El barranco florido
Yuro hizo descender su mapa de delante de su hocico revelando el horizonte frente a él. Se hallaba cabalgando en Esponjita, su orgullosa alpaca de pelaje suave y del color del carbón que caminaba por las arenas como si fuese la dueña del desierto.
Yuro es un vulpera de pelaje rojizo, con algunas rayas oscuras marcadas por el cuerpo, porta un hocico largo y unos ojos de color verde claro. En general, tiene un rostro amigable.
Había esbozado una media sonrisa a medida que se acercaba a su destino: la frontera con Nazmir. Algunos buitres sobrevolarons los riscos mientras percibía un par de esqueletos de unos trols desafortunados. No pareció perturbarlo demasiado, ya que era lo normal por allí y habría visto cosas peores.
El vulpera se dispuso a sacar sus objetos de las alforjas de la alpaca... y extrajo una macedonia de objetos. De muchas culturas diferentes. ¡Algo bueno debía sacar de viajar y ayudar a la gente! Al fin y al cabo era alquimista, sus conocimientos curativos eran muy valorados, por no mencionar su capacidad para rastrear y encontrar el agua en el desierto. Llevaba colgado del cinturón algunos frasquitos de varios colores además de su cartera con más cosas de alquimista, como componentes u otros frascos.
Un pararrayos sethrak que chisporroteaba energía eléctrica y le servía como arma; el caparazón de la tortuga de un tortoliano que le servía como escudo; el tótem serpiente de un médico brujo trol; y hasta el cuerno roto de un tauren que había sido convertido en... bueno, en un cuerno. Eso último lo dejó donde estaba. Y... ¡Vale, estaba listo! No obstante su posesión más preciada ya la llevaba encima: un odre de agua cosido con piel de saurolisco de escamas negras y azules, y con el símbolo triangular de los vulpera decorándolo.
Tiró suavemente de las riendas de Esponjita, indicándole que se detuviese frente una gruta en medio del camino principal y luego se bajó de un salto, porque ella no se arrodilla ante nada, por supuesto. Aunque antes de bajarse había plantado el tótem serpiente en un compartimento especial del sillín.
-Este es el lugar. Veamos... Dejaré esto aquí, Esponjita, para defenderte.
Yuro entró en comunión con el fuego para invocar el espíritu ígneo del tótem: una cobra ardiente que siseaba peligrosamente.
-Quémale el culo a cualquier ingenuo o bicho que se acerque, ¿Vale? - indicó al espíritu.
La alpaca lo miró inquisitiva.
-Tranquiiila, tu pelaje está a salvo. Además si algo te pasa los Pastores de alpacas querrán el mío...
Sufrió un pequeño escalofrío y se puso en serio. Carraspeó y se adentró en la ruta, con las orejas alzadas y escudriñando la vista. Se trataba de un barranco arenoso como podría ser otro cualquiera, salvo que al final parecía tener una serie de flores llamativas de color rojo con rallas negras alrededor de un pequeño abrevadero natural del tamaño de un par de caravanas. También estaban por la entrada. Aunque en menos cantidad. De hecho, este lugar tenía un aroma extrañamente atractivo...
-Así que este es el lugar... en el Bazar Sepultado me dijeron que podría conseguir buenos materiales aquí, veamos qué me pueden ofrecer estas flores...
Yuro se aproximó a una de las flores de tamaño considerable y comenzó a examinarla cautelosamente. Notó un pequeño temblor, pero no le dio más importancia y se dispuso a cortarla para llevársela, pero una voz viperina lo detuvo.
-¡Insensato!. ¿No sabes lo que son...?
Un sethrak se aproximó doblando una esquina desde el interior del barranco. Llevaba algunos frascos también por encima y una cimatarra. Otro alquimista, a juzgar por su aspecto.
Yuro llevo la zarpa hasta el pararrayos de forma instintiva.
-Tranquilo, amigo. No soy un infiel.
-Uff.. menos mal.
-Deberías tener cuidado, estas flores parecerán inofensivas, pero...
Un temblor lo interrumpió. De debajo del suelo terroso de la flor, emergió un púavid enorme de colores similares a los de la flor. De hecho... la planta estaba encima de él, como una coronita. Sin darles tiempo a reaccionar agarró tanto al vulpera como al sethrak con sus látigos y los puso colgando del revés.
-Guay. Debería haber pagado por esa “información extra” que me ofrecieron en el Bazar Sepultado... -comentó un Yuro del revés, tratando de librar los brazos de los látigos que le oprimían.
-¡Nos has condenado a los dos!
-¡Eh! Todo estaba tranquilo hasta que has llegado.
La planta carnívora los elevó y abrió sus fauces llenas de dientes. Serpiente y zorro se miraron una vez, diciéndose mutuamente que ninguno de los dos tenía pensado morir ahí.
Yuro logró zafarse y liberar los brazos. Conjuró un chorro de agua proveniente del pequeño abrevadero del centro y lo dirigió hasta las fauces del monstruo en forma de una pitón helada con los colmillos prominentes, congelando la entrada a su sistema digestivo por un tiempo con el impacto. Así impediría que se los comiese.
El sethrak, por otra parte, usó su cola para coger su cimatarra de cristal, y con un tajo bastante limpio, cortó el látigo que lo oprimía y cayó al suelo. Acto seguido se dispuso a liberar a Yuro.
-Ey, gracias.
-Tenemos que irnos.
El púavid estaba tratando de quitarse el hielo, que ya había empezado a resquebrajarse. Comenzaron a correr hacia la salida, pero otros púavides emergieron y le cortaron la retirada.
-Demasiado tarde. -dijo el sethrak.
-¡Tranquilo, tengo un plan!
Yuro se apresuró y dio marcha atrás. El sethrak, instintivamente, retrocedió al verse solo frente a los dos púavides. El tercero que estaba congelado ya se había liberado y se arrastraba lentamente...
-¡¿Pero qué haces?!
-¡Ven si quieres vivir! - le gritó el vulpera desde la distancia, cerca del pequeño lago.
Gruñó pero no tenía otra opción. Se aproximó a él y este le preguntó.
-¿Tienes relámpago embotellado por algún casual?
-Sí, ¿Por qué?
-¡Lanza un par al aire cuando te diga!
Esperó a que se juntasen. Se aproximaron los tres púavides y Yuro invocó un par de látigos de agua que emergieron del lago.
-¡Ahora!
El sethrak, que ya los tenía en la mano, arrojó al aire los frascos relampagueantes. Los látigos de Yuro los cogieron en su interior y los hizo trizas, haciendo que se convirtieran en unos látigos acuáticos electrificados. Con ellos hizo un barrido hacia los tres engendros y les causó un shock al contacto, quedando paralizados.
-Es nuestra oportunidad. -apresuró a decir Yuro.
-Sí. - llegó a decir un sorprendido sethrak.
El hombre serpiente empezó a correr... o hizo el amago, mientras veía como el vulpera escalaba a los púavides electrificados y les cortaba con una hoz de herborista la flor que llevaban y las guardaba en su cartera.
-¿Qué? No me mires así. No he venido hasta aquí para nada.
Su hasta ahora aliado hizo un arco con los ojos serpentinos, con resignación. Yuro se bajó tan pronto como subió y ahora sí comenzaron a correr, antes de que emergieran más.
Al llegar a Esponjita, se encontraron el cuerpo de un exiliado chamuscado, y se encogió de hombros. La alpaca buscaba tranquilamente algo que pastar entre un arbusto reseco de la arena. Yuro se giró al sethrak.
-Oye, eso ha estado cerca. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Yuro. -dijo mientras desinvocaba el tótem ígneo y lo recogía.
-Me llamo Kasek. Trabajo en un pequeño puesto de relajación y masaje en el Bazar Sepultado. Yo mismo creo los ungüentos, por eso estaba aquí.
-¡Qué interesante! Quizás me pase más a menudo por el Bazar. Yo soy un alquimista y me especializo en pócimas y remedios curativos. ¿Quizás podríamos comerciar?
Yuro sonrió y le dedicó una mirada amable al sethrak. Se montó en Esponjita mientras esperaba su respuesta.
-Después de casi haber sido comidos vivos y estás tan tranquilo. Qué curioso... Claro, pásate cuando quieras.
-Hecho, Kasek. Es más... toma.
El vulpera le lanzó una de las flores al sethrak, que la agarró al vuelo. Alzó las cejas.
-Me sabe mal que te vayas con nada. Además, tengo curiosidad por ver qué hacéis vosotros con ellas. ¡Nos vemos! Vamos, Esponjita.
-Gracias, Yuro. Que las arenas te guíen.
El sethrak observó cómo el vulpera se alejaba mientras guardaba cuidadosamente el esqueje cortado y comenzó a caminar también, expulsando un suspiro breve. Vulpera y alpaca se perdieron en el horizonte, bajando una de las dunas, con el sol poniéndose frente a ellos.












