Reveldía.
Me equivoqué al desear la muerte,
pues no fue deseo,
sino desesperación.
Lo intenté todo
y no bastó.
No es anhelo,
es hartazgo.
Soy un cúmulo de desgracias,
el infortunio condensado
en un solo cuerpo.
Consecuencia de no tratar a tiempo:
el insomnio
y la ansiedad,
resultado de la impotencia
y la degradación.
Con algún rastro
efímero y volátil
de alegría,
producto, tal vez,
de la satisfacción inmediata:
en una tarde de sexo
o de algo más puro,
en aquellos gestos
que acarician el alma
como un abrazo de mi madre.
Pero al final,
siempre regreso a mí:
retratado en absoluta soledad,
y con el alma
un poco más rota
que ayer.
He vivido demasiado tiempo
al borde del abismo.
Allí donde la culpa, hecha cadenas,
se envuelve alrededor de mi cuerpo
y la nostalgia las tensa,
arrastrándome hacia la oscuridad,
hacia ese lugar
que no devuelve
lo que toma.
Intento no rendirme,
pero mi consciencia,
apoyada sobre mis hombros,
es la sentencia final:
la gota que,
en lugar de rebasar el vaso,
lo hunde.
Cuando más necesito suelo firme,
la arena bajo mis pies
se filtra entre mis dedos.
No de golpe,
no con violencia:
colapsa en silencio,
dejando que la angustia
supere mis tobillos,
mis rodillas,
y continúe sin detenerse.
Y para colmo,
la plenitud de la incoherencia
me perturba.
Mientras la desesperanza me consume,
dentro de mí todo se quema,
como Notre-Dame ardiendo,
con el cuerpo hecho cenizas,
pero el alma intacta.
En pie,
sin desplomarme,
limitándome a observar
cómo el fuego se convierte
en el tiro de gracia.
Desde las ruinas,
tomo entre mis manos
lo que no puede tocarse,
esculpiendo en letras
la esencia de lo intangible.
Y en ese acto,
resisto.
Porque no soy bienvenido.
Nadie reclamó por mí.
Del dolor tomé la forma,
del llanto brotó el veneno
que ahora me acompaña.
No nací para triunfar,
el éxito no es mi destino,
no soy ningún elegido.
Y, sin embargo,
tomaré lo que no me pertenece.
Coqueteándole a la muerte
y escupiéndole a la vida.
Y en mi lecho final,
cuando te decidas
por fin a mirarme,
en las puertas de mi ocaso.
si hay en tu mirada
algún rastro de juicio
exigiendo explicaciones,
sin buscar absolución
romperé el silencio:
Padre nuestro,
mi voluntad fue hecha
sobre la tuya
y sobre tu plan.









