Meditación en la pista de baile, darbuka n' bass, vanguardia ancestral. Palabras todas tan pomposas como inevitables después de haberse sacudido con este mostro de las pistas de baile que hace poco visitó Bogotá -mi actual base de operaciones-, desarrollando talleres en La Redada, Miscelánea Cultural y un par de reventones históricos fuera de la ciudad.
Soundar confirma al menos tres cosas:
Una: la autenticidad es un arma de seducción, su música no pretende sonar parisina ni inglesa; aunque la influencia de estas ciudades y su escena musical es innegable, suena a Mumbai, a Punjad, a Bagalore, a Karachi. Sus sonidos pueden ser globales, pero sin perder la esencia, como lo dice una y otra vez: Rising from the east, this is a Dj Soundar Remix.
Dos: si quieres llegar a la escena global es para llevar tu mensaje, no para diluirte en ella: lás líricas que incluye Soundar son explosivas, invitan a la insurrección, al incendio, a la acción directa del día a día. Y es por eso que lo amamos y no para de circular por los centros sociales y culturales de los cinco continentes.
Tres: es posible fortalecer el circuito musical desde la autogestión, e incluso desde los coqueteos híbridos con el mainstream. Soundar hace parte de una avanzada de la electrónica asiática que apuesta por la autoproducción, por el trabajo en red, y por la música como herramienta para conocer el mundo y absorber de él.
Todo un camino sonoro y organizativo por explorar.