Las cosas parecían mejorar con el pasar de los días, por lo menos Dorcas era capaz de sentir de nuevo. No era la de antes, y quizás nunca lo sería, pero esto era todo lo que le quedaba; como una sobreviviente hecha y derecha, haría lo mejor con ello. Era cierto que se sentía más débil de lo que alguna vez en su vida se había sentido, pero desde hace tiempo aprendió a caminar a pesar de sentir que sus huesos se quebrarían en cualquier momento. Dorcas estaba mejor y finalmente parecía ser ella.
No pasó desapercibida en el tétrico colegio. Siempre había atraído miradas, era parte de su esencia, algo a lo que estaba acostumbrada. Sin embargo, aquella tarde, cuando un alumno del colegio que visitaba se acercó a ella, pensó en sacar su varita. Antes de que pudiera hacerlo, este se arrodilló sobre el suelo y comenzó a recitar un poema en noruego con demasiado ímpetu. Una rosa era sostenida entre sus dedos y su brazo la extendía hasta Dorcas. Detrás de él un séquito de jovenes de su misma edad albergaban más rosas entre sus manos, suponía que eran parte de su compañía. El problema recaía en que el objeto de su afecto no comprendía su idioma, lo cual le causaba risas apenadas—. No te entiendo nada —quiso hacerle saber entre sus pequeñas carcajadas, pero el aludido pareció no comprenderla tampoco, pues continuó entonando aquel escrito que parecía eterno. Suponía que lo único que le quedaba era reír escondida por la palma de su mano, esperando a que se detuviera.