Llega un momento en el que sientes una frágil inquietud, un dolor tibio, apenas perceptible, una astilla que casi te hace llorar pero también sonreír, estremecerte, aceptar la vibración de las cosas como un aliento delicado, un susurro, una queja infantil, una esperanza.
Quieres ver a esa persona día y noche, en sueños y en la sombra, en la ciudad y en las calles, hablar con ella para atrapar su voz y el gesto que te fascina, la sonrisa que te hace olvidar tantas cosas, piensas en qué le dirás cuando estés cerca de ella, qué broma hacerle, qué historia contarle y como hacerla reír, te marea su ser y a la vez te arrulla, dibujando su mirada, el brillo de sus ojos, sus labios y la voz en tu memoria.
Lo que no sabes es cuando la veas olvidaras todo, su rostro resplandecerá y la alegría te hará temblar, querrás decirle que la amas, que tu vida es su vida, que su boca es un elixir en el que querrás beber su existencia, querrás gritar tu amor a esa persona, desearás abrazarla fuerte hasta que no haya luz ni oscuridad sólo un terrible cariño, acariciando su rostro y perderte para siempre en sus ojos.
Pero, ¿cómo llegas a ese estado? ¿Por qué olvidas todo por esa persona? ¿Por qué sientes tristeza cuando no la ves? ¿Por qué dando apenas un paso lejos de ti y ya la estás extrañando? ¿Qué poder tiene que desbarata tu fortaleza y roba tus pensamientos? Bueno, amigo mío quiero decirte que sí, estás enamorado.