar con nostalgia, mientras presionaba el llavero en la mano y lo mantenía apoyado en su pecho.
Poco a poco, y casi sin darse cuenta, los recuerdos de Ruben se fueron mezclando con los sucesos del último tiempo, la noticia de la enfermedad de su padre, el accidente de Rubén, y finalmente la muerte de su padre.
Extrañamente, el haber terminado su relación con Rubén le hizo ver la muerte de su padre desde otra perspectiva. Si bien, a Rubén lo podía seguir viendo, e ir enmendando los errores que cometió a lo largo del tiempo, no podía decir lo mismo de su relación con su padre.
Ya no lo vería nunca más, y nunca pudo escuchar a su padre pedirle perdón, o escucharle decir que lo amaba, y retribuirle con las mismas palabras. El entendimiento de esta situación le generó una opresión en el pecho que lo hizo pensar que le estaba dando un infarto y que se iba a morir en ese preciso momento.
Felipe se comenzó a desesperar tanto que comenzó a gritar mientras lloraba, y solo así el dolor se aligeró por momentos.
Al darse cuenta de esto, siguió haciéndolo. Gritó y lloró en posición fetal en la cama hasta que no quedó más llanto dentro de él.
Pensó en su madre, que a pesar de todo lo que había pasado con la muerte de su padre, y la inminencia de su muerte, no fue capaz de dar su brazo a torcer y aceptarlo por quien era, sabiendo que quedaría sola, igual que él.
Felipe se dio cuenta que estaba completamente solo. Físicamente en el momento, porque no había nadie en casa, pero también metafóricamente en la vida. Tenía a Roberto, que sabía que su amor de hermano era incondicional, pero tarde o temprano podían separarse sus caminos, y quedaría completamente solo. De vuelta al nivel uno, como cuando sus padres lo rechazaron.
Poco a poco el llanto se fue aplacando, y como si con ello se le fuera la energía, Felipe se quedó dormido sin darse cuenta.
Felipe despertó al día siguiente cerca del mediodía. Le dolía todo el cuerpo, como si lo hubiese atropellado un camión, completamente agotado por las emociones liberadas el día anterior.
Se puso un buzo y una polera sencilla y bajó a la cocina a prepararse desayuno antes de ir a cumplir con su turno de las dos de la tarde.
Mientras esperaba que la cafetera estuviera lista, sonó el timbre de la reja de entrada.
Felipe se acercó a la puerta y se asomó por la ventana contigua y la imagen que vio lo sorprendió: estaba su madre esperando afuera de la reja.
Tomó las llaves de la casa de la mesita de centro del living, y salió a abrir la reja.
Su madre al verlo salir, se quitó los lentes, revelando una cara de angustia y los ojos rojos de tanto llorar, al parecer.
—Guille, hijo —le dijo ella, antes de cerrar los ojos como si estuviese aguantando un gran dolor.
—¿Qué pasó? —le preguntó Felipe serio, resintiendo que lo siguiera llamando por el nombre de su padre.
—Felipe —se corrigió la mujer, abriendo nuevamente los ojos para mirar a su hijo—. Perdóname por haberte rechazado por ser…
La mujer se abalanzó a su hijo para abrazarlo, aun incapaz de decir que su hijo era homosexual.
—¿Qué pasó? —le preguntó él, aun sin creer lo que estaba pasando.
—Soy una pésima madre —dijo ella—. Perdóname por haberte hecho eso, hijo. Ni siquiera me puedo llamar madre. Una madre no haría lo que hice. Lo que te hicimos con tu padre.
Felipe no dijo nada, simplemente le dio unas palmaditas en la espalda a su madre, atónito.
—Voy a entender si no quieres perdonarme —continuó la mujer—, pero quiero que sepas que ahora sí estoy dispuesta a aceptarte, como sea que elijas vivir tu vida.
Las palabras de aceptación (a su manera) de su madre, dejaron sin palabras a Felipe. Se pellizcó los brazos con tal fuerza que pensó que se sacaría partes de la piel, para convencerse que no estaba soñando.
Era la realidad. Su madre finalmente lo había aceptado. Justo cuando más lo necesitaba.
—Anoche tuve un presentimiento muy feo —le contó ella—, como si una parte de mi estuviera sufriendo, pero se sentía lejana. Como si yo supiera que el dolor era profundo, fuerte, pero lo sentía difuso, lejano.
Felipe sintió que era demasiado bueno para ser cierto, pero quiso permitirse por una última vez ilusionarse con recuperar una vida con su madre.
Rubén despertó esa mañana con dolor de cabeza insufrible. Las largas horas de llanto y litros perdidos en lágrimas le pasaron la cuenta.
Lo sorprendió despertarse solo en la cama, al recordar todo lo que había pasado con Sebastian la noche anterior, y extrañamente tuvo una sensación de culpa por haber estado besuqueándose con su amigo después de una hora de haber terminado su relación con Felipe, mientras él seguramente seguía lidiando con la pena de haber perdido a su padre y de su rompimiento.
Rubén sabía que tenía nula experiencia en el manejo de un quiebre amoroso, pero pensó que no era buena idea pasar de un rompimiento a una nueva relación en cuestión de horas. Tenía que permitirse procesar el fin de su pololeo. Su primer pololeo.
Soltó un par de lágrimas al darse cuenta de la crueldad del destino, de que cuando por fin podría estar con Sebastian, sin obstáculos de por medio, no podía hacerlo porque primero tendría que darse el tiempo de sanar.
Se secó las lágrimas y se levantó de la cama. Se puso su pijama y salió al comedor para encontrarse con Sebastian preparando el desayuno en una bandeja.
—Te iba a llevar el desayuno a la cama —le dijo Sebastian, saltándose el saludo de buenos días.
—No es necesario —le dijo Rubén soltando una risita, y se acercó a darle un abrazo de buenos días—. ¿Cómo dormiste?
—Mejor que nunca —respondió Sebastian, con expresión de plenitud—, ¿y tú?
—Siento que descansé como hace tiempo no lo hacía, pero ahora me duele mucho la cabeza —le contó Rubén.
—Quizás necesitas comer —le dijo Sebastian—, y mira qué coincidencia, te tengo listo los huevos revueltos y el pan tostado con mantequilla.
Rubén se rió por el ingenio de su amigo, y se sentó a la mesa mientras Sebastian le servía una taza de té.
—¿Sabes si mi papá salió? —le preguntó Rubén, irónicamente, a su huésped.
—Si, se fue al taller me dijo —respondió Sebastian—. Me vio justo cuando salí de tu pieza en la mañana —le contó con complicidad—. Me dio vergüenza.
Rubén se llevó las manos a la boca en señal de sorpresa.
—Nada. O sea, me miró feo, pero no me dijo nada. Quizá más tarde te dice algo a ti —supuso Sebastian.
—Espero que no me diga nada. Qué vergüenza —Rubén se sonrojó.
—Imagínate yo, que confió en mí y me dejó dormir bajo su techo ahora que no tenía donde ir —dijo Sebastian, con la mirada fija en la pared—. Traicioné su confianza.
—Ya dejemos de hablar de mi papá por favor —pidió Rubén, riéndose incómodo.
Ambos tomaron una rebanada de pan tostado y le pusieron el huevo revuelto preparado por Sebastian.
—¿Quieres que te traiga algo para el dolor de cabeza? —le preguntó Sebastian a Rubén, tomándole la mano que tenía sobre la mesa.
—No tenemos nada —respondió Rubén—. Voy a salir más rato y ahí compraré algo.
—A la casa de la Cata. Necesito pedirle perdón. Y después haré lo mismo con Marcos.
—¿Quieres que te acompañe? —le preguntó Sebastian.
Rubén se encogió de hombros.
—Si tú quieres —respondió sin darle mucha importancia.
Rubén se sentía un poco incómodo al ver a Sebastian siendo tan atento con él, después de lo ocurrido la noche anterior, y con las conclusiones alcanzadas hace unos minutos al despertarse.
—¿Qué piensas de lo que pasó anoche? —le preguntó Rubén a Sebastian de improviso.
La expresión de Sebastian tuvo un cambio milimétrico, como si una pared de defensa su hubiese derribado.
—¿La verdad, Rube? —quiso asegurarse Sebastian, y con la afirmación de Rubén, continuó—. Me encantó cada segundo. No tienes idea lo mucho que soñé por ese momento, incluso llegué a pensar que nunca podría ocurrir. Poder besarte, volver a reír contigo, llorar contigo —le dijo, con una mirada de ensueño—. Pero al mismo tiempo, no puedo dejar de sentir una espinita acá —se señaló el pecho—, siento que no debimos haberlo hecho. No debí haberlo hecho. Estabas muy vulnerable y, no sé, siento que todo lo que hablamos ayer, todo el tema con Felipe, todo el tema con el otro hueón de los moretones —brevemente se notó la rabia en su voz al aludir a Alvaro—. Creo que pudo ser mucho para ti.
Los ojos se le llenaron de lágrimas a Rubén, pero antes de que cayeran por su rostro, soltó una risita inocente.
—¿Qué pasó? —le preguntó Sebastian, inseguro si reírse con él o consolarlo.
—Es que creo que tienes razón —le dijo Rubén—. Cuando me desperté, tuve un sentimiento de culpa terrible. Me sentí pésimo por pasar de terminar mi pololeo con Felipe, a estar acostado en la cama besándote una hora después, siendo que él probablemente iba a estar solo en su casa, llorando por nuestro pololeo, y tratando de procesar que se murió su viejo. Felipe fue mi primer pololo, ha sido super importante en mi vida y en mi proceso de aceptarme a mi mismo, y no sé qué tan normal sea tener este sentimiento de culpa después de terminar con alguien, o cómo tengo que procesar esto. Siento que todo lo que pasó ayer fue demasiado… abrumante.
Sebastian asintió con lágrimas en los ojos cuando Rubén terminó de hablar.
—Rube, lo único que me importa es que estés bien, que seas el niño más sano y feliz del mundo —comenzó a decirle Sebastian—. Y si para que puedas alcanzar ese estado tengo que distanciarme de ti y esperar el tiempo que sea necesario, lo voy a hacer.
—Es fácil para ti decirlo, porque no tienes otra alternativa. Tienes que volver al servicio —comentó con ironía Rubén, y ambos se rieron.
—Igual tienes razón, a mi me toca la parte fácil —respondió Sebastian, tomándole la mano—. Tu vas a tener que enfocarte en procesar todo esto y sanar.
—Mi papá me dijo que me va a llevar al psicólogo —le contó Rubén—. Dijo que la forma en que reaccioné ayer le hizo darse cuenta que necesito aprender a lidiar con mis emociones.
—Tu viejo sabe mucho más de estas cosas que nosotros. Hazle caso. Yo feliz te ayudaría, pero creo que con mis anteriores pololas, nunca estuve realmente enamorado —admitió Sebastian—. Con ellas nunca sentí lo que siento contigo. Así que nunca me afectaron tanto los quiebres.
—Espero que nunca lo lleguemos a descubrir entre nosotros —le dijo Rubén, optimista, y Sebastian sonrió en respuesta.
Al dar por cerrado el tema, Rubén le preguntó formalmente a Sebastian si lo quería acompañar a disculparse con Catalina y Marcos. Si bien, sabía que a Sebastian le gustaría la posibilidad de reencontrarse con un amigo como Marcos, pensó que sería buena idea al menos para bajar un poco la predisposición de hostilidad que podría tener hacia él.
Como ninguno de los dos respondían a los llamados de Rubén, éste decidió que lo mejor sería ir a buscarlos a sus casas. Cuando no tuvo éxito en ninguno de los dos domicilios, Rubén asumió que podrían estar en la cafetería de la tía de Catalina.
Al llegar al lugar, Rubén notó que Marco estaba tomando el pedido a dos clientes que se encontraban sentados en una de las mesas del local.
Al verlo, Marco le devolvió la mirada con seriedad y siguió tomando la orden. Al cabo de un par de segundos, volvió a mirarlo, pero notó que Rubén estaba acompañado, y el rostro de le iluminó, e intentó esconder una sonrisa de felicidad.
Apenas terminó de tomar la orden, Marco se acercó a darle un fuerte abrazo a Sebastian, y se colgó de él como si fuera un futbolista profesional celebrando un gol con su compañero de equipo.
—¿Qué estás haciendo acá? —le preguntó Marco a Sebastian, aun abrazándolo—. ¡Estas pelado! —exclamó entusiasmado, pasando su mano por la cabeza de Sebastian, sintiendo los pinchazos de los cortos cabellos en crecimiento.
A Rubén le pareció tierna la reacción de Marco, pero no se permitió disfrutar viéndolo, porque estaba demasiado nervioso por el propósito de su visita. Buscó con la mirada a Catalina en el interior del local, pero no la divisó.
—Vine por el finde a ver al Rube, a verlos a todos —respondió Sebastian.
Marco cambió nuevamente su expresión para mirar a Rubén.
—No está la Cata —le dijo Marco, serio.
Si bien se mostraba serio, Rubén no sentía enojo o rabia de parte de Marco, sino algo peor. Y sus razones tenía después de lo pésimo que lo había tratado en los últimos meses.
—No vine solo por la Cata —le dijo Rubén—. También quería hablar contigo. Te quería pedir perdón. Fui un imbécil por cómo te respondí el otro día —Rubén dio un suspiro antes de continuar—. No. No solo por lo del otro día. He sido un pésimo amigo estos meses, pero el otro día creo que fue la gota que rebalsó el vaso para ti, y lo entiendo. No debí haber actuado así. No sé qué me pasaba… —Rubén volvió a tomar aire y las lágrimas comenzaron a caer por sus ojos—. Si sé lo que me pasaba, lo que estaba haciendo, solo que no supe cómo procesarlo, y me da vergüenza admitirlo pero…
—El Rube estaba mal —intervino Sebastian, como queriendo evitar que Rubén se sincerara por completo en ese momento—. Estaba destruido ayer cuando lo encontré. Lo estaba pasando mal.
El semblante de Marco cambió levemente, de seriedad pasó a preocupación.
—¿Estás bien? —le preguntó Marco, suavizando levemente su tono.
Rubén asintió secándose las lágrimas.
—No es a mí a quien le tienes que pedir perdón, Rubencio —le dijo finalmente Marco, dándole un abrazo.
Rubén se dejó invadir por el alivio que le entregó ese abrazo, y supo que estaría todo bien con su amigo.
—¿Sabes dónde está la Cata? —le preguntó Rubén, para continuar con su misión.
—Está atrás en la cocina —respondió Marco, algo incómodo por tener que admitir que les había mentido hace un par de minutos—. Puedes pasar.
Marco lo guió al interior, aprovechando que tenía que entregar la orden.
—Amor, dos sándwiches de pollo —le anunció mientras iba entrando—. Y un pavo que te viene a ver.
Catalina levantó la vista de la comida que estaba preparando para mirar a Rubén, mientras Marco volvía a salir al local para seguir conversando con Sebastian. Rubén solo le podía ver los ojos, ya que estaba usando malla en el cabello y mascarilla que cubría la mitad de su rostro, pero aun así notó que seguía enojada con él.
—¿Qué estás haciendo acá? —le preguntó ella, molesta.
—Venía a disculparme —respondió Rubén con un hilo de voz—. Vengo a disculparme.
—No puedes entrar acá. Solo el personal puede estar en las cocinas —le dijo ella, sin mirarlo, disponiéndose a preparar los sándwiches recién ordenados.
—¿Me puedes escuchar?, solo treinta segundos —le pidió Rubén, con la voz temblorosa.
Catalina no respondió, lo que Rubén interpretó como un sí.
—No debí haberte respondido así ese día, pero lo hice porque estaba muy avergonzado. Acababa de hacer algo que no debí haber hecho, y me arrepentí en el momento… me sentía sucio, asqueroso —si bien, Catalina no miró a Rubén mientras hablaba, Rubén notó que lo escuchaba atenta porque dejó de preparar la comida—. No debí haberte respondido así, porque sé que tú jamás me hubieses juzgado, pero estaba asustado…
—¿Qué hiciste, Rubén? —le preguntó ella, volteándose a mirarlo a los ojos, pero intentando mantener su postura de enojo.
—Le fui infiel a Felipe —respondió Rubén, avergonzado. Como un niño que teme que su madre lo vaya a retar—. No fueron solo besos, sino que todo lo demás.
Catalina lo miró seria, como pensando con cuidado las palabras a decir a continuación.
—¿Y eso te costaba tanto contarme? —le preguntó ella después de varios segundos de silencio—, ¿tanto que preferiste responderme mal y alejarme antes que confiar en mí?
—Estaba en shock —se justificó Rubén—. Tenía la cabeza hecha mierda, entre lo que acababa de hacer, que no era la primera vez, y todo lo que estaba pasando con Felipe, mi mente colapsó y te respondí de esa forma para evitar que siguieras preguntando cosas…
Rubén terminó de hablar y dio un suspiro. No se había dado cuenta en qué momento había empezado a llorar nuevamente, pero se percató solamente al sentir el sabor salado cuando una lágrima cayó en la comisura de sus labios.
—Perdóname, por favor —insistió Rubén, con la voz débil por el agotamiento emocional que le provocaba el rememorar todo lo que había pasado, y la acción misma de pedir disculpas—. Cuando más te necesitaba me faltaste, y yo sé que fue mi culpa, y tenías todas las razones del mundo para mandarme a la chucha, pero no quiero volver a sentirme así, solo.
Catalina cambió su expresión de seriedad y mostró lástima en su rostro. Se acercó a Rubén y simplemente le dio un abrazo.
—Lamento que hayas tenido que pasar por eso solo —le dijo ella al oído—. No quiero ser la hueona pesá, pero no deberías depender de la presencia de alguien más para estabilizarte. Tienes que aprender a trabajar tus emociones por ti mismo.
Rubén soltó una risita entre el llanto.
—Si sé —admitió, llevándose las manos a la cara para secar las lágrimas—. Mi viejo me dijo algo similar. Me obligará a ir al psicólogo.
—Por fin —comentó con sarcasmo Catalina—. ¿Qué te hizo quedar en ese estado tan… vulnerable?
Rubén dio un suspiro, pensando por dónde empezar.
—A ver, me peleé con Felipe, me lo cagué, me echaron de la pega, me volví a pelear con Felipe porque se dio cuenta de todo, y terminamos —le contó Rubén a modo de resumen.
Catalina lo miró boquiabierta de la impresión de todas las cosas que se había perdido.
—Tendrás que contarme bien todo lo que pasó, pero primero voy a terminar este pedido.
Catalina se fue a lavar las manos para continuar con la preparación, cuando ingresó Marcos con una nueva orden.
Finalmente, Rubén se quedó esperando en el comedor del local a que sus amigos terminaran sus labores, y cuando llegó la tía de Catalina con su primo, se sentaron los cuatro en el comedor a conversar y ponerse al día sobre sus vidas.
Mientras conversaban en la cafetería, Marco propuso hacer una pequeña junta en su casa, y aprovechar de invitar a Daniela, Macarena y algunos otros ex compañeros del liceo, aprovechando el regreso temporal de Sebastian.
—Ya po, si es la única noche que podremos juntarnos —insistió para convencer a Sebastian, en referencia a que tenía que marcharse al día siguiente.
Finalmente, Sebastian y Rubén aceptaron, y se dirigieron a la casa de Rubén a prepararse mientras dejaban en manos de Marco para invitar al resto de sus excompañeros, con el compromiso de juntarse a las ocho de la noche.
Por alguna razón, a pesar de que solo habían pasado un par de meses, Sebastian sentía como un recuerdo demasiado distante la compañía de sus excompañeros del liceo, como si no los hubiese visto hace años. Y producto de eso mismo, no sentía mucho entusiasmo en verlos.
Quizás el enfocarse mucho en los últimos meses en sus sentimientos por Rubén, y en querer recuperarlo, lo habían hecho dejar en el olvido al resto de sus amigos.
Cuando estaban llegando a la casa de Rubén, Sebastian divisó en la plaza a su hermana mientras jugaba a la pelota con un par de amigas. Le indicó a Rubén que siguiera su camino mientras él se quedaba a reunirse con su pequeña hermana.
—¡Prisci! —le gritó, contento.
Su hermana levantó la mirada y al reconocerlo corrió a abrazarlo.
—¿Qué estás haciendo acá? —le preguntó ella.
—Vine por el fin de semana —le respondió Sebastian—. Desde ahora en adelante podre venir más seguido quizás, y si no, podré usar el celular.
—¿Ya pasaste por la casa? —le preguntó Priscila, ilusionada.
Sebastian bajó la vista y negó con la cabeza.
—Este fin de semana venía con otra intención —respondió Sebastian, algo nervioso.
Si bien había pasado los últimos meses aceptando sus sentimientos por Rubén, y permitiendo de a poco que la gente a su alrededor se enterase paulatinamente, no sabía aun si contarle a su hermana.
Priscilla asintió con la cabeza, como entendiendo a qué se refería.
—¿El papá ha dicho algo sobre mí? —preguntó Sebastian, curioso sobre la actitud de su padre frente a la familia después de enterarse que él amaba a Rubén.
—El mes pasado escuché que le contó a mi mamá que te habías arrancado, pero cuando les pregunté no me quisieron contar, solo me dijeron que estabas bien allá —le dijo ella—. ¿Estabas bien?, ¿es cierto que te escapaste?
—Si, me escapé —le reveló—. Pero no estaba tan bien. Me castigaron por eso.
—Al menos te ves bien —Priscilla no despegaba la vista del cabello corto de su hermano—. Se ve que no apagaron tu brillo.
El recuerdo de esa frase de su hermana lo emocionó inesperadamente.
Efectivamente, después de todo, no lograron apagar su luz. Se mantuvo fiel a quien era y logró sobrevivir a la adversidad de su situación, a pesar de que aún le quedaban meses de servicio.
—Nadie va a apagar mi luz, hermanita. Y la tuya tampoco. Ni siquiera nuestros viejos pesados —le dijo con complicidad Sebastian, y su hermana se rió—. Me estoy quedando con el Rube, y mañana me voy, así que te agradecería que, si les vas a contar que vine, esperes hasta mañana —le pidió, con la intención de evitar que su padre arruinara las últimas horas en compañía de Rubén.
Priscilla aceptó, y Sebastian tuvo la impresión de que su hermana entendía todo sin decir palabra.
Le dio un fuerte abrazo de despedida, y se fue a la casa de Rubén mientras ella volvía a jugar con sus amigas.
Más tarde cuando llegaron a la casa de Marco, a la primera persona que divisó Sebastian fue a Daniela, que estaba en el comedor conversando con Liliana y Macarena.
Junto con Rubén, saludaron a todos los presentes, pero Sebastian se interesó en reconectar con su ex polola.
—¿Cómo has estado? —le preguntó ella, genuinamente contenta de verlo.
—Desde ayer, mejor que nunca —respondió Sebastian, y Daniela miró rápidamente a Rubén, sin que este se diera cuenta mientras conversaba con Liliana.
Al notar la mirada llena de preguntas de Daniela, Sebastian simplemente asintió, contento.
—Me alegro mucho por ti, Seba —le dijo ella, dándole un abrazo.
—Se siente tan… bien el poder finalmente decir o expresar lo que llevé tanto tiempo manteniendo a raya —se sinceró Sebastian durante el abrazo.
—Claramente el antiguo tu nunca tuvo que pasar por eso —le dijo ella, bromeando—. Siendo el mino más mino del liceo te permitía darte el lujo de nunca ser rechazado.
—No tenía idea lo que quería —razonó Sebastian, casi en un murmuro.
—Lo importante es que ahora si —respondió Daniela, despreocupada.
A lo largo de la noche, Sebastian se permitió disfrutar, ahora sí, su última noche antes de partir nuevamente al regimiento. Estaba con sus amigos del liceo, poniéndose al día, recordando las anécdotas de cuando estudiaban juntos. Y lo más importante, es que Rubén estaba con él.
Mientras Rubén les contaba a sus excompañeros sobre su accidente, Sebastian lo miraba desde la distancia, pensando en que, después de tanto tiempo de incertidumbre, finalmente podía decir que estaba teniendo una sincera relación con su mejor amigo. No en el ámbito romántico (eso se tendría que ver con el tiempo, una vez Rubén sanara sus heridas emocionales, y él pudiese finalizar su servicio), sino que ambos se habían sincerado al cien por ciento sobre sus sentimientos por el otro, y ya los miedos y las mentiras no se interpondrían entre ellos.
Cerca de las dos de la mañana, Sebastian le dijo a Rubén que se fueran a su casa, ya que notó que se le estaba pasando un poco la mano con el alcohol. Rubén lo miró confundido por unos segundos, pero aceptó rápidamente.
Si bien, Sebastian también había bebido bastante alcohol, supo reconocer su límite sin quedar completamente borracho.
El par de amigos llegó a la casa de Rubén, y Sebastian ayudó a Rubén a acostarse.
Rubén se quitó la ropa lentamente, y se puso a duras penas el pijama antes de acostarse.
—Quédate —le dijo a Sebastian, en un murmuro, ya casi sin abrir los ojos.
—No puedo —le respondió Sebastian, en voz baja para no despertar a Jorge.
—¿Por qué? —preguntó Rubén, sin entender.
—Porque estas súper borracho —Sebastian se rió nuevamente—. No corresponde.
—Por último espera a que me quede dormido —le pidió Rubén.
Sebastian aceptó la propuesta y se sentó a su lado en la cama.
—Estuvo entrete la junta —comentó Rubén, mirando fijamente donde había quedado su zapatilla derecha.
Sebastian miró a Rubén, que claramente ya balbuceaba por la borrachera y seguramente también por el sueño.
—Se sintió raro juntarnos con los niños del liceo —le dijo Sebastian—. La última vez que estuvimos juntos fue hace menos de seis meses, pero se sintió como si hubiesen pasado años. Casi como una vida entera.
—Han pasado muchas cosas, por eso —respondió Rubén.
—Siento que ni siquiera somos los mismos —reflexionó Sebastian.
En su mente efectivamente sentía que era una persona completamente diferente. En el liceo era un chico popular, heterosexual y un poco arrogante. Ahora se le hacía extraño (e incluso imposible) identificarse con alguna de esas características. Y todo era por causa de Rubén. O gracias a él.
El darse cuenta de que lo que sentía por Rubén no era solo un juego de adolescentes, sino que efectivamente lo amaba, le cambió la vida. Y no quería volver a alejarlo por temor a sus propios sentimientos.
Sebastian sintió que Rubén apoyó la cabeza en su hombro, e instintivamente acomodó su brazo para acariciarle el cabello.
—¿Te digo algo? —le dijo Sebastian, y escuchó a Rubén asentir con un sonido gutural—. Cuando termine el servicio a fin de año, ¿te tinca irnos los dos solos de viaje? Podríamos irnos a acampar a Hornitos, o a recorrer San Pedro. O podríamos irnos al sur a conocer. Obviamente va a depender de que tan bien estés tú, con todo lo de la U, y bueno las terapias que se supone deberías empezar para mejorarte…
Sebastian dejó de hablar cuando notó que la mano de Rubén que tenía en su regazo se resbaló y quedó colgando inerte: Rubén se había quedado dormido.
Soltó una risita, algo avergonzado por haber estado hablando solo, pero al mismo tiempo aliviado de que no había testigos de su monólogo.
Intentó acostar con mucho cuidado a Rubén sin despertarlo y lo tapó con las frazadas de la cama. Se quedó mirándolo un par de segundos, observando su hermoso rostro, y lo pacífico que se veía mientras dormía, cuando escuchó que Rubén comenzó a sollozar y lágrimas comenzaron a caer desde sus ojos cerrados.
—¿Rube?, ¿estás bien? —le preguntó Sebastian preocupado.
Rubén estaba llorando dormido.
Sebastian sintió lástima por su amigo. Imaginó que el llanto se debía al cúmulo de emociones que había vivido en los últimos días, e incluso podía tener su raíz en lo quebrado que había quedado por su partida.
Le tomó la mano y se la sostuvo hasta que se aseguró que Rubén dejó de llorar, mientras él mismo derramó lágrimas en silencio por ver a su amigo en ese estado.
Cuando Rubén, dormido, soltó el último suspiro del llanto, Sebastian le dio un beso en la mano a modo de despedida, y salió de la habitación, prometiéndose nunca volver a hacerle daño al amor de su vida.
Rubén se despertó pasado las nueve de la mañana con un insoportable dolor de cabeza. Después de darse vueltas en la cama por cerca de una hora, se levantó a regañadientes.
Al salir de la habitación, se cruzó con Sebastian que venía saliendo de la ducha, con la toalla alrededor de la cadera.
—¿Cómo dormiste? —le preguntó Sebastian, con una sonrisa en el rostro.
—Bien —respondió Rubén por costumbre, intentando mantener el contacto visual con Sebastian después de haberse quedado mirando su torso desnudo por más segundos de lo necesario—. ¿Tú?
Sebastian se encogió de hombros.
—Me siento raro por tener que irme otra vez —le contó Sebastian—. Al menos ahora podré irme tranquilo, sabiendo que estaremos en buenos términos.
Rubén sonrió, entendiendo a qué se refería su amigo.
—No cantes victoria todavía, mira que en las… —Rubén miró el reloj de la cocina— tres horas que quedan pueden pasar muchas cosas.
—¿Ah, sí? —preguntó fingiendo estar ofendido—. ¿Qué cosas podrían pasar en este rato?
Sebastian se acercó un poco a Rubén, lo suficiente para no incomodarlo.
—No sé, que te de la locura y te vayas enojado, como la vez anterior —respondió Rubén, dándole un empujoncito juguetón.
—No lo haré —le dijo Sebastian, atajándole la mano a Rubén después del empujón—. Te juro que nunca más voy a hacer esa tontera.
Rubén se quedó mirando a los ojos a Sebastian, atontado por su belleza y el amor que expresaba en su mirada. Estaba tan absorto que no se dio cuenta que su polera estaba rozando el pecho desnudo de su amigo, y sus rostros a escasos centímetros de distancia.
Finalmente, después de un par de segundos que a Rubén le parecieron eternos al debatirse entre qué hacer a continuación, decidió cortar con la tensión y besó a Sebastian en los labios.
Sebastian por su parte rápidamente puso sus manos en el rostro de Rubén y lo acarició mientras lo besaba, sintiendo su mandíbula, sus mejillas y su cabello.
Después de unos segundos, Sebastian detuvo en beso y miró seriamente a Rubén.
—¿Estás seguro de que esto no te va a afectar? —le preguntó.
Rubén se encogió de hombros
—No tenemos que preocuparnos por eso ahora —respondió Rubén, intentando calmar a Sebastian.
Sebastian apoyó su frente en la frente de Rubén y cerró los ojos, pensando. Después de un par de segundos se separó de su amigo y se dio media vuelta, como buscando las palabras correctas para hablar.
—Anoche cuando te quedaste dormido, te pusiste a llorar —le dijo finalmente, sin rodeos.
Rubén se sorprendió con las palabras de su amigo, ya que no tenía ninguna noción de aquello, y ni siquiera recordaba qué había soñado. Pensó que probablemente el alcohol le hizo olvidar sus sueños, y también que la misma bebida hizo aflorar sus emociones incluso en sus sueños.
En cualquier caso, si efectivamente lloró, era porque las emociones estaban ahí, aunque él no las pudiera identificar en ese momento.
—Y en ese momento me sentí súper culpable —continuó Sebastian—. Sentí que el que te pusieras a llorar durmiendo significaba que estabas sufriendo aún, y que ese sufrimiento es por mi culpa. Por lo que yo te hice pasar, por cómo te dejé destruido cuando te fuiste.
La voz de Sebastian se quebró un poco y los ojos se le pusieron rojos, aunque no cayeron lágrimas.
—Pero Seba, ni siquiera recuerdo haber llorado —Rubén lo quiso tranquilizar—. De seguro no tenía nada que ver contigo.
—Eso lo puedes suponer, pero no tienes como asegurarlo —insistió Sebastian—. ¿Qué pasa si de verdad era por mi culpa?
—Lidiaré con eso —respondió Rubén, con incredulidad.
Sebastian se acercó nuevamente a Rubén y lo tomó de la cintura mientras apoyaba nuevamente su frente en la de Rubén. Soltó una risita tímida.
—Suena como si estuviera rompiendo contigo —le dijo, con un leve sarcasmo.
—Igual lo de que cualquier cosa podía pasar era en broma —comentó Rubén, desganado.
—No es eso —Sebastian le dio un abrazo a Rubén, y este se permitió cobijarse entre sus brazos—. Te amo. Más que la chucha. Sé que puede ser porque somos pendejos todavía y todo lo que sentimos es intenso, pero estoy convencido que nunca voy a sentir por nadie lo que siento por ti Rube. Y por eso mismo, no quiero volver a hacerte daño nunca más. Por eso estoy siendo cauto, no quiero agobiarte ni pasarte a llevar.
—Voy a estar mejor —le aseguró Rubén, como promesa.
—Lo sé, Rube —coincidió Sebastian—. Eres el hueón más fuerte que conozco.
Los elogios de Sebastian provocaban en Rubén una cálida sensación de confort. Sabía que era natural que su mejor amigo tuviera tan buena impresión de él, pero no estaba acostumbrado a escucharlo.
Rubén entendió la postura de su amigo, y decidió darle la razón. Lo importante era enfocarse en mejorar su salud mental, antes de aventurarse a tener una relación amorosa de lleno con su mejor amigo.
En ese momento, sabía que las emociones que sentía eran extremas y conflictivas entre sí. Por un lado, quería estar con Sebastian, o al menos entregarse a la experiencia que tanto deseó en los últimos meses de liceo, pero al mismo tiempo, todo lo que ocurrió en el último tiempo respecto a su relación con Felipe, y su quiebre, le seguía generando culpa.
Estaba confiado en que teniendo terapia con algún psicólogo podría llegar a un punto de estabilidad emocional, y de aceptación de sus propias experiencias.
—A pesar de todo, me gustó verte estos días —le dijo Rubén—. Sé que te dije que estaba roto por tu culpa, y lo sigo creyendo en parte; pero de verdad que estés aquí me ayudó mucho. No tienes idea de cuánto.
Sebastian le tomó las manos a Rubén y entrelazó sus dedos, asintiendo con la cabeza.
Rubén notó la pausa que hizo Sebastian, y sintió que quería usar otra denominación para él.
—Amigo Rube —dijo con algo de sorna Rubén.
—Am… igo Rube —repitió Sebastian, interpretando correctamente la frase de Rubén.
Ambos amigos se rieron, cómplices de la pequeña bromita que acababan de decirse mutuamente, sabiendo que ambos querían usar otra palabra.
Al cabo de unos minutos llegó Jorge a la casa, cargando muchas bolsas del supermercado. Rubén ni siquiera se había preguntado dónde estaba su padre, y sintió alivio por no haberse atrevido a pasar más allá con Sebastian y exponerse a ser sorprendido con las manos en la masa.
Ambos muchachos ayudaron a Jorge a cargar las bolsas hacia la cocina, y luego Sebastian se fue a vestir.
Los tres desayunaron juntos, y luego de la sobremesa Rubén ayudó a Sebastian a guardar sus cosas para irse al regimiento a tomar el bus que lo llevaría de regreso a hacer su servicio militar.
—¿Tienes que irte si o si? —quiso saber Rubén, resistiendo la tentación de pedirle a su amigo que se quedase.
Sebastian se encogió de hombros.
—Tengo que hacerlo —respondió—. No estoy ni ahí con toda esa hueá, pero no tengo nada más que hacer por ahora. No tengo trabajo, no tengo donde vivir…
—Cuando termines tampoco tendrás trabajo ni donde vivir.
—Voy a poder volver a la casa de mi viejo con la frente en alto, sacándole en cara que su castigo no sirvió de nada, que seguiré siendo un fracasado, y que más encima, igual terminé siendo gay.
—El Servicio no te hizo gay —lo corrigió Rubén.
—No, pero me hizo darme cuenta que ya no tenía nada que perder. Lo único que me quedaba era aceptarme.
Cuando ambos muchachos se subieron a la micro, se fueron casi en completo silencio todo el camino, como si fueran hacia un funeral.
Mientras Rubén miraba por la ventana, Sebastian le tomó la mano entrelazando nuevamente sus dedos, esta vez en un lugar público. Rubén lo miró y le sonrió, notando el nerviosismo en Sebastian. Para tranquilizarlo, Rubén apoyó su cabeza en el hombro de su amigo, y luego Sebastian apoyó la suya en la cabeza de Rubén.
Al bajarse de la micro frente al regimiento, ambos rompieron el contacto físico que se atrevieron a tener en la micro, y Rubén acompañó a Sebastian hasta la entrada, donde comenzaron a despedirse.
—¿Esto fue todo? —preguntó Rubén retóricamente, incapaz de encontrar palabras adecuadas para la despedida.
Se sentía raro de poder finalmente despedirse de su amigo, tras la fallida partida de la vez anterior.
—No fue todo —lo corrigió Sebastian—. Solo fue un pequeño avance de lo que podría ser.
—Me gustó el avance —le dijo Rubén, mirando con calma cada centímetro del rostro de su amigo, encantado.
Rubén sintió unas ganas irresistibles de darle un último beso de despedida, pero no se atrevió a hacer nada.
Sebastian, como si estuviese leyendo los pensamientos de Rubén, miró a su alrededor, evaluando la seguridad del momento, tomó a Rubén del brazo y lo instó a acompañarlo con las muletas unos diez metros hacia su derecha, donde blindados por el muro frontal del regimiento y ocultos a la vista de cualquier militar que estuviese pasando por la entrada, Sebastian le dio un último beso a Rubén.
Rubén se dejó llevar por el beso de Sebastian, y de sus ojos cerrados cayeron lágrimas casi de forma instantánea.
Al finalizar el beso, Rubén notó que por el rostro de Sebastian también habían caído lágrimas, pero ninguno de los dos estaba triste.
—En todos estos meses, siempre deseé que, en vez de irme enojado, hubiese pasado esto, que me pudiese despedir de ti acá, besándote —le confesó Sebastian, dándole besitos cortitos entre sus palabras.
Rubén no le respondió nada, y simplemente le dio un abrazo, como aferrándose a él, no queriendo que se vaya.
—Te voy a extrañar —le dijo finalmente al oído—, más que la chucha.
—Yo también —coincidió Sebastian—. Pero recuerda que debes enfocarte en ti, en mejorarte, y así si todo está bien, cuando termine esta pesadilla de Servicio, podremos al fin ser felices juntos.
Rubén asintió, consciente de que tenía que hacerlo, por su propio bienestar mental.
Sebastian le dio un último beso a Rubén, con toda la pasión que el momento le podía permitir, como intentando transmitirle todo lo que lo amaba, como si no fuera evidente ya con sus propias palabras, y luego tomó su mochila, se la echó al hombro y se alejó.
Tras caminar unos diez metros de vuelta a la entrada del regimiento, se volteó a mirar nuevamente a Rubén.
—Te Amo —le dijo en un volumen suficiente para que Rubén lo oyera.
—Yo también te amo —respondió Rubén, completamente seguro de sus palabras.
Sebastian retomó su camino hacia el interior del regimiento, y Rubén esperó un par de segundos para acercarse a la entrada y verlo alejarse, para evitar que, si alguien había escuchado sus últimas palabras, dedujera que iban dirigidas a él.
Rubén dejó que más lágrimas cayeran por su rostro, con una mezcla rara de emociones. Estaba feliz de haber vivido esos últimos días con Sebastian, y haber recuperado al menos su amistad, pero al mismo tiempo tenía pena por todo lo que había pasado con Felipe, su ruptura, y el tener que ver partir a su mejor amigo. Pero finalmente, tenía esperanza: sentía que, de ahora en adelante, todos los malos momentos quedarían atrás, y su vida mejoraría.
Al cabo de unos días, Jorge le dijo a Rubén, que había logrado encontrar un psicólogo muy bueno que le habían recomendado en el Cesfam, y que le había reservado una cita para el día siguiente.
Con algo de ansiedad y nerviosismo, Rubén se alistó el día de la cita para ir al psicólogo e iniciar su terapia.
Sabía que lo ayudaría a resolver todos sus líos emocionales, pero le daba miedo tener que hablar con un desconocido y contarle toda su vida.
Llegó a la consulta y habló con la secretaria para anunciar su llegada.
—Tengo una hora con Matías Fernandez —le dijo.
La secretaria, una señora de unos sesenta años con actitud amable registró su llegada y le dijo que tomara asiento mientras esperaba.
Rubén miraba con mucho nerviosismo la hora en su celular, y sentía que los cinco minutos que faltaban para el inicio de su cita no avanzaban nunca.
Cuando finalmente llegó la hora en punto de su cita, de la puerta que tenía frente a él salió una mujer de unos treinta años, con los ojos rojos y el rostro lleno de lágrimas. A la impresión de Rubén, se veía que la mujer estaba sufriendo.
—Gracias Mati —escuchó que dijo la mujer antes de despedirse de su psicólogo que la acompañó a la puerta.
El psicólogo tras despedirse de su paciente se acercó al mesón de la secretaria para corroborar su agenda, y luego se volteó a mirar a Rubén con una sonrisa cálida.
—¿Rubén? —le preguntó con tono amable para llamar su atención.
Rubén se volteó y se puso de pie de inmediato, casi como si tuviera un resorte en la silla.
—Pasa por aquí conmigo —le dijo el psicólogo.
Matías le indicó el camino hacia el interior de su consulta, donde había un sillón de dos cuerpos y dos sillas individuales, todo alrededor de una pequeña mesita de centro con unos adornos sin sentido para Rubén.
—Bienvenido Rubén, toma asiento donde tú quieras —le dijo el psicólogo, cerrando la puerta detrás de si
Rubén se sentó en el sillón, y tomó uno de los cojines casi instintivamente para tener algo para sostener. Matías tomó asiento en la silla que estaba frente al sillón, y levantó una libreta que estaba en un pequeño cajón de la mesita de centro que Rubén no había visto al inicio
—Yo soy Matías Fernandez, Psicólogo Clínico, especializado en psicología adolescente, así que espero poder ayudarte —se presentó—. Ahora cuéntame, ¿Quién eres tú y de qué quieres hablar?
Rubén tuvo una sensación de vértigo al escuchar su pregunta. ¿De qué quería hablar? De todo y de nada a la vez. Pero ¿cómo sabría por dónde empezar?
Cerró los ojos un par de segundos para ordenar sus pensamientos, y al abrirlos dio un suspiro, listo para finalmente hablar.