Cada vez más seguido encuentro goce en utilizar el hecho de ver una serie para dejar que mi voz interior divague y construya situaciones y diálogos. El formato telenovela es ideal para esto: su velocidad de comentarios y respuestas, su aparente superficialidad y su festival de besos permanente, permiten (por lo menos a mí) perderme de la trama por un momento y darle rienda suelta al monólogo interior para estar conmigo mismo. Es un formato que no me exige, sino que me acompaña, me seduce y me mantiene en ese estado, permitiéndome ser lo que quiera en ese momento y a la vez, construir pensamiento innecesario pero reconfortante. Como un perfume o como una canción que suena en el momento justo.
Por eso cuando aparece una telenovela interesante me declaro fan al instante. Con La edad dorada (HBO) me rendí desde el minuto cero a sus encantos. La trama, por ahora, se centra principalmente en cómo ciertos personajes establecidos en una ciudad no aceptan a otros recién llegados, ya sea por ser nuevos ricos o por sentir que les falta algo para poder pertenecer. Quizás más que el encuentro de una falta, lo que sucede es que noten que a los recién llegados les sobra algo (y lo desparraman por donde vayan) que ellos no tienen. Es una mirada de arriba a abajo (o por sobre el hombro) constante. Celos, molestias, necesidades de afianzar los propios egos y una atención permanente al otro (en el peor de los sentidos): molesta su existir, su caminar, su color, sus gustos y decisiones. Molesta, por sobre todas las cosas, que los otros sean algo que ellos saben que no pueden ser. Más allá de estar situada en la Nueva York de 1882, me hace pensar en lo que decía Borges al referirse a lo novelesco, “esas cosas solo pasan en la realidad”.
Ensimismado en el trance de la circunstancia de mi cotidianidad, me dejo llevar por mi monólogo interno e imagino que me nutro de las acciones de la más interesante de todas en la serie, la gran Bertha Russel (interpretada de manera sutil y contundente por Carrie Coon). Quien pudiese tener esa seguridad, esa certeza para hilvanar oraciones frescas y directas a la vez, esa manera de llenar los espacios que habita. Quien pudiese ser Bertha moviéndose por la escena del arte, lanzando miradas y comentarios gélidos y precisos.
Un pensamiento transversal cobra forma mientras miro los grandes salones y vestidos moverse a paso firme: entre la vida privada y el mundo social hay un campo de ficción que es común a ambos. Hay una trama compuesta de relatos y personificaciones, así como por ideas inculcadas y caracterizaciones, que son una manera de establecer esa relación, en términos morales, políticos y formales. Un tango, una telenovela, un bolero, el teatro que nos toca afrontar día a día, la máscara que decidimxs utilizar a la hora de afrontar la escena que elegimos (¿ o nxs toca?), el vestuario que acompañará el drama. A veces mientras me pierdo en la serie que estoy viendo pienso que es como si el círculo ya se hubiera cerrado, y toda invención no hiciera más que completar una figura decidida de antemano. Volviendo a La edad dorada (y a las telenovelas en general), es interesante el tráfico de intensidad, sobreentendidos y, sobretodo, drama que se despliega y desliza de maneras sutiles o no tanto. Al verlo me hace pensar en qué sucedería si las galerías de arte se llenasen de especulación dramática al estilo telenovelesca. ¿Qué se haría con las piezas prepotentes y machotas que se consumen y se celebran por el linaje del artista (hombre, claro que sí) que las hizo? Por más que se merodee los límites novelescos de la realidad… se continúa en la realidad (y no se puede evitar la melancolía de lo que no sucede).