you've heard of melo core, now get ready for...*drumroll*
melo core G!
(don't get me wrong. all versions of happy choice are equally awesome songs, but sana's version is my favorite out of all of them. tell sana i love her voice!)

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melo core G!
(don't get me wrong. all versions of happy choice are equally awesome songs, but sana's version is my favorite out of all of them. tell sana i love her voice!)
sometimes there is no happy choice,
only one less grievous than the others
He cometido errores, he jodido segundas oportunidades pero, cuando el sueño me vence y no puedo hacer nada más que estar sentado en el suelo frío de un aeropuerto, esperando a la nada misma con el sol naciente en los ojos, siento que todos podemos empezar de nuevo. Y sí, puede que suene ridículamente optimista pero nunca me había sentido mejor de estar en casa y todo es, como en las mejores exaltaciones patrióticas, único.
Hace un mes y diez días que estoy fuera de mi casa, lejos de todos mis amigos y conocidos, a una distancia brutal de la ciudad que me albergó durante más de cuatro años y que me regaló tantas cosas buenas como verdaderas y jodidísimas desgracias. ¿Qué puedo sacar en claro de lo que mis ojos han visto, de lo que he oído y lo que he podido sentir durante el último período de mi vida? Que Suiza podrá ser mi cuna, el lugar donde nací y lo será siempre, pero que los Estados Unidos me han regalado demasiadas cosas como para realmente ignorarlo todo y jamás volver. Creí, realmente lo creí (no es una broma) que podría largarme sin sentir remordimiento alguno, pero pares de ojos conocidos y voces familiares se dedicaron a susurrarme desde el otro lado del mundo para que regresara, para que volviera a pisar este suelo y a sentir lo que es llenar este par de maltrechos pulmones de este aire contaminado de mierda.
Auden suele decir que no valoro lo que soy, que no tengo aprecio por mi vida y que soy un suizo imbécil (quizá esto último es más de mi invención que realmente surgido de la mente creativa del francés, pero ¿quién sabe? Quizá es verdad y no estoy al tanto), y tiene razón en la gran mayoría de esas afirmaciones, por mucho que me moleste aceptarlo. No soy todo, pero tampoco soy nada ni nadie, soy simplemente yo con un libro bajo el brazo y la nostalgia colgada de mis cuerdas vocales, lo único que mi cerebro sabe producir con normalidad son catástrofes ¿y? El suicida, el drogadicto, el estudiante de literatura, el enamorado, el que experimenta, todos soy yo, todos eran yo y no hay manera de que me pueda negar a su existencia. Pero puedo asimilarlos, aprender de ellos y dejarlos ir de una vez por todas. No puedo dejar de ser un adicto pero puedo recuperarme, no dejaré de enamorarme porque una vez alguien hizo de mi confianza una marioneta y no puedo guiarme por mi instinto cada vez que algo malo suceda, porque no estamos en un libro y los corazones de todos no están conectados. Probablemente necesito dejar de ser egoísta (Elainne tenía toda la jodida razón del mundo en hacerme notar esto tiempo atrás) y prestar más atención a mi alrededor, hacer lo que me dicen. Eso es todo, no hay necesidad de esperar por nada o intervenir en los sentidos para que se vuelva más atractivo el empaque, la vida es una mierda y se terminará en algún momento pero no tengo por qué acelerar ese proceso. No es eso por lo que estoy aquí, no ahora.
Bryanna tenía razón sobre el suicidio y tendré que pedirle disculpas a Elainne dentro de muy poco, por comportarme como un verdadero imbécil. Danae dice que tiene tantas razones para estar enojada como yo para disculparme con ella, porque irse dejando atrás nada más que una carta y una firma no anula el cariño y no permite que se lleve a cabo el luto. El muerto está muerto y hay tiempo para despedirlo pero con alguien desaparecido, ¿qué demonios se hace con alguien desaparecido, con alguien cuyo paradero desconoces y anhelas? La preocupación es una de las cosas más toxicas que existen, una de las peores, te consume de a poco y te aviva la imaginación a niveles insospechados. El proceso es dolorosísimo y dicen que no te das cuenta de ello hasta que alguien realmente importante se presenta y te arrebata toda autonomía, hace temblar tus paredes y desestabiliza todos tus parámetros.
Me gustaría que nunca me suceda: eso de entrar en la vida de alguien y romper todos los esquemas, quebrar todas las pautas preestablecidas y dejar una marca imborrable. Dicen, de cualquier manera, que cuando entras en la vida de alguien, lo mínimo que haces es dejar esa marca. Se me hace imposible dilucidar si es algo bueno, como un recuerdo bonito o un momento compartido, un cigarrillo en medio de la madrugada o un beso que duró más de lo esperado, o si realmente no es nada más que una lágrima o un suspiro de resignación, un mensaje a través de una línea muerta, bañado en la cólera más profunda. Ambos caminos conllevarían nostalgia y tristeza así que, si pudiese elegir el idílico, no iría por ninguno de ambos. Antes que permitir que cualquiera de las personas que quiero sufra algo así, preferiría hacerme a un lado, dejar un agujero que podría llenarse más adelante, con alguien mucho más amable, mucho mejor que yo.
Ahora, de todos modos, observando esa afirmación desde otro punto de vista, me pregunto si en verdad es tan fácil entender y si es tan sencillo reemplazar una persona por otra como se cambia de ropa. Hacer preguntas al respecto sería doloroso, sería ligar la teoría a los hechos y los recuerdos; de nuevo, las marcas que dejan las personas cuando entran a tu vida y se van.
Redundancias, redundancias y tengo tanto sueño que podría caerme dormido aquí mismo sin pensarlo dos veces. Pero estoy tratando de analizar lo que he madurado durante el último tiempo (si es que lo hice en absoluto), intentando pensar acerca de lo que pasé y a lo que me expongo a partir de ahora que regreso, porque lejos de allí, sin un lugar fijo donde alguien que no deseo pudiese encontrarme, todo era completamente seguro: pero ahora estoy aquí, les otorgo mi dirección, mi número de teléfono, quiera o no quiera les estoy sirviendo hasta mi vida en bandeja... a ellos, que nos desprecian en sumo grado y que saben tantas cosas de nosotros (nosotros porque hasta eso ha logrado la universidad de mierda, otorgarme una conexión fluida con un montón de universitarios, ebrios y descerebrados). Suspiro, si no hubiese hecho un desastre de mi vida tiempo atrás quizá ahora no estaría en esta encrucijada, donde mi vida completa se vuelve un infierno en detrimento de la otra parte, donde tengo que estar lejos y sufriendo pero en paz al fin y al cabo. Pero peor es nada, ¿eh? Peor sería si no tuviese nadie, si mi vida no significara nada para nadie más que yo y mi soledad; pero prefiero sufrir la locura de una secta de asesinos una vez cada tanto (digo cada tanto, pero es irónico y terrible que hasta podrían llegar a matarme en uno de sus rayes) a tener que vivir mi vida solo en otra parte del mundo. Si tan solo pudiese escapar, escapar y llevarme a todos lo que me interesan conmigo, armar otra vida, otra existencia diferente.
En fin, es demasiado temprano y esto es más una catarsis que realmente algo que contarte, o quizá estoy diciéndotelo todo en pocas palabras, porque si tuviese que hablar acerca de la totalidad del asunto estaría intentándolo mucho, muchísimo tiempo, sin obtener ningún resultado efectivo. Parece que son años todo el tiempo ha pasado desde la última vez que realmente reflexioné a sabiendas acerca de lo desastrosa que es mi existencia, toda la gente a la que he arrastrado a esta especie de abismo de apellido Heremance.
La mayoría de las veces me pregunto el por qué de que quieran estar ahí todo el tiempo, las razones que llevan a la gente a enamorarse de las cosas rotas y bonitas. Todos nos hemos enamorado de algo hermoso pero que está profundamente dañado, tengo un ejemplo que es magnánimo, pero ¿por qué? ¿Por qué juega el enamorado a ser Dios y a intentar reparar todo lo que no está a su alcance? Necesito un café y otra vida para pensar al respecto, quizá entonces logre comprender una parte de lo que nos lleva a involucrarnos así con gente que es tóxica. Le preguntaré a Bryanna, cuando la vea, espero que no dentro de mucho tiempo, si es que tiene alguna idea de cómo responder a esa pregunta. Me responderá con una ironía, seguramente, o expondrá parcialidades ante mis ojos, guardándose los detalles más importantes, porque así es ella ¿o no? Analiza, separa los datos y te deja ver solo los que le convienen realmente. Permitir que otros vean todas tus debilidades y sepan los modos de usarlas en tu contra es estúpido e irresponsable, no es negocio.
Pero es su elección, ¿verdad? Y no tengo nada que hacer con ella porque, como cualquier ser humano, no tengo derecho a decidir por sobre ella. Me hice a un lado tiempo atrás y lo volveré a hacer si es necesario, mi rol como amigo no es simplemente emborracharla (aunque eso sea lo que más le guste de mí y a mí me encante verla, porque se vuelve deshinibida y graciosa), sino también acompañarla. Sin embargo, muchas veces me da miedo seguirle el paso, muchas veces me es imposible no volverle la espalda a la situación y verme sobrepasado por la intensidad de lo que dice y hace, de las cosas que ve a través de su propio y particular modo de ver el mundo. Permitir que otro trace un camino y seguirlo incondicionalmente cuando va perdiendo la cabeza es una tarea difícil (me imagino que le sucede lo mismo al resto conmigo, cuando me vuelvo tan complejo de controlar), me agradezco a mí mismo haberlo hecho de todas maneras porque, de lo contrario, ¿dónde estaría ahora? ¿En qué lugar profundo y oscuro de mi psique me habría internado para no salir? ¿Estaría aquí en absoluto?
El café está frío a esta altura y me pongo de pie, el silencio es lo imperante en la desierta sala de espera del aeropuerto y tengo las extremidades adormecidas por tanto tiempo de estar sentado allí, haciendo absolutamente nada. Tomo mis bolsos y me los cargo al hombro, descarto el café en la primera oportunidad y me acerco al escritorio principal de la plataforma, donde una empleada bastante aburrida lee un libro (milagrosamente); cuando me nota, levanta la vista casi automáticamente y me sonríe, lo cual creí que sería totalmente imposible. Le pregunto si puede llamar a un taxi por mí, que mi celular está muerto desde hace un par de horas y estoy totalmente varado, lo hace con apenas unos segundos de retardo, paso de preguntarme el por qué. Le agradezco y me marcho, pero no sin antes notar que el espejo detrás de ella refleja mi propia piel más tostada de lo común por el sol griego, el cabello más claro (según Danae, detallista como sólo una mujer de mi familia podría serlo) y la misma figura de siempre, invariablemente vestida de negro. Varios de los collares y estupideces que fui comprando a medida que me movía por los países que visité penden de mi cuello como montones de mierda inservible, que en realidad, a excepción de uno, lo son. De seguro parezco un pordiosero o uno de esos tipos que van al aeropuerto y escogen un número de vuelo al azar, dispuestos a tomárselo y emprender una aventura sin pensarlo dos veces. Por mi parte creo firmemente que no me volveré a ir de aventurero otra vez en un largo tiempo, al menos no sin la compañía de alguien.
Atravesar el aeropuerto hasta la salida no es gran cosa, a medida que voy alejándome de las salas donde más concurrencia debe haber durante el día, el aire acondicionado va haciéndose cada vez menos notorio, el aire caluroso y asfixiante fuera del aeropuerto internacional Washington-Dulles es típico de las épocas más tibias del año. La recepcionista dijo que el auto sería azul oscuro, lo cual no será difícil de identificar llegado el momento, por ahora, me limito a observar a los transeúntes, que cada vez son más, mientras fumo un cigarrillo, dos, casi tres. Me pongo de pie cuando el hombre de cabello blanco dentro del taxi me pregunta si soy Theon Heremance, al parecer, y gracias a Dios, sin saber quién es aquél que le da sentido al nombre y lo hace ser. Me ofrece ayuda para meter el ridículamente pobre equipaje dentro del maletero y me niego, en tanto tenga capacidad motriz continuaré haciendo las cosas por mí mismo (o intentaré). Me siento en la parte de atrás y estiro las piernas a través del asiento durante los cuarenta minutos de viaje. El taxista no es hablador, lo cual agradezco, no tengo la fuerza suficiente (y tampoco el cerebro tan despierto) como para entablar una conversación sin sentido acerca de política o un deporte del cual no conozco absolutamente nada. Limitarse a escuchar la radio y tratar de no caer dormido, todavía saboreando el gusto del tabaco en la lengua, es mi paraíso terrenal.
De golpe me despierto, una corriente eléctrica en la columna vertebral; algo en el fondo de mi mente se pregunta a dónde vamos ahora, a qué lugar voy a caer rendido. El panorama del hotel tiene dos perspectivas posibles, una menos tentadora que la otra. Por un lado, existe la posibilidad de que, si llego de improviso a la casa de alguno de mis antiguos amigos, me cierren la puerta en la cara o, aún peor, me reciban lisa y llanamente para no permitirme dormir a base de una terapia de pedido de explicaciones y preguntas, miles de preguntas. El contrario, hablando desde el punto de vista de la soledad, tranquilidad y paz que transmiten las impersonales habitaciones de los hoteles, es magnífico pensar en que llegaré y me lanzaré a la cama como si no hubiese dormido en más de una semana, lo cual no es así, pero el cansancio mental me lo amerita: tantas horas de viaje y desvarío mental me están cobrando factura con creces. Otra vez, es una elección compleja, permitiré que el lado más racional de mi persona escoja: por mucho que quiera encontrarme con Bryanna y Elainne (hasta podría decirse que mi añoranza alcanza a Alain, con quien no he hablado en un largo rato y quien espero que no haya vendido mi Fender), me quedaré en un hotel esta noche, tomaré un largo descanso y pensaré un modo de volver a presentarme ante ellos de manera que no me asesinen o me detesten de por vida.
Antes de llegar al desvío que hay que tomar para llegar al hotel, le pido que cambie de dirección y le indico la calle y altura correspondiente a mi antiguo edificio donde, más que seguro, mi apartamento estará herméticamente sellado de aquí a la eternidad gracias a cierta británica que no permitiría que lo toquen o, peor, lo alquilen a cualquier idiota desconocido. No me toma mucho tiempo el paseito: un vistazo a las luces apagadas de todos los apartamentos me desalienta de tocar el portero eléctrico siquiera y me da la pauta de que queda muy poco tiempo, de que esto es literal, que es real y me hace estar extremadamente consciente de la cercanía que tengo ahora con toda la gente que estuve extrañando más de lo que me imaginé que alguna vez podría. Le pido al taxista que continúe hasta el hotel más cercano y me habla cortamente de uno que es bastante bueno y, además, barato. Acepto la sugerencia y me reclino sobre el asiento hasta que me avise que ya llegamos, cierro los ojos, siento el gusto del tabaco y el perfume a ciudad que se cuela por la ventanilla abierta. Inspiro, me tranquilizo.
De pronto, haber vuelto me parece una elección feliz.
Y no siempre hay elecciones felices, algunas simplemente terminan siendo menos graves que las demás, pero si hay alguna que vale realmente la pena es la de volver a donde de verdad se pertenece. Dorothy lo descubrió después de una temporada en un mundo alternativo, Alicia quiso escapar de sus responsabilidades y siguió al conejo, casi perdiendo la cabeza por ello, mucha gente cree que fuera de su ámbito va a encontrar mejorías, que nada puede ser peor que la mala realidad que viven pero ¿y la familia, los lazos que formas con la tierra a pesar de todo? Porque nunca, aunque tenga todo el dinero del mundo y viva en la puta mejor ciudad de todo el continente europeo, voy a poder emular la sensación que tengo de estar una vez más en la ciudad que me acogió en los peores momentos, que me dio alegrías y me hizo atravesar circunstancias traumáticas pero que, después de todo, me permitió conocer a toda la gente que ahora extraño. Y sí, se que quizá en este caso volver a casa probablemente significa tener que dar montones de explicaciones y razones que no tengo en las manos ahora mismo a personas a las que nunca quise herir pero que aún así lo hice, tener que soportar probables insultos, peleas y planteos que poco tendrán que ver con absolutamente nada, pero me arriesgo a creer que lo voy a soportar con tal de estar ahí, con tal de poder volver a estar donde debo y donde quiero estar.







