La primera vez que lo enfrenté, tenía como diez años. Me acuerdo clarito: estábamos en el living y grité fuerte que me pegara, que me sacara la porquería si quería pero que no me iba a callar (en ese tiempo yo no decía garabatos). El segundo round fue seis años después, cuando decidí salir de la casa sin despedirme y no me habló por dos semanas, hasta que mi mamá me convenció para pedirle disculpas. El último conflicto fue hace un par de meses. La mierda quedó dando vueltas en el aire porque yo me cuestioné cómo tenía la cara de hablarme de responsabilidad y del cuidado a sí mismo, cuando él por curao quedó tirado en algún punto de Avenida Matta con la cabeza machucada, sangre en la camisa, sin saber cómo, si estaba tomándose unos copetes no más con unos colegas en La Piojera. Esa vez me quedó mirando con ira y pena, me cerró la puerta de su pieza en la cara. Yo nunca me disculpé.
Ahora tengo veintidós años y no lo saludé para el Día del Padre. Tampoco me he retractado ni pienso hacerlo. Él no lo ha olvidado ni lo hará. Pero sí hablamos, porque a estas alturas no tiene sentido aplicar la ley del hielo en una casa que se está quedando cada vez más despoblada.
En el fondo, sabe que esta casa es tan fría que ya no se puede sostener sin estufa a parafina, por eso se levanta temprano, a pesar de sus años y sus huesos. Porque un hombre de campo que se ha formado en la ilustre Escuela de Carabineros, se toma la vida entera con trabajo y disciplina. La llamita artificial comienza a calentarnos desde el mediodía, a veces incluso más temprano y no se apaga hasta la una o dos de la mañana, dependiendo de la programación de la tele. Pero a esa hora él ya está durmiendo, porque el hombre de campo se acuesta con el sol y se levanta con las gallinas. En Maipú no hay gallinas, pero tenemos una plaza al frente y el paco retirado sale a barrer y regar religiosamente. Cuando se ve reemplazado por el viejo del aseo, entonces barniza la reja de entrada o barre el patio o remueve la tierra del diminuto antejardín antes de irse al trabajo.
En la casa del hombre de campo nunca falta la comida. Pero la buena comida, como el consomé de ave, la sopa de pava y la carne de cordero que la mujer le prepara solo a él porque nadie más aguanta tanto animal. Al hombre de campo no le faltan las rancheras los domingos, ni el vino los lunes. Tampoco le falta el vino los martes, ni le falta los miércoles y los jueves y los viernes y los sábados y los domingos. Pero el hombre de campo no es alcohólico, él toma porque es antioxidante, y de repente uno o dos vasos de whisky también porque ya está viejo y puede darse el gusto.
Fanático del Santo Papa Juan Pablo II, el paco retirado se limita a hablar sobre la importancia de la gratitud, el amor por la familia y el respeto, esos valores católicos de los cuales los fachos cínicos se pueden agarrar porque les sienta bien. Respeto por él que es el padre, respeto porque es el fefe de hogar, porque nos ha dado todo, porque tenemos qué comer, porque no pasamos frío, porque sí. Porque yo soy la última palabra.
Después del almuerzo, que nunca es en la mesa del comedor, excepto en Navidad y Año Nuevo, dice que va a descansar dos minutitos y se pierde en su pieza. A veces hasta el otro día. Y ahí, tumbado en un colchón que ya se ha deformado con el peso de sus polvos desabridos y las siestas de cinco horas, se pone a pensar en todo lo que logró. En la hermosa familia que ha formado; que tiene esta casa propia, que tiene un perro -y una mujer- que le obedecen. Un par de hijas bien portadas, un auto y un típico trabajo de paco jubilado, estable y bien remunerado. Lo cierto es que antes de que se le cierren los ojos por tanto cansancio no puede evitar lo que realmente sabe, y se entierra en el sueño cagado de miedo, adormecido por su propio hedor a vino y cigarros que ya se ha quedado impregnado en su colchón y piel.
Los tres diplomas de “Empleado del mes” cuelgan de la pared azumagada, al igual que el calendario de Juan Pablo II y una foto mía en sepia vestida de niña antigua que dice Feliz día, papá.
Si él tuviese que elegir entre las cuatro tortugas ninja se quedaría con Leonardo: hermano mayor de una familia y poseedor de un fuerte sentido del honor. Mi papá. Igual no es mi papá, pero es como si lo fuera. Conoció a mi mamá en un carrete allá por el 97 con Los Ilegales de fondo. O eso se me viene a la mente cuando me cuentan cómo se conocieron. “Fue súper chistoso, le había dicho como tres veces que no quería bailar”, me cuenta mi mamá.
Me acuerdo la primera vez que me fue a buscar al colegio con uniforme. La cagó, fue como que llegara un rock star; habían muchos cabros chicos a su alrededor preguntándole cosas y el muy con cara de duerme tranquila niña inocente. Pero después seguía la mejor parte: subirme a la Yuta, porque sí, me fue a buscar en Yuta al colegio. Y ahí estaba yo, mi papá y un paco joven al que mandaba siempre a comprar cosas para comer. Literalmente hija de la Yuta.
Un día del entrañable 2004, estaba muy en la mía, cuando le pregunté genuinamente al Martín si podía maquillarlo. Se rio bastante, pero se dejó. Allí, sentada, pintando a mi papá, que seguía con el uniforme de paco puesto. Hermoso. Finalicé con un brillo que tenía de Hello Kitty. Cuando llegó mi mamá, simplemente hubo confusión y después risas. No hubo dieciocho, navidad ni año nuevo donde no nos riéramos de la situación.
Enojado, ofuscado, sincero y bastante moral. Tan moral, que un día se me acerca y me dice: “cuando me retire de Carabinero, vamos a fumarnos un pito”. Y estoy segura que te estas imaginando a un paco, enojado y buenosdiasbuenastardes; espero derrumbarte esa imagen ahora que te cuente que durante años tuvo como ringtone Rock Dj de Robbie Williams.
Ojos verdes al igual que su uniforme; los mismos con los que me lanza esa mirada que supone un mix de tristeza-fracaso. Me contó, hace no mucho, que quiere estudiar Derecho. Y a mí se me viene a la cabeza el día cuando se cagó a Hernán Calderón, o el supuesto mejor abogado de Chile. Nadie puede hacerlo tonto con las leyes. Este paco, en vez de llevarse el diario al baño, se lleva un código civil. Anda a saber tú porqué.
Casa de Herrero, cuchillo de palo. En mi casa nunca puso reglas más allá de su famoso “en esta casa no entran chunchos ni punkies, Babra”. Pero ni asco le hizo al chiquillo fan de Bakunin, ni al James Dean del Partido Comunista, ni al otro muchacho de Cobreloa; seres humanos que alguna vez llevé a la casa.
Lo he visto triste: cuando supo que mi mamá quería el divorcio, cuando mataron a su compañero de trabajo y cuando a mi mamá le dio cáncer. Y han sido las tres veces en las que no he podido decirle algo de corazón. Quisiera no verlo triste nunca más.
Quisiera también que viviera para siempre. Quisiera que me diera sus pacotips para escapar del guanaco; que me dijera que le da lo mismo que su compañero sea gay; que siempre se ría de mis chistes malos; que me diga que su grito favorito es ese que dice “los pacos tienen tetas”; que invente la letra de una canción de los Arctic Monkeys sólo para estar en onda conmigo; y que siga siendo el paco no tan culiao que siempre ha sido.