Hay un esfuerzo monumental al describir la experiencia de ver #IsleOfDog sin usar otra palabra que no sea "felicidad". Incluso a pesar de esos rincones oscuros que alberga en su narrativa, con el abandono, la discriminación y la marginación de por medio; la sensación una vez terminada la proyección es tremendamente satisfactoria. Ya sea por que asististe a una película completamente dedicada al "mejor amigo del hombre", con sus actitudes y metáforas, o porque hablamos de perfección en la ejecución creativa, argumental y estética de una animación. Cuando los perros son antojadizamente despojados de sus amos y rutinas, bajo sospechosos argumentos, por un político que aspira a la dominación de una metrópolis, es la inocencia infantil y es vínculo amistoso con uno de los canes el que romperá el círculo vicioso en el que se encuentra sumido el reino. Es tan simple como eso, pero a la vez con complejos y contundentes mensajes vinculados a la corrupción, el control mediático, las fake news, la post verdad y la conspiranoia; temáticas que tanto comidillo alimentan actualmente en noticieros o matinales, en la oficina o en la sobre mesa hogareña. Porque los postulados en #IslaDePerros son tan grandilocuentes como íntimos, funcionando de manera inmejorable en todos sus niveles, ocupando toda la pantalla. Cuando decide dejar a los humanos hablando de una forma incomprensible para la mayoría, pero a los perros en tu mismo idioma, te obliga a mirar las cosas desde otra perspectiva. Te hace ver que la barrera comunicacional puede estar nublando un plan que busca servir a una agenda oculta y te entrega las razones por las que deberíamos darnos la oportunidad para entender al otro. Todo se acentúa cuando las composiciones de Alexandre Desplat impregnan la acción de suspenso y ternura, de aventura y sensibilidad, siendo una compañía que completa la inmersión en la experiencia desplegada por Wes Anderson. Ya lo han dicho otros y yo también lo recalco: aquí hay una joya, nada más, nada menos.