Si quieres hacer un película donde muestras una realidad surrealista y de ensueño, tienes dos opciones (por lo pronto): Una, pones un protagonista normal que contraste con ese mundo delirante y se haga preguntas sobre el mismo para desentrañarlo con el espectador ("Alicia en el País de las Maravillas"). Dos, el protagonista también forma parte de ese mundo y es tan delirante como éste, así el espectador va empatizando progresivamente con el protagonista ("Brazil"). Pero si lo que pretendes es mostrar un mundo irreal donde el protagonista es igual de raro e incompresible para el espectador que el mundo mostrado en sí PERO además el protagonista no entiende nada de lo que pasa en el mismo mundo en el que habita, entonces el público se ha ido a tomar por culo de la sala porque no entiende una mierda. Has matado toda posibilidad de empatía. Esto es lo que ocurre en "Black Moon" de Louis Malle, una de las mayores odas al postureo cinematográfico jamás realizadas. Joe D´Allesandro se pasea por ahí para insuflarle un aire underground, el fotógrafo habitual de Bergman cubre la película del preciosismo habitual de Ingmar (pero sin su profundidad, claro) y el amigo Malle se limita, literalmente, a rodar en su casa. Los 100 minutos más prescindibles que he visto en mi vida.










