El sonido de la cerradura al abrirse la hizo incorporarse hasta quedar sentada en la cama, expectante. Pensaba que alguien vendría a traerle comida o a probar algo con ella. Lo habitual durante los días que llevaba allí encerrada. Sin embargo, pasó más de un minuto y allí no accedió nadie. Con cautela, se bajó de la cama y se acercó a la puerta, asomándose para comprobar que la celda que le quedaba justo en frente también estaba abierta. Desde allí, otra persona le hacía señas hacia el final del pasillo y, cuando Brie miró en aquella dirección, comprobó que no eran dos puertas sino todas. Y que la gente estaba abandonando sus cubículos. ¿Acaso había terminado? ¿Podían irse? Se frotó los ojos con los puños, incrédula. No podía ser. Tenía que estar soñando. Descalza y con desconfianza, comenzó a avanzar sin rumbo determinado. Su primer instinto fue comprobar qué ocurría, hasta que una alarma la sobresaltó y su paso se hizo más apurado. De fondo se oían gritos y golpes; incluso le pareció distinguir algún disparo, lo cual la puso en tensión. Y, apenas había logrado recorrer un par de metros, cuando alguien la agarró por detrás provocando que frenase en seco. El pulso se le aceleró. ¿Se había vuelto a meter en un lío? - La celda estaba abierta. - justificó a media voz quitándose culpa y sin llegar a mirar aún a la persona que tenía detrás. Se sentía tan débil que, si volvían a golpearla, temía no llegar a contarlo.