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MIke Zeck Trading Cards - Series 1 (1989)
#10 Hellinger
El sentido y no precisamente una oda a Hellinger
Buscamos un sentido. Por eso cualquier cosa que parezca expliicarnos la vida y hacerla más digerible “resuena” en nosotros. “Sentimos algo” cuando algún guruchanta nos dice que el problema nació en una vida anterior, que se debe a no sé que energías, o lo que sea de invisible, intangible. Lo mejor sería hacerse fuerte y tratar en lo posible de prescindir de todo guruchanta. Incluso de muchos que…
En un viaje a Oaxaca, Salvador, un guía local, habla sobre la seguridad y la importancia de la comunidad, destacando su estrecha relación con la tierra y tradiciones ancestrales. El texto conecta este concepto con las teorías de Bert Hellinger sobre el pertenencia familiar, explorando la jerarquía y el equilibrio en las relaciones comunitarias y familiares.
"No elegimos pareja. El sistema familiar del otro y nuestro sistema familiar se eligen entre si para resolver los problemas que cada familia necesita arreglar."
Bert Hellinger
Víctimas y Perpetradores
Estoy haciendo un taller de Constelaciones Familiares dos veces al mes y está siendo muy revelador.
Muchas Víctimas que han sufrido abusos, perjuicios, o daño de algún tipo, albergan poderosos sentimientos de venganza hacia quienes les hicieron daño y, si no son reparadas, vistas y reconocidas por el agresor, pueden pasar a ser Perpetradores en poco tiempo.
Del mismo modo, los Perpetradores han sido siempre grandes Víctimas en su vida, por eso están tan ciegos a lo que siente la gente a la que hacen daño. Sencillamente no la ven.
Y a menudo no la ven porque tampoco se ven a sí mismos, ni contactan con el tremendo dolor que llevan dentro, muy a menudo están emocionalmente anestesiados y un poco o bastante muertos por dentro.
Todos hacemos de Víctimas y Perpetradores a lo largo de la vida, alternamos papeles, aunque tengamos más tendencia hacia uno de los polos.
Yo me he dado cuenta que de Víctima funciono fatal. Que no me quedo llorando y lamentándome o en la Impotencia del que sufre. Lloro cuando toca, más de lo que imaginaríais. Pero, pasado el duelo, enseguida tomo medidas… Enseguida hago algo.
Muy a menudo soy expeditivo, contundente.
Contragolpeo. Lo aprendí de mi padre.
Lo más suave es que te deje de hablar un tiempo… y si no rectificas o reaccionas tarde, posiblemente lo haga ya de por vida. De camino a eso puede que te lleves unos cuantos mordiscos. No tengo prisa, dejo pasar el tiempo y devuelvo el daño.
Y es algo que no controlo, sucede.
Me desbordo y una fuerza superior se apodera de mi y ataca.
Nunca disparo el primero. Pero siempre devuelvo los disparos.
Paso así de ser Víctima a Perpetrador en segundos, días, pocas semanas. No me se quedar mucho tiempo doliéndome y si alguien me hace daño se lo hago pagar muy caro… A veces tardo incluso años en devolverla.
Y cuando la devuelvo es un golpe sin paliativos.
Por eso dicen de mi que soy mal enemigo.
Lo soy, lo reconozco. No es algo que me haga sentir orgulloso. Aún no he conseguido ser de otra manera ni renunciar al justo equilibrar de las cosas que toda situación injusta requiere.
En sistémica de Hellinger hay un Orden del Amor que es el de Dar y Recibir.
Si te hacen daño, devuelve un daño equivalente, o acaso un poco menos, para no entrar en una escalada de venganza y daño.
Pero yo aun no he conseguido ser esa Fuerza de Reconciliación que trasciende con Amor y Perdón toda pasada ofensa.
No creo en el perdón gratis.
Vale si, yo te perdonaré más adelante, pero primero paga por lo que has hecho.
Paga y repara.
Soy de los que se venga. Y se venga bien. No me verás venir, pero puedes irte preparando.
Asi que si sientes o sabes que tengo una cuenta pendiente contigo, prepárate, porque llegará el momento de Ajustar Cuentas y, cuando suceda, no vas a saber donde meterte.
Tarde o temprano te alcanzaré y no va a gustarte cuando suceda.
No me gusta ser así, pero tampoco me hace perder el sueño, la verdad. Si lo supiera hacer de otra manera, lo haría.
Aún no lo he conseguido.
Y a lo mejor no tengo ni porqué conseguirlo, solo aceptar que es así, que en caso de daño se me activa un mecanismo de compensación y venganza y que a lo mejor éste no es tan malo como yo creo, incluso pudiera ser necesario para un mundo donde los desequilibrios y la gente dañina y ciega están a la orden del día.
Hay gente a la que si no le sueltas un viaje, no escucha ni espabila. Gente que si no se lleva una buena hostia entre las cejas, no abre los ojos.
Así que, si no puedes ser de momento Fuerza de Reconciliación, se Fuerza de Justicia y devuelve la castaña. No te dejes avasallar.
Tengo yo a alguna y alguno en el punto de mira. Da igual lo que se escondan.
Es cuestión de tiempo.
Y como he dicho antes, mientras llega el momento de Ajustar, duermo tranquilo. No tengo prisa por consumar la venganza.
Después, ya si, vendrán el Perdón y la Paz.
La Ayuda Mutua
En un mundo donde la independencia y la autosuficiencia a menudo se celebran como signos de fortaleza, Bert Hellinger nos recuerda que la ayuda mutua es un pilar fundamental en la construcción de nuestra humanidad. Su afirmación, aparentemente sencilla, revela una verdad profunda y universal: nuestra existencia está intrínsecamente entrelazada con la de los demás, y nuestra capacidad para crecer y florecer depende en gran medida de nuestra disposición para dar y recibir ayuda.
La dependencia mutua no es un signo de debilidad, sino un recordatorio de nuestra interconexión. Desde el momento en que venimos al mundo, somos acogidos y cuidados por otros. Nuestros padres, familiares y cuidadores iniciales nos proveen de las necesidades básicas para nuestra supervivencia. Sin su amor, apoyo y orientación, nuestro desarrollo estaría comprometido desde el principio. Somos seres sociales por naturaleza, y nuestras vidas se tejen con los hilos de las relaciones humanas.
Pero esta dinámica de dar y recibir no se limita a nuestra infancia. A medida que crecemos, continuamos dependiendo de otros de diversas maneras. Necesitamos amigos y seres queridos para brindarnos apoyo emocional, mentores para guiarnos en nuestro crecimiento personal y colegas para colaborar en nuestras metas profesionales. La ayuda de otros en momentos de necesidad, la comprensión y el afecto que compartimos, son los cimientos de nuestra identidad y bienestar.
Además de depender de la ayuda de otros, Hellinger nos recuerda que también debemos estar dispuestos a ayudar a quienes nos rodean. Nuestra capacidad para contribuir a la vida de los demás no solo nos conecta con los demás, sino que también nutre nuestro propio crecimiento y sentido de propósito. Cuando brindamos nuestra ayuda de manera genuina, experimentamos una sensación de satisfacción y plenitud que enriquece nuestras vidas de maneras inimaginables.
La paradoja que plantea Hellinger es que, al negarnos a depender de otros y a ayudar a quienes nos rodean, corremos el riesgo de quedar atrapados en una soledad atrofiante. La independencia extrema puede llevar a una desconexión emocional y espiritual que nos deja aislados y desprovistos de las conexiones significativas que dan significado a nuestra existencia. Al negarnos a ser necesarios, negamos la posibilidad de experimentar la plenitud que proviene de compartir y recibir amor, apoyo y ayuda.
La ayuda mutua no solo beneficia a los demás, sino que también nos enriquece a nivel personal. Al abrazar la idea de que dependemos de los demás y que tenemos la capacidad de ayudar, estamos abriendo la puerta a una vida más plena y significativa. La empatía y la solidaridad se convierten en los hilos que tejen la red de la humanidad, fortaleciendo nuestras conexiones y haciendo que la vida sea más rica y satisfactoria.
La idea de Bert Hellinger nos insta a reflexionar sobre cómo podemos contribuir al bienestar de los demás y buscar la ayuda que necesitamos en nuestras vidas. La interdependencia es una realidad ineludible, y al abrazarla plenamente, encontramos una mayor plenitud en nuestra existencia. La ayuda mutua no solo sirve a los demás, sino que también nos sirve a nosotros mismos al enriquecer nuestras vidas y fomentar un sentido de comunidad y solidaridad.
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Las Cicatrices de la Vida: Testigos de Nuestra Resiliencia
¿Alguna vez te has detenido a contemplar tus cicatrices? Esas marcas que la vida nos deja a lo largo de nuestro viaje, esos recuerdos que se plasman en nuestra piel y en nuestra alma. Bert Hellinger, con su sabiduría profunda, nos recuerda algo esencial: "También la herida es parte de la vida, y también la cicatriz que indica que la herida está curada, aunque el lugar sigue siendo vulnerable, nos advierte de proceder con atención y cautela."
Las cicatrices, esas marcas que a menudo intentamos ocultar o disimular, son en realidad un testimonio de nuestra valentía y resiliencia. Cada una de ellas cuenta una historia, una historia de superación y de la capacidad del ser humano para sanar y seguir adelante.
En la vida, todos enfrentamos heridas emocionales y físicas. Las heridas emocionales pueden ser tan dolorosas como las físicas, e incluso más duraderas. La pérdida de un ser querido, una relación fallida, un fracaso en la vida, todos dejan cicatrices en nuestras almas. Pero estas heridas, por profundas que sean, también son parte de nuestra experiencia, parte de lo que nos hace humanos.
Las cicatrices no son simplemente marcas físicas o emocionales; son recordatorios de nuestra capacidad para sanar y para seguir adelante. Cuando una herida sana, deja una cicatriz, y esta cicatriz nos dice que hemos superado un obstáculo, que hemos encontrado la fuerza para curarnos y avanzar. Las cicatrices son símbolos de nuestra resiliencia, de nuestra capacidad para adaptarnos y crecer.
Sin embargo, las cicatrices también nos recuerdan que, aunque hemos sanado, seguimos siendo vulnerables. Como lo indica Hellinger, debemos proceder con atención y cautela. Las heridas del pasado pueden dejarnos marcados, y es importante recordar que siempre debemos cuidar esas áreas vulnerables. No debemos olvidar lo que hemos aprendido de nuestras experiencias, y debemos usar ese conocimiento para protegernos a nosotros mismos y a los demás.
Las cicatrices son como ventanas a nuestra alma. Nos muestran no solo lo que hemos sufrido, sino también lo que hemos superado. Son señales de que, a pesar de todo, seguimos avanzando. Y, al igual que una flor que crece entre las grietas del concreto, nuestras cicatrices son testimonios de nuestra fortaleza y nuestra capacidad para encontrar belleza en medio de la adversidad.
Así que, la próxima vez que mires tus cicatrices, no las veas como imperfecciones, sino como medallas de honor que muestran que has sobrevivido y que estás dispuesto a enfrentar cualquier desafío que la vida te presente. No ignores tus heridas pasadas, abrázalas y aprende de ellas. Y, sobre todo, recuerda que, aunque las cicatrices puedan ser visibles, son solo una pequeña parte de la increíble historia que estás escribiendo con tu vida.
Nuestras heridas y cicatrices, ya sean físicas o emocionales, son una parte esencial de lo que nos hace humanos. Son las pruebas de que hemos vivido, amado, luchado. Son el testimonio de nuestra resistencia, de nuestra capacidad de recuperación y de nuestra voluntad de seguir adelante. En lugar de avergonzarnos de ellas, debemos celebrarlas, aprender de ellas y usarlas como inspiración para seguir creciendo y evolucionando.
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