Título: El olor a cloro
Autora: Irma pelatan Editorial: Cog & Magog Soporte: Físico Resumen: Recuerdos de los años formativos en La Pileta del Corbu en Francia en los 80-90. – Lo compré medio de sopetón en alguna librería linda por palermo alguna vez que fui con Viorne a pasear. Estaba aún trabajando mi propia resistencia a volver a nadar después de casi 20 años de haber competido por última vez.
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Hay algo particular en este libro—y no sé bien por qué—: cada capítulo está separado por una hoja en blanco. Eso genera un efecto de brazada, de bocanada de aire entre entrada y entrada. No sé si fue adrede, si todos los libros de la colección son así o si simplemente era tan corto que necesitaban rellenarlo para que entrara en la tirada. Si fue a propósito fue brillante.
Todo el relato nos va llevando entre reflexiones sobre crecer, sobre pertenecer, sobre las enseñanzas de la pileta y hasta el lugar y cuerpo que ocupamos. Es, en sí, un relato de superación. De rebelión a las formas, a las órdenes, al sistema que intenta amedrentarla, a esa incomodidad que quiere hacerse norma. Ella a veces claudica, pero al final no cede.
Son veinte entradas que van estirando los largos hasta que llegamos a la posta final, donde el análisis es escudo y, a la vez, liberación.
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Transcribo uno que me gustó mucho porque me transportó a mis años de la olímpica del salvador pero que conste quemarqué 10 de 20.
“…Teníamos tres carriles, uno por nivel, y el resto de la pileta lo ocupaban los bañistas. Saltaban, hacían la bomba, nadaban mal, en diagonal; llevaban gorros ridículos, de plástico, con flores, coqueteaban entre ellos, siempre de un modo algo patético. Era un mundo ruidoso, desordenado, libre y torpe, sometido al humillante silbato del guardavidas. Sentíamos cierto desprecio por ese mundo paralelo, ese mundo sin orden, sin esfuerzo, puro placer instantáneo. Nosotros, en cambio, teníamos otro placer, el dolor, el cansancio, el placer de un cuerpo al que le exigíamos lo máximo posible. Teníamos claro que al cabo de una hora, aproximadamente, ingresaríamos en el espacio mental de la voz, el ritmo puro. De un saque el cuerpo recibiría su dosis de hormonas, esa poderosa sensación de bienestar. Con disciplina, durante las tardes de la infancia, nos enseñaban a resistir para obtener una nueva nuestra merecida dosis, sana lógica del deporte”.












