Ay, amor mío, qué terriblemente absurdo es estar vivo, sin el alma de cuerpo, sin tu latido.
seen from United States
seen from United States
seen from Germany
seen from Russia
seen from Finland

seen from United States
seen from Finland
seen from Germany

seen from China

seen from Australia
seen from Austria
seen from China

seen from United States
seen from Russia
seen from Canada

seen from Singapore
seen from China

seen from United States
seen from China
seen from China
Ay, amor mío, qué terriblemente absurdo es estar vivo, sin el alma de cuerpo, sin tu latido.
Límite mío, azul y de todos los colores que no existen, pecado mío, ¿y si no peco? ¿cuál es tu nombre? de cualquier forma, lo eres y no lo eres, mi órbita perdida, mi borde leve de tiempo, corteza mía, alma mía, penetrante como una herida que no sangra, que se siente, como una luz transparente que se hunde y se refleja al otro lado de la nada. Tus manos, no, más allá de eso, más allá del cuerpo, de la presencia visible, más allá del corazón, ¿qué hay? hay tu esencia, tu bravura de mar salvaje, indomable, de universo oculto. Ven, más breve aún, te toco, te siento, te miro.
Iram A.
Sucedió que un día, después de vacaciones, en la primer semana de clases, ya estaba yo en mi tercer año de universidad, y ella había ingresado recientemente al bachillerato, justo a la misma escuela que yo cursé. Faltaban cuarenta minutos para que diera la una de la tarde, me salí de bañar, estaba ya con mi pantalón puesto, mis zapatos, y terminando de planchar la camisa que vestiría, cuando se escucharon unos toquidos en la puerta. No abrí porque no acostumbraba a atender la puerta mientras estuviera solo, y en sí, no había nadie importante a quien abrir, por lo regular eran vendedores o predicadores, así que no valía la pena abandonar mis menesteres por una situación inverosímil. Dejé pasar el primer toquido, el segundo también y de igual manera el tercero, pero el cuarto vino con más fuerza, con un punto de desesperación que noté raro y fue por ello que apresuré a ponerme la camisa e ir a abrir la puerta. Era Catelina, vi su rostro nervioso y angustiado, triste. La saludé y ella me preguntó por Martha, le dije que no estaba, que estaba en casa de mi abuela desde la noche pasada, y que seguro no tardaría en volver. Pero ella la necesitaba, y de repente de sus diáfanos ojos brotaron lágrimas que no querían salir, pero que se escaparon de sus adentros tan puros y cálidos. No supe qué hacer, no la conocía bien y por tanto no sabía la causa de su malestar, así que le dije que entrara, y cerré le puerta, ya dentro, le pregunté qué pasaba, por qué lloraba y quería tratar de calmarla con muchos abrazos que no me atrevía a darle; pero seguía llorando, con una ligereza que quizá ella controlaba, y que, inconscientemente, pedía a gritos mi calor. Así que la tomé en brazos y nos mantuvimos así unos segundos, yo, sin pensar nada, la aparté con sutil calma y le volví a preguntar qué pasaba. Al parecer había tenido una discusión con su madre y no le había dado dinero para sus pasajes a la escuela de ese día, por lo que me ofrecí a prestarle el dinero suficiente. Ella no quería aceptarlo pero insistí, y rápido y nervioso, con las manos temblorinas, fui a mi habitación, tomé mi cartera y saqué unos billetes, volví a ella y se los entregué, ella me agradeció, seguía llorando pero sus lágrimas ya estaban menos frecuentes, así que la volví a atraer a mis brazos, suspendidos del tiempo por unos segundos, hasta que la puerta se abrió y entró Martha, quien, al mirar sorprendida que Catelina estaba allí, hizo una cara de sorpresa. Rápido le dije que algo pasaba con ella, y que hablara con ella, así que fui a mi cuarto y cuando volví a la escena, lo único que se me ocurrió decir fue que ya era tarde para que Catelina se fuera a la escuela, y ellas, como dos niñas obedientes, se despidieron. Catelina me dijo adiós y gracias. Mañana vengo a pagarte el dinero. Sí, no te preocupes, le dije con una sonrisa, y la puerta se cerró.
Iram A. Catelina o la indecisión de la moral. lV
No las conocía, pero me daba la impresión difuminada de que ya había estado con ellas. Eran coetáneas, eran quizá las estrellas de la época, las más aclamadas por el público francés, y también, bueno, uno puede suponer, hasta competidoras, rivales entre sí. Unas magníficas mujeres, diosas terrestres. Yo me adherí a la música de ambas, miraba sus fotos, tecleaba sus nombres en el buscador, las contemplaba en la actualidad, y como queriendo regresar los años, agregaba la palabra "joven" seguida de sus nombres. Era entonces cuando aparecían las nuevas imágenes obedeciendo a mi búsqueda: fotos a blanco y negro, con sus rostros jóvenes y mozos, tiernos e inexpertos. Quise tocarlos, besarlos a ambos, tenerlos conmigo, pero claro, eran desmanes míos, tonterías de la mente. Sin embargo las descubrí, pero sabía que algo me unía, algo que sí podía explicar, y que se mantenía intacto en mi mente, o en mi inconsciente, retirado para siempre de mi memoria, al menos en esta vida que estaba viviendo. Ellas dos, sí, esas dos ninfas, había estado con ellas en sus mejores tiempos, hace unos 45 o 50 años atrás, en los años 60´s , cuando eran muy sonadas en Francia sus canciones: Le Temps de l'Amour; Les Sucettes (la canción con el gran cantante Serge Gainsbourg); Cet air la; Poupee De Cire Poupee De Son. ¿Cómo saberlo? ¿De qué manera probar sin que me tomen como un loco, que estuve con ellas y que fui amante de ambas, y que por ello fui reconocido como el hombre que tuvo a las dos sensaciones de los años del medio siglo? Es un fin ego-maniático, pero en verdad pasó. No puedo recordar cómo fue porque no sé nada de sus vidas, un poco a caso, pero no lo suficiente para saber en qué lugar, en qué momento pasó. Mi mente corre en los recovecos, pero no hay lugar palpable en esta, mi vida, que pueda ser usado, pues todo es nuevo desde 1995, año en que empezó mi vida actual, ahora, habría que hacerme un tipo de exorcismo o ritual o hipnosis, algo que me pueda ayudar a recuperar los archivos terriblemente almacenados en mi memoria antinatural, e irme a esa dimensión gastada y obsoleta, sí, en esa otra vida que tuve, a lado de las dos figuras bellas, al lado de France Gall y Françoise Hardy.
Iram A.
Los tiempos del amor
Desde este punto se marca ya la historia inconclusa que comenzó hace meses, una historia que no merece llamarse como tal, sino que sería una coartada de lo que antecedió y lo que comenzó. Por lo tanto merece la pena decir todo aquello que pasó dentro de mí, y lo que despertó sin sentir verdaderamente esa mutación de mi sentimiento. Cuando escuché eso de Martha, las palabras exactas que dijo Catelina aquella tarde en la que estaba en mí casa y yo salí no recuerdo a dónde, me produjeron una sensación de libertad, de acceso inmediato a ella, del punto mero de arranque hacia mi meta: ella. Y lo que dijo, Siempre será mi amor platónico. Aquel amor, aquella continua admiración a la forma en sí, sin tener que tocarla necesariamente, un amor que se nutre de la presencia visual hacia el objeto, hacia mí. Sin dejar de lado la unión que nos hilaba indirectamente. Esa misma noche mis pensamientos se atiborraban con una constante que marcaba si en verdad daría yo un paso más allá o me quedaría inmóvil ante la situación. Hice lo contrario entonces, me levanté de la cama, me dirigí hacia donde Martha estaba haciendo su tarea y la hice pronunciar de nuevo aquello que había salido de su boca, aquello que Catelina pronunció con sus propios labios. Y cuando me lo dijo, casi inmediatamente respondí, Dile que ella también es el mío. Lo hice casi a manera de juego de adolescentes mandándose indirectas de su atracción, sin pensar siquiera en que todo ello antecedería a lo impensable. Mi intención no era que Catelina supiera lo que dije, sino a manera de liberación de lo que cargaba en mí. Fue entonces cuando Martha me preguntó sorprendida si estaba seguro de lo que decía, pues ella le diría a Catelina aquello que dije. No sin pensarlo antes, le dije, a manera de completar mi comunicado, sí dile eso, pero le dices después también que ella es muy pequeña para mí. Pasaron algunos días para recibir respuesta, y he de decir que la ansiedad no estaba en mí, sino que hubieron momentos en los que había olvidado lo sucedido, como había pasado antes, pues durante es etapa no le asignaba ningún grado de importancia a lo que pasaría, dado que no pensaba en eso siquiera. Martha, sin preguntárselo, me dijo aquello que Catelina respondió, Dile que eso no importa. Reí nerviosamente y después de hablar de otras cosas terminamos la conversación. Su respuesta -pensé- fue una manera de provocación para mí, es decir, me invitaba a empezar el juego, me incitaba a no dejar las cosas en blanco. Y eso fue lo que hice, claro, ya no respondí nada, ni le mandé otro mensaje a Martha para que respondiera, sino que asumía que la llama ya estaba encendida, y era, en todo caso, necesario seguir en esta ruleta rusa que encerraba muchos enigmas, ¿era bueno entrometerme en la vida de una nínfula, siendo yo cinco años mayor que ella, y disfrutarla como un placer más? ¿O acaso no era inmoral, ante una sociedad moderna, besarla y acariciarla frente a un público perjuicioso? Pensé entonces que en otra época el suceso hubiera pasado desapercibido, que la importancia ante cualquier par de ojos era nula, pues, como el lector sabe, hubieron tiempos predominantes con esta estructura: a la mujer no se le daba interés alguno por su edad, bastaba que al hombre le atrajera la mujer, tuviera la edad que tuviera, para desposarse con ella. En mí caso no pretendía eso, mi vida era corta y tenía muchos planes personales en cuanto a mi vida, pero el simple hecho de mantener una relación con ella englobaba ya muchos problemas encima; por lo que durante muchos días esa ambigüedad retorcía mis más profundos pensamientos. He de decir también que yo no era una persona antisocial, me mantenía al margen de mi época, de las normas establecidas y todas las consecuencias que desencadenan la falta a éstas. Fui forjado por una educación conservadora, al margen de una religión y quizá esta base puso en la cuerda floja todo lo que había aprendido. Llegué al fin a una decisión que no quise analizar profundamente, sino más bien me lo dije y actué acorde a ello: dejarme seducir por el suplicio interno, por ese bagaje de deseos que me invitaban a lo insólito, a eso que jamás había experimentado.
Iram A. Catelina o la insensatez de la moral III.
Durante un tiempo, después de aquella primera visita, pasaron lapsos diminutos en los que ella iba a casa con Martha, no fueron en sí muchas veces, pero fueron momentos que pudieron advertirme todo lo que se aproximaba. El primero, y quizá el único que recuerdo, sucedió un viernes en el que yo no fui a la escuela, estaba atiborrado y cansado; me levanté tarde, hice la limpieza en casa y estaba ya en la computadora navegando en la red. La cerradura de la puerta principal se escuchó y de ella entró Martha, la miré sin cuidado, cuando detrás de ella estaba Caterina, que también entró a la casa. No supe realmente qué pasó, pero sentí algún tipo de nerviosismo, y claro, yo miraba desde la ventana, sigilosamente, con las cortinas cubriendo todo y dejando entrever la escena por un pequeño hueco que yo sostenía con mis manos. La otra ventana que daba al escritorio estaba abierta, se podían ver algunos libros y mis lentes de lectura sobre éstos. Yo era nada más un espectador, un espectador que miró una media hora seguida su rostro y su cuerpo, sin que ella me viera. La miraba y quizá algo ambiguo había comenzado, algo que no estaba definido, pero que mantenía mis ojos bien puestos en ella, mirándola desde los pies a la cabeza. Esa misma noche o tarde, Martha, como todas las veces, me informó acerca de lo que de mí habían hablado, y me dijo que Caterina había estado mirando el escritorio por el que se asomaba la ventana, que había dicho, Qué lindo se ven sus libros y sus lentes, en verdad son encantadores. Es lo que recuerdo. En esos momentos no me sorprendieron nada sus palabras, porque yo más bien las relacionaba a simples habladurías al aire de una adolescente que no sabía nada de la vida, y que además se sentía con la facultad de poder hacer y decir lo que quisiera de alguien. Es importante mencionar que durante todo ese tiempo me era indiferente cualquier información que tuviera de ella, y cualquier elogio era bien recibido, para fines ególatras únicamente. A la semana supe que ya tenía novio y que apenas llevaban algunos días de conocerse, también que mi hermana había estado con ellos el día de su primera cita y que -eso lo vi yo- ambos fueron a mi casa a recoger a mi hermana. ¡Vaya destino! Quizá la atracción que me provocó siempre estuvo cautiva dentro de mí, quizá pudo haber sido que algo me frenaba a no querer acceder al deseo de poseerla, y era muy fácil mandar todo tipo de deseo hasta el fondo, aunque tontamente e ingenuamente yo pensaba que lo había eliminado completamente de mí, fue por ello que el día que tocó la puerta y yo abrí, no sentí ninguna sensación que provocara todo aquello que no quería que pasara. Sin embargo conforme fue pasando el tiempo, pudo haber sido que algo se activara en mí, o que las circunstancias hubieran cambiado totalmente, cuando, ya pasados algunos meses, el deseo o el impulso salió a flote de la prisión en la que yo lo mantenía, sí, había escapado vorazmente y también sin que yo lo supiera, y habrá sido por ello que en el lapso de un segundo, algo cambió en mí. Hubo una tregua, eso lo supe en cuanto pasados los meses, y ya familiarizados ambos, ella le dijo a mí hermana que yo siempre sería su amor platónico. Quizá todo lo anterior sirva a manera de introducción a lo que ya se asomaba, ya fuera para saber por qué pasó todo lo demás o porqué no pudo pasar algo más
Iram A.
Caterina o la insensatez de la moral
ll
Qué te puedo decir de ese día que la conocí, digamos que la conocí pero sólo de vista, pues jamás le hablé ni me la presentaron, simplemente estaba en el lugar en donde yo estaba, y no pasó nada más, de hecho durante algún tiempo largo nunca pasó nada, podemos hablar de una simple atracción efímera, como cuando vas en la calle y te encuentras a alguien, entonces simplemente te parece atractiva la chica y es todo: así mismo fue como me topé con ella, pero yo a ella le había causado una gran sensación, un flechazo, y era obvio, pues era más pequeña que yo, le llevaba cinco años, y cuando ya estaba en mi segundo año de universidad, ella estaba apenas por salir de la secundaria. Por supuesto, cómo era que yo me iba a encontrar con una chiquilla así, si esos ya no eran mis ambientes, te has de preguntar. Pero espera, deja que te explique, déjame hablarte primero de lo primero. Era amiga de mi hermana menor, ella me contó desde que la conoció, cuando iba en segundo grado y ella ya estaba en tercero, el último ciclo. Me contó —no recuerdo perfectamente todo— que le empezó a hablar en un receso cualquiera, y que, raramente, compartían los mismos gustos musicales: la pasión por el rock clásico, por The doors, Guns N Roses, Pink Floyd y otros grupos que no recuerdo. Yo siempre escuchaba a mi hermana cuando llegaba de la escuela, y ese suceso me pareció de lo más normal, por lo que no le tomé importancia alguna. La importancia llegó cuando mi hermana le hablaba de mí a su amiga, y digamos que mi hermana me ha tenido un cierto respeto que se ha convertido en admiración, ya sea por todos los libros que tengo, ya sea porque siempre le aconsejo. Días después mi hermana me contaba que la admiración ahora era compartida también por su amiga, hasta el punto de que le dijo que quería concerme, o al menos que sería emocionante conocerme, saber cómo soy físicamente. Me eché a reír y seguí con la corriente, ya sabes, adolescentes que se quieren comer el mundo. Creo que fue el domingo de esa semana cuando ella vino a casa a ver a mi hermana, tocó la puerta y yo abrí. Sentí su inmediato nerviosismo. sus manos inquietas, y su voz titubeante, casi tartamuda, diciendo rápidamente si se encontraba Martha, mi hermana. Le dije que no, que llegaba en media hora, a lo que ella sonrió, y me dijo, gracias, vengo después. Le dije, sí, no te preocupes, adiós, y también sonreí. ¿Que cómo sabía que era ella? Oh, cierto, lo olvide... A ella la vi de lejos un lunes en que iba yo saliendo de casa, en la tarde, y Martha estaba con ella, como a unos cincuenta metros, yo sólo saludé de lejos, alzando mi brazo a Martha. Y creo que esa noche mi hermana me dijo, es ella, ¿quién?, le dije. Caterina, mi amiga. Ay, no sabes que esto que te cuento no es nada, nada de nada, ha pasado ya mucho tiempo, hemos tejido ya un largo hilaje de sucesos que de verdad nos han marcado, y a pesar del riesgo jamás hemos cesado. Espera, que por hoy tengo ya sueño, mañana seguiré con lo demás...
Iram A.
Caterina o La insensatez de la moral
Parte l
En medio del tráfago de las calles me miré en el espejo de los escapartes, en las ventanas de tranvías y edificios, en fuentes y charcos, preguntándome, incrédulo, si no sería transparente.
Herta Müller
Todo lo que tengo lo llevo conmigo.