Llevo tres semanas escribiendo algo. Me siento en mi cama con la espalda recargada en una almohada que funge como centinela entre una malévolamente fría pared y yo. Coloco el ordenador en mi regazo, me lamento un segundo de que no sea una super modelo, aspiro hondo y saco el humo, la inspiración no llega. Inicio con una frase, intento buscar las palabras adecuadas en el merequetengue de letras que traigo en la cabeza, sé que están allí, en el camión esta mañana, en la escuela mientras el profesor hablaba de sinapsis, bostezos y erecciones, cuando jugaba la consola esta tarde. Las pensé, formé la idea, estructuré las oraciones, las corregí y les dí el visto bueno. Ojala pudiera encontrarlas, pero como no puedo borro las ocho palabras que había tecleado, vuelvo a empezar.
Es difícil escribir cuando quieres tocar un tema realmente importante para ti. Quise hablar de la música, pero es hora que no puedo. Buscaba una estética e ingeniosa manera (por no decir pretenciosa) de narrar los pasos que llevaron a un perdedor de secundaria pública hace diez años a ser Hip hop, y todo lo que implica. Espero encontrar las palabras pronto.
Trabajo al télefono hablando en su mayoría, aunque no exclusivamente con ciudadanos de los Estados Unidos de Norte América. Tengo un promedio de 180 segundos por llamada, y sin contar la hora de comida y los descansos trabajo siete horas y media. Las llamadas llegan al télefono una apenas desconectaste la anterior, a menos que un milagro haga que tengas un minuto de descanso entre llamada y llamada, así que se puede decir que hay una merma de 30 minutos, dejándome con la cifra de cuatrocientos veinte minutos al télefono. Después de un ligero esfuerzo mental, del tipo de los que las personas con las que hablo a diario no acostumbran hacer puedo decir que en promedio, al día hablo con 140 personas distintas. Odio mi trabajo de la misma manera que odiaría cualquier otro trabajo que alguien me impusiera, pero también lo disfruto bastante, una gran parte de los clientes son gente amable, hay muchos divertidos, y otros tantos solo son idiotas, y de los tres me burlo lo mismo, pero hoy, a tan solo veinte minutos de terminar mi turno llegó a mí la señorita Stephanie Banks, de California, y sentí lo que casi nunca siento.
Cuando uno trabaja en servicio al cliente se vuelve insensible a las ofensas, y después de tres años siento que no tardo en romper el record de mentadas de madre impuesto por el equipo LGBT favorito de mi bello país, el Club de Fútbol América. Hace un par de años un joven adulto de Michigan dedicó diez minutos de su tiempo a enseñarme el amplio léxico que tenía, y, con el teléfono en silencio di también la carcajada más larga que he dado en los últimos años, una vez un tipo me dijo que me iba a rastrear y mataría a toda mi familia, yo sólo le deseé una buena noche. Y es que gritarle al teléfono es catarsis y no hay pecado que condenar, pero entre el enojo y el odio hay un abismo.
Nait, Frank, mei ai jelp iu? Alright Frank, I hope you speak English, dijó la señorita. Please speak English, I don't know fucking Afrikan me dice. Continuó la conversación haciendo uso de mi mejor acento para complacer a la dama, Sory? ai am espikin inglish, pongo miut ¿Estás pinche sorda? No that is not English, thats mexican, Im from California and i know u slackers, me responde. K, jau mei ai jelp iu? U can help me by getting out of my fucking country, im sure u are ilegal - skiusmi aiam not in iur contri, bot jau mei ai jelp iu. I wanna extend my rental, but by the way i hope trump build that fucking wall, I dont want u and ur people next to us dice, aún buscando pleito. olrait ail bi japy to jelp iu bai ecstending iur rental, mei ai jav de las for diyids of de credid card iu ius at de cauner? le preguntó anhelando terminar la llamada. No, u may not, I’m not gonna give u that information me dice. Ecskiusmi ma’am, ai nid dad informeishon to continiu. YOU ARE A FUCKING LIAR, LET ME SPEAK WITH YOUR SUPERVISOR... y así continuó por otros tres minutos intentando enseñarme como hacer un trabajo que llevo años haciendo, ofendiendo a mi raza y criticando mi manera de hablar, que por cierto, nadie criticaba desde hace más de cuatro meses porque mi ingles es integramente comprensible.
Hay muchas palabras que me gustaría tener, pero estaría satisfecho si pudiera encontrar aquellas que sirven para describir lo que sentí después de hablar con esa señorita, había impotencia, había odio, coraje, tristeza, decepción. Un revoltijo de sentimientos estuvo allí, y agradezco los miles de kilómetros que me mantenían lejos de Stephanie Banks por qué de tenerla en frente no sé qué le hubiera dicho. Pero llegué a casa, puse la almohada en su lugar, encendí la pipa y encontré mi propia catarsis en un blog de Tumblr. Ahora mismo agradezco al mundo que ha maltratado a la señorita Banks, a la docena de mexicanos que profanaron su cavidad anal sin su consentimiento e incluso al payaso que su raza eligió como líder, por qué me hicieron reafirmar el amor que le tengo a mi raza y a mi país, la esperanza que pongo en ellos y la fuerza para hacer más grande este pueblo. Solo me queda lanzar una advertencia a aquellos que osen ofendernos, valiéndome de las palabras de Vasconcelos: Por mi raza hablará el espíritu.