Infierno I, o el principio del fin de la Edad Media
A la Comedia de Dante la precede una rica tradición de viajes a los reinos de ultratumba. En una tableta del Gilgamesh (1200 a.C.) que las versiones estándar no suelen incluir, el guerrero Enkidu visita en un sueño el “mundo subterráneo,” donde ve a los reyes, princesas y dioses de antaño vestidos de plumas, alimentándose de tierra en total oscuridad. Y para los griegos la catábasis (de κάτα, “abajo”, y βαίνω, “caminar”) era un topos de las historias épicas, que además del famoso libro XI de la Odisea incluía episodios como el de Hércules, que debió descender al Hades para capturar a Cerbero, o el de Orfeo, que maravilló con su lira tanto a la bestia infernal como al dios de la muerte y aun así no pudo rescatar a su amada. Por el lado cristiano los antecedentes no son menos ilustres. Por nombrar apenas un par, la Visio sancti pauli, un apócrifo evangélico del siglo III d.C., detalla la visión que tuvo el apóstol durante un rapto místico, tanto del cielo como del infierno; y la Visio tnugdali, del siglo XII, reporta las experiencias ultramundanas del caballero irlandés Tungdale, que vio allí tormentos que inspiraron los cuadros inquietantes de Jerónimo el Bosco. Hay dos elementos, sin embargo, que hacen de la Comedia el ejemplo supremo de catábasis, al menos en lo que a la literatura occidental se refiere. El primero es la precisión alucinada con que su autor imaginó los tres reinos, al punto que hoy en día su retrato de ellos nos resulta irremplazable, casi “oficial”. Ninguna otra obra osa mapear con tanta exactitud la vida después de la muerte, y su rigor es tal que tendemos a creerle a Dante incluso si no creemos en Dios. Y el segundo elemento, acaso el más importante, es la valentía intelectual de la obra, que solemos olvidar precisamente porque su mapa del otro mundo se ha convertido en la versión estándar. Tendemos a pensar que a Dante siempre lo asiste la más férrea ortodoxia, cuando en verdad su versión de la ultratumba y de la teología que la informa no puede ser más autónoma y original. Un primer ejemplo de esa intrepidez lo encontramos mediando el primer canto. El poema ha comenzado en evidente clave alegórico-religiosa. Durante la Semana Santa del 1300, año en que el papa Bonifacio VIII declaró el primer Jubileo universal, un protagonista de 35 años, es decir en la mitad exacta del “camino de la vida,” extravía el sendero correcto y debe huir de tres bestias que simbolizan la soberbia, la lujuria y la avaricia. Para este punto, cualquier lector cristiano de la época habría entendido que la selva oscura donde Dante se había perdido representaba el pecado, y que lo que vendría a continuación sería un gesto de misericordia divina y un arduo camino de conversión. Pero es precisamente en ese punto que Dante se encuentra con su guía, y este resulta ser no otro que Virgilio, poeta romano de religión pagana conocido por su Eneida y por la perfección de sus hexámetros latinos. La mayoría de comentadores tiende a minimizar el carácter radical de esta elección recordando la caprichosa tradición medieval según la cual la Égloga cuarta se refería al advenimiento de Cristo, que el romano habría escrito en un arrebato profético. De esta manera, escoger a Virgilio como guía para un viaje cristiano no sería tan extraño. Pero hay que tener en cuenta que ninguno de los numerosos viajeros cristianos que emprendieron el descenso al infierno antes de Dante osó hacerlo en compañía de figuras seculares. El guía típico, como es de esperar, es un ángel u otro personaje religioso. Así, al decidir que el maestro que lo conducirá por el camino contrario al pecado será el más grande poeta latino de todos los tiempos, Dante deja claro que su objetivo es nada menos que la reconciliación de dos culturas que para la mayor parte de la Edad Media occidental, al menos desde las Confesiones de San Agustín, resultaban incompatibles: la clásica y la cristiana. Para Dante es posible, tiene que serlo, llegar a Dios por los mismos caminos que los romanos y griegos transitaron, siempre y cuando se reconozca con humildad la necesidad de la gracia. Así queda claro desde el principio por qué la Comedia es a la vez la culminación de la Edad Media cristiana, que quiso salvar al hombre volcándose hacia Dios, y el comienzo del Renacimiento, que se volcó hacia el pasado clásico en busca del hombre, y terminó, como era acaso inevitable, convirtiéndolo en el único dios posible.











