Infierno X o la promesa de una luz imposible
Cuenta la leyenda que Flavio Valerio Aurelio Constantino, segundo al mando del Imperio Romano de Occidente, creyó ver algo en el cielo mientras marchaba al frente de sus tropas en la tarde del 27 de octubre del año 312. Al levantar la mirada lo sorprendió una inmensa cruz luminosa donde se leía con toda claridad: “Εν τούτῳ νίκα” [en este signo vencerás]; y esa misma noche soñó con Jesucristo, quien le ordenó que el día siguiente marcara los escudos de sus soldados con el crismón, un símbolo compuesto por las letras xi (χ) y rho (ρ), las dos primeras del nombre del hijo de Dios en griego antiguo (χριστός). Aquel líder no era cristiano, pero obedeció. El día siguiente, durante el enfrentamiento que la historia conocería como la Batalla del Puente Milvio, su ejército, a pesar de una significativa inferioridad numérica, dispersó al de Majencio, el emperador reinante; y en el caos de la retirada, mientras los vencidos cruzaban el Tíber, Majencio cayó de su caballo y murió aplastado por sus propias tropas. Esa batalla marcó el principio del fin de la tetrarquía que había gobernado al Imperio desde los tiempos de Diocleciano; y años más tarde el mismo hombre que derrotó a Majencio, ahora conocido como Constantino el Grande, reunificaría a Roma bajo su dominio, y luego de un reinado legendario, en su lecho de muerte se convertiría al cristianismo. La conversión de Constantino permitió que aquella curiosa secta tardía del judaísmo se hiciese con el control del Imperio, y de esa manera plantó las semillas de la Edad Media. Por eso para los medievales la Batalla del Puente Milvio era de suma importancia. Europa quería concebirse a sí misma como heredera de Roma, pero en clave cristiana, y leyendas como la de los legionarios de Constantino protegidos por el crismón proveían a ese sueño de una legitimidad no sólo histórica, sino también mística. Pero en los cimientos de ese sueño estaban desde el principio las grietas que habrían de desestabilizarlo; porque si un emperador del siglo IV había reunificado a Roma bajo el signo de Cristo, también era innegable que el Hijo de Dios le había delegado su autoridad a una institución humana muy diferente a la imperial: la Iglesia fundada por Pedro. ¿Qué significaba, entonces, que también apoyase de forma directa a líderes seculares? ¿Quién era la autoridad suprema a ojos de Dios, el Vicario de Cristo o el ocupante del trono sacro de Constantino? Esa se convertiría en una de las preguntas fundamentales de la Edad Media, una cuestión que definiría lo que tendría lugar en Europa durante más de un milenio; y de hecho sus ecos todavía determinan en parte la política occidental, puesto que la doctrina del estado laico y de la separación entre la Iglesia y el Estado deriva en buena medida de los ríos de sangre que se vertieron a favor de uno u otro bando durante el medioevo. Para comprender la verdadera dimensión de ese conflicto es necesario tener en cuenta que en ese entonces la autoridad papal distaba de ser sólo espiritual. En la práctica, si no de nombre, el ocupante del trono de San Pedro era rey de un vasto territorio localizado en el centro de la península itálica, conocido como los Estados Pontificios. Los señores de ese territorio le pagaban impuestos y peleaban guerras bajo su estandarte, y a eso se sumaban los diezmos que le pagaban todos los señores que se reconocían como católicos. Ese poder era una piedra en el zapato de los reyes y emperadores en ciernes, incluso cuando quien ocupaba el solio era una persona sin ambiciones políticas; pero la gran mayoría de los cardenales medievales eran muy ambiciosos, y al convertirse en papas se convencían con facilidad de que Dios no sólo les había otorgado las llaves del cielo, sino también las de la tierra.
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En el siglo XII, en una escena más de esas eternas tensiones entre papado y realeza, Federico I Barbarroja, Emperador del Sacro Imperio, condujo campañas militares en el norte de Italia con el fin de expandir su territorio. Fue entonces que los términos germánicos “güelfo” (derivado de la casa de Welf) y “gibelino” (proveniente de “Weibling!”, el grito de guerra de los Hohenstaufen) se usaron por primera vez en la península. “Güelfos” eran quienes luchaban a favor de la independencia de las ciudades-estado italianas, y “gibelinos” quienes apoyaban a Barbarroja en su intento de conquistar Italia. El Papa, por supuesto, estaba a favor de los primeros, ya que un triunfo del Emperador habría puesto su territorio en peligro; por esa razón “güelfo” y “pro-Papa” se volvieron casi sinónimos. Y por extensión, “gibelino” llegó a significar no sólo “pro-imperial”, sino también “enemigo del Papa”. Pero la política de las ciudades-estado italianas no dependía tanto del Papa o del Emperador como de las familias que las gobernaban, y de sus relaciones, siempre tensas y pragmáticas, con otras familias y comunidades; así que, a medida que pasaron los años y las décadas, güelfismo y gibelinismo se diluyeron ideológicamente, y degeneraron en facciones enfrentadas por una larga e intrincada serie de traiciones, batallas, escaramuzas, asesinatos y venganzas. En la Italia de Dante se era güelfo o gibelino, no necesariamente porque se creyera en la supremacía del Papa o del Emperador, sino sobre todo porque se había nacido en una ciudad, o incluso en una familia, allegada a uno de los dos bandos, y junto con la nacionalidad y el nombre se heredaban conflictos ancestrales. Y para dichos conflictos se reclutaba estratégicamente a quienes pudieran beneficiarse del triunfo de uno u otro de los grandes poderes en contienda, pero en última instancia lo que importaba era el poder local, con todas sus contradicciones, entuertos y mezquindades. Florencia, una de las ciudades-estado más importantes del norte de Italia, fue también una de las más inestables en términos de filiación política durante la Edad Media. Antes de 1248 había sido güelfa; pero luego de la intervención directa del emperador Federico II Hohenstaufen, nieto de Barbarroja, los gibelinos toscanos se hicieron con el poder y expulsaron a sus enemigos. Su preeminencia, sin embargo, no duró mucho; Federico murió de disentería en 1250, y el año siguiente los güelfos regresaron para encabezar una serie de reformas políticas que debilitaron a sus enemigos. Esto culminó en 1258 con la expulsión de todos los gibelinos; pero los exiliados, liderados por Farinata degli Uberti, se aliaron con Siena, ciudad que históricamente había sido favorable a su causa, y el 4 de septiembre de 1260, en la batalla de Montaperti, derrotaron de forma humillante a sus compatriotas güelfos. Las secuelas de esa batalla fueron más dramáticas que esta misma. Embriagados con la victoria, los sieneses propusieron borrar a Florencia del mapa, lo que habría fortalecido significativamente la posición de su ciudad en el norte de Italia. Farinata degli Uberti fue el único que se opuso, diciendo que sus tropas pelearían una segunda batalla contra sus aliados en ese mismo momento si no desistían de su propósito. Degli Uberti y sus hombres superaban en número a los sieneses; aquel día no se luchó más. Luego de salvar —literalmente— a la patria, Farinata y su partido se hicieron una vez más con el gobierno. Conscientes de que su posición era débil, se empeñaron en fortalecerla con el apoyo de Manfredo de Sicilia, de la casa Hohenstaufen; pero el papa Urbano IV, aterrado por la posibilidad de que el Emperador usara a la Toscana como cuartel general para conquistar el resto de Italia, coronó como rey de Sicilia al francés Carlos de Anjou, con el compromiso de que se deshiciera de Manfredo y sus incómodos gibelinos. El francés cumplió de forma decisiva su parte del trato en 1266, cuando sus tropas vencieron en la batalla de Benevento. Manfredo, rodeado por un puñado de sus caballeros, cargó contra el enemigo al darse cuenta de que la derrota era inevitable. Al principio se lo enterró con honores en el mismo lugar donde cayó; pero luego, por orden directa del Papa, sus restos fueron exhumados y enterrados en una fosa sin marca, fuera de las fronteras del Reino de Nápoles y de los Estados Pontificios. Después de su derrota en Benevento, los gibelinos nunca regresaron al poder en Florencia. Los Uberti y las otras grandes familias pro-imperiales fueron exiliados, sus herederos fueron expropiados, e incluso se prohibió que se construyera sobre las ruinas de sus casas, para que el pueblo recordara por siempre lo que les ocurriría a quienes se oponían al poderío güelfo. Pero en la mente de muchos, dada su decisión de salvar a Florencia incluso en contra de sus propios intereses, el nombre de Farinata tenía una resonancia noble, acaso trágica. Por eso, cuando Dante le pregunta a Ciacco por él en Infierno VI, el hecho de que se encuentre “entre las almas más negras” es triste y ominoso. Degli Uberti podría haber sido un líder gibelino, pero mucho más importante que eso era su condición de estadista magnánimo; de hombre que, en el momento de mayor debilidad de la patria, había arriesgado todo su capital político y militar para salvarla. Ese es el hombre, figura clave de la política italiana de su tiempo, que Dante encuentra en el canto X del Infierno, erguido cuan alto es en la tumba en llamas a la que ha sido condenado por hereje de inclinación epicúrea; y si el lector siente al recorrer esos versos que hay algo no sólo aristocrático, sino también honorable, en el porte, la fiereza y el diálogo cortante de ese pecador, eso no es casual. Farinata será un condenado, pero también es un héroe. Parte de la pregunta de Infierno X es cómo es posible que esa combinación exista; que alguien cuya nobleza y liberalidad son innegables sea también un pecador irredento.
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A diferencia de todos los condenados que lo preceden en el poema, Farinata habla primero. Su voz irrumpe de una forma inesperada que Erich Auerbach elogió con justicia, ya que se trata de un momento de llano realismo casi sin precedentes en la literatura de Occidente. Transcribir las palabras de alguien sin introducirlo antes, evocar la sorpresa del personaje mediante la del lector mismo, es una técnica narrativa básica a la cual nos hemos acostumbrado hasta el punto de que no la reconocemos como tal, pero Dante prácticamente la inventó para narrar el encuentro con Farinata en el infierno. Y lo primero que este hace es llamar a Dante por su gentilicio: O Tosco! [¡Oh, toscano!] ¿Cómo puede saber el capitán gibelino que el hombre que camina vivo por el cementerio eterno de los epicúreos es un compatriota suyo? Sencillo: por el acento. La tua loquela, le dice, ti fa manifesto: tu dialecto te ha delatado. De la misma manera que un porteño, un antioqueño o un cubano detectarían de inmediato a un paisano en una calle concurrida de Calcuta o Nueva York sólo con oírlos hablar, Farinata reconoce en el autor de la Comedia a uno de los suyos. La escena, aunque fantástica, es perfectamente plausible. Después de más de dos décadas de arder en una tumba sin tapa pero sin escape, el hecho de que un hombre libre pase por allí es razón más que suficiente para entablar una conversación, y más aún si su acento lo revela como un conciudadano. “¡Hey, toscano, ven acá!”; cualquier otro habría dicho lo mismo. Pero en una primera lectura la pregunta siguiente de Farinata puede parecer curiosa, incluso inverosímil: Chi fuor i maggior tui? [¿Quiénes fueron tus ancestros?] Otras almas florentinas le preguntarán a Dante por su familia, o por quienes jugaron un papel importante en su pecado y probablemente habrán de terminar también en el infierno; pero lo primero que el líder gibelino quiere saber son los apellidos del compatriota que está de visita en el inframundo. Y cuando oye “Alighieri”, y entiende que se trata de un allegado de los Cerchi, y por lo tanto un güelfo, su respuesta es recordarle de inmediato que dos veces, primero en 1248 y después en 1266, por orden expresa de la gente de Farinata, sus mayores fueron expulsados de Florencia. La respuesta de Dante está tan bien calculada para herir la susceptibilidad política de su interlocutor como el ataque a traición del condottiero. Los míos supieron regresar ambas veces, replica, pero los tuyos nunca aprendieron bien ese arte. Y de hecho, como hemos visto, luego del descalabro de Benevento los gibelinos nunca pudieron volver a Florencia. Pero Dante no ha contado con algo que debería haberle quedado claro cuando habló con Ciacco: los condenados pueden ver el futuro. Y ese olvido ha de pesarle. Porque Farinata, herido en lo más profundo por la manera como este compatriota le recuerda que su facción fue la perdedora de una centenaria lucha intestina, sabe lo que le sucederá a él en menos de un año y decide revelárselo con todo detalle. No presuma tanto del triunfo güelfo, le contesta, porque dentro de poco usted, no sólo su partido sino también usted, será exiliado de esa patria que tanto ama. Ante esa terrible revelación, Dante se queda sin respuesta. Quiso jugar con un condenado a determinar el partido político que más victorias se ha adjudicado en Florencia, pero el condenado entendía el juego mejor que él, sabía cómo se desarrollaría en los próximos años, y le ganó la partida. En efecto, Dante fue exiliado de su ciudad natal en marzo de 1302, pero no por los gibelinos sino por los mismos güelfos. En efecto, luego de su victoria en 1289 contra los aretinos, el partido triunfante se dividió en dos facciones, lo que demuestra que para entonces las ideologías pro- o anti-papistas pesaban poco frente a las tensiones intrafamiliares y económicas. Los güelfos negros, liderados por la familia Donati, se identificaban con la vieja nobleza, mientras que los blancos, capitaneados por los Cerchi, eran más cercanos a las familias de nuevo cuño que se habían enriquecido mediante la industria y las finanzas. Los Cerchi eran allegados de los Alighieri, por lo que Dante era un güelfo blanco; y en 1301, mientras se encontraba en Roma por petición de la República en calidad de embajador ante Bonifacio VIII, los güelfos negros se tomaron la ciudad y expulsaron a sus enemigos, entre ellos los Alighieri, y ordenaron la confiscación de sus bienes. La primera condena de Dante era por dos años y tenía derecho a apelación; pero dado que no se presentó a la audiencia —y las autoridades florentinas sabían bien que no podría hacerlo, puesto que Bonifacio lo estaba reteniendo en Roma— se lo condenó in absentia al exilio vitalicio. Si regresaba, se lo quemaría en la hoguera. Y a pesar de sus ingentes esfuerzos nunca se lo perdonó; de hecho, fue apenas en 2008 que el comune florentino emitió la anulación de la pena de muerte de Dante Alighieri. El autor de la Comedia murió en el exilio, probablemente de malaria, en 1321, en el camino de Venecia a Ravena, y fue enterrado en esa última ciudad, donde pasó sus años finales y compuso buena parte de su obra maestra. Pensando en esa terrible derrota futura profetizada por Farinata, Dante va cabizbajo. Su guía se percata de ello. El peregrino explica la causa de su desazón, y el guía le responde con un terceto que se cuenta entre los más bellos de la Comedia:
Quando sarai dinanzi al dolce raggio di quella il cui bell’occhio tutto vede, da lei saprai della tua vita il viaggio.
[Cuando estés frente a los dulces rayos de aquella cuyos bellos ojos todo lo ven sabrás por ella el viaje de tu vida.]
El mensaje de Virgilio y del canto es de una sabiduría melancólica que el personaje no es capaz de asimilar; pero lo reconforta en algo la promesa de que verá a Beatrice y oirá algo de su boca sobre esa profecía. Sigue caminando. Pero esa es sólo una dimensión de la escena. Para entenderla a cabalidad es necesario tener en cuenta que en la Comedia no hay uno, sino dos Dantes, ambos personajes del texto, ambos peregrinos. Está Dante-personaje, que cruza físicamente los tres reinos de ultratumba de la mano de sus guías, y para quien cada encuentro es nuevo e inesperado, cada palabra espontánea; pero está también Dante-autor, que ya ha descendido al Infierno y ascendido al Paraíso por medio de la montaña del Purgatorio, que ya ha contemplado a Dios, que recuerda cada detalle de ese viaje como si lo tuviera escrito ante sí, y ahora se enfrenta a la aventura paralela de transcribir en papel lo que lleva impreso en el “libro de la memoria.” En varios momentos, Dante-autor habla con voz propia para recordarnos su existencia y recalcar que su dificultad es tan o más grande que la del peregrino. Un ejemplo es el cuarto verso de la Comedia, ah, quanto dir com’era è cosa dura, que identifica la dureza del inicio del camino con la dificultad de narrar ese comienzo. De esa manera, el viaje del poeta tiene dificultades, pero también revelaciones, que reflejan las del peregrino y que en unos cuantos momentos claves se diferencian de ellas. El episodio de Farinata es uno de esos momentos. Dante-personaje no ha experimentado el exilio, las conversaciones en el cielo con su amada ni la visión divina, y luego de oír a Virgilio lo único que le traen esas palabras es un vago alivio y una razón para la esperanza. Pero Dante-autor no sólo ya ha terminado el viaje, sino que escribe desde el exilio; para él la amenaza del condenado es una realidad, y también el sentido profundo de las palabras de Virgilio, que no es la esperanza sino la resignación. Da lei saprai della tua vita il viaggio, le dijo el maestro; ahora, al recordarlo y escribirlo, el autor comprende que lo que cambió una vez pudo ver el camino de su vida con ojos iluminados por la visión divina no fue ese camino en sí, sino los ojos que lo contemplan. El exilio, la impotencia política, el desarraigo y la pobreza, que para Dante-personaje son apenas una advertencia, para Dante-autor son concretos e ineluctables; pero también lo es que algo fundamental ha cambiado en el hombre maduro y derrotado en quien se ha convertido. Si para el personaje que no ha visto a Dios, como para Farinata, la política florentina es un valor absoluto, para Dante-autor, que ha visto el universo a través de los ojos totalizantes y amorosos del demiurgo, los güelfos y gibelinos, los Papas y Emperadores, Siena, Venecia, Florencia, los hombres, sus facciones, sus naciones y sus guerras, no son más que accidentes, pequeñas ondulaciones de una línea histórica que, pase por donde pase, conduce desde Adán al demiurgo. En otras palabras, para Dante-autor da lei saprai de la tua vita il viaggio no significa que con la ayuda de Beatrice verá otras cosas en su futuro, sino que verá las mismas de siempre y entenderá que no tienen importancia. En este punto del infierno, en esas tumbas en llamas, se condena a los herejes, y específicamente a los epicúreos, que el poema define en el canto IX como aquellos che l’anima col corpo morta fanno [que piensan que el alma muere con el cuerpo]. Farinata, en efecto, es uno de ellos, pero la forma en que su pecado se manifiesta dista de ser filosófica. La falta del capitán florentino no estriba tanto en lo que pueda creer o no en términos metafísicos, sino en la forma como se comporta en términos políticos y vitales, incluso aquí, en el infierno. Para él, el sentido de la vida se resume en la rivalidad entre güelfos y gibelinos; eso es lo primero y lo único que le pregunta a Dante, la filiación suya y de sus ancestros. Dante-personaje cae en su juego porque antes del exilio todavía cree en la importancia absoluta de la política de su ciudad natal. Y es esa misma creencia la que convierte la profecía del exilio en una tortura; pero para Dante-autor eso no es así, su perspectiva de la vida ha cambiado. Así, una de las cosas que Infierno X revela es que los adversarios políticos, por poco que se parezcan, siempre comparten una convicción fundamental: la de que sus diferencias son importantes, así como el conflicto al que estas dan pie. No hay guerra posible si los rivales no creen que en nombre de sus ideales valga la pena marchar a la guerra. Es por eso que Farinata, en un último análisis, es un pecador similar a Paolo y Francesca. En el caso de los dos cuñados, el amor que los condenó era al mismo tiempo la razón de su nobleza; en el del líder gibelino, la obsesión política que lo convirtió tanto en capitán de las fuerzas pro-imperiales como en el salvador de su ciudad es el motivo de su distinción pero también la raíz de su pecado. Dante-personaje no puede entender eso, porque para adquirir la sabiduría distante necesaria le faltan la iluminación de Dios y el dolor del exilio. La genialidad de Infierno X es que pone al lector en el punto insostenible en que esas dos visiones, la del autor y la del personaje, se friccionan la una contra la otra y producen chispas de poesía con el roce. Porque el punto de vista de Farinata y de Dante-personaje no es inválido, apenas limitado; mientras que el otro, el de Dante-autor y su poema, es tan sabio que en ocasiones parece inadmisible, precisamente porque es sobrehumano. Y en medio estamos nosotros, humildes lectores, que no hemos visto a Dios y probablemente nunca podremos verlo, criaturas de tiempo y sangre para quienes es inimaginable la trascendencia; pero al mismo tiempo comprendemos que obsesionarse con los asuntos humanos es una trampa muy peligrosa. Y sin embargo, por mucho esfuerzo que hagamos seguiremos siendo humanos; así que acaso, por lo menos para nosotros, la trampa sea inescapable. A menos, por supuesto, que podamos ver el camino de nuestra vida con ojos purificados por la luz de Beatrice; pero si no se es Dante Alighieri, tal vez sea natural pensar que tanta luz es imposible.










