Por todas las Laura Luelmo
Hagas lo que hagas, dará igual. Si eres mujer no tienes libertad. Tus derechos los deciden otros y tu vida está en manos de otro.
Si quieres salir a correr (día o noche, cubierta hasta las cejas o en sujetador y mini pantalones) puedes no volver a casa. No porque tu lo decidas, sino por que otro hombre ha pensado que ibas provocando y que te lo merecías.
Si quieres cenar fuera de casa y volver andando porque vives cerca pueden decidir por ti que nunca llegues a tu cama. Si trabajas tarde y quieres volver escuchando música y un lento paseo, pueden decidir por ti que nunca mandes el mensaje “ya estoy en casa”.
Y no, no vale que me digas que esto también le pasa a los hombres, que hay miles de denuncias falsas de mujeres locas que solo quieren joder la vida de sus exparejas. ¿Hasta que no me pase a mí, que soy sangre de tu sangre no vas a ver que hay un problema? ¿Hasta que no le pase a la mujer con la que has jugado y correteado en el parque desde pequeño? ¿Hasta que no le ocurra a tu hija? ¿A tu mejor amiga?
Claro que existen delincuentes que matarán a hombres y mujeres sin discriminar, solo por su dinero. Pero eso no es lo que está pasado. Ese no es el miedo con el que salimos todas a la calle.
Solo nosotras, solo las mujeres sabemos lo que significa enfrentarte a una calle solitaria, de día o de noche, y sentir la sangre hirviendo, tus sentidos alerta, fingir que escuchas música pero mirar todo alrededor, coger las llaves para defenderte, tener marcado el número de emergencias en el móvil, llamar a alguien (o fingir que lo haces) para sentirte acompañada…
Parecemos cansinas, pero es que todos los días curre algo que nos recuerda que estamos en otro escalón en la sociedad actual.
Un hombre se masturba en el metro frente a una mujer y eyacula en ella, una mujer sale a correr y desaparece para siempre, el resto de las mujeres hacen grupos para salir a correr juntas, seguras. Porque tenemos miedo. Pero el que ha matado a una profesora no lo tenía. El que sintió que su sexualidad estaba por delante del respeto y la libertad de otra persona tampoco tenía miedo.
Mi padre no tiene miedo cuando vuelve tarde de viaje, mi hermano no lo tiene cuando sale con sus amigos a cenar. Mi madre sí mira por encima del hombro cuando pasea a nuestros perros por la mañana, yo cojo un taxi para volver a casa cada noche a pesar de vivir a 20 minutos del trabajo.
La mitad de la población de las sociedades que se llaman desarrolladas, del primer mundo, no puede sentir miedo. No debe sentir miedo. Si lo hace es que no es una sociedad desarrollada ni evolucionada. Sino una donde los instintos animales funcionan por encima de la lógica, la educación y el civismo.
No se trata de feministas que corren cómo gallinas sin cabeza insultado todo y a todo. Somos mujeres cansadas y aterradas por nuestras vidas. Que miramos cada paso que damos porque sabemos que será juzgado y cuestionado.
Dejad de culparnos, dejad de decirnos que cuidemos lo que hacemos o como vestirnos. El problema no es nuestro, es vuestro. Sois vosotros los que tenéis que aprender, reeducaros y entender.
¿Vas a volver a decirme que tenga cuidado cuando salga y mande un mensaje al llegar o vas a hacer algo por evitar otro asesinato?





















