Si había algo a lo que Nadya ni había venido a Nueva York era a hacer amigos, pero la vida funciona de manera extraña y, de alguna manera, la noche del Volk la joven rusa había terminado intercambiando números de teléfono con un hombre. A decir verdad, Nadya había estado a punto de darle uno falso para quitárselo de encima, pero, por alguna razón, no lo había hecho. ¿Podía ser que su frío corazón guardara un mínimo aprecio por alguien? Estaba por verse.
John le había enviado un mensaje aquella mañana, diciéndole que estaba cerca del Plaza y que podían juntarse a tomar un café. Nadya habría dicho que no, pero lo cierto era que necesitaba salir de su habitación. La búsqueda y la falta de inspiración la estaban volviendo loca. Además, quizás de algo le servía esa pseudoamistad.
Elegante como siempre, vestida en colores oscuros y zapatos altos, Nadya tomó su bolso y salió de su habitación.
—Buenas tardes —saludó Nadhezda al hombre que la esperaba en la puerta del hotel. Veía que no se había molestado (¿o atrevido?) a ingresar—. ¿A dónde vamos? —le preguntó, educada, pero sin rodeos.
@johncatesby












