Había una vez una chica que estaba feliz por ir de campamento con su club y sus amigos, el conjunto de ambos la hacían sentir bien y creía que iba a ser divertido.
Un día, alguien con quien ella se sentía incómoda sin saber por qué, un compañero del club, se pegó a ella. En diferentes momentos se le acercaba demasiado, invadiendo su espacio y poniéndola más incómoda. Ellos hablaban, después de todo eran compañeros así que tenían que cruzar palabras. Él se sentó detrás de ella en un micro, ella con un amigo, pero no con los que mejor se llevaba, ellos estaban del otro lado. Rodeada, miraba por la ventana y apenas respondía a algunos comentarios que hacían los dos chicos a su lado y detrás. Hablaron sobre morir en una de las zonas por las que pasaban, y su compañero hizo un comentario sobre abusar de su cuerpo. Ella intentó ignorarlo, se quedó callada y volteó a la ventana; los otros dos siguieron hablando un poco. En un momento, pum, siente que la agarran y la tiran para atrás. Es él, que la abraza y le da un beso en el cuello. Se siente asqueada, la incomodidad crece, el chico a su lado, su amigo, lo nota, pero no hace nada. Intenta no darle importancia. Más comentarios. Se acuerda de que hace unos años despertó siendo aplastada por el cuerpo de esa persona. Piensa en cuánto falta para bajarse de ese micro. Hasta que llega al lugar donde va a ser el campamento.
Más tarde, mientras comen, su compañero la invita a ir a su carpa esa noche, diciendo que van a jugar a las cartas. No sabe qué decir, así que miente. Dice que ya había arreglado para quedarse con las demás chicas, aunque apenas las conoce.
El campamento termina y cuando le preguntan cómo lo pasó, ella responde que bien, piensa en todas las cosas buenas que le pasaron, pero las acciones de su compañero nublan todo lo demás. Se siente asqueada, asustada, piensa en si hizo algo que le diera la confianza a él para hacer esos comentarios, para invadir su espacio. Se culpa, se avergüenza, se enoja, pero no lo habla con ningún adulto. No lo hizo en el campamento y no lo hace con su familia.
Por una semana no deja que nadie del sexo opuesto la toque. Tampoco puede contarle a las amigas sin querer llorar. Evita a su compañero en el club, pero tiene que verlo cada semana y es difícil. Quiere que la ropa la tape más. Y en medio de una celebración, cuando él le toca la espalda, se congela y todo vuelve.
Ella es la misma chica que dejaba que su amigo la tocara, las piernas, las manos, tragándose la incomodidad.
Es la misma chica que caminó más de treinta cuadras por un lugar que no conocía, y se asustó cuando un conductor la miró fijo y después lo vio dar vuelta en su dirección. Aunque haya sido una coincidencia. Ella no estaba segura, así que, asustada, se acercó corriendo a otras personas, caminando detrás de ellas, en caso de que intentaran hacerle algo.















